Director: Guillermo
Alejandro Bavera, Méd. Vet., Profesor Titular Efectivo de Producción Bovina de
Carne, Depto. Producción Animal,
Facultad de Agronomía y Veterinaria, Universidad Nacional de Río
Cuarto, Río Cuarto, provincia de Córdoba, República Argentina
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> Agua en
el cono sur de América
Alicia Fernández Cirelli (1, 2) y Alejandra V.
Volpedo (2). 2002. El agua en Iberoamérica; De la escasez a la desertificación.
CYTED XVII, Programa Iberoamericano de Ciencia y Tecnología para el desarrollo.
Aprovechamiento y gestión de recursos hídricos.
Ed. Alicia Fernández Cirelli y Elena Abraham,
Publ. CYTED XVII y CETA. 11-26.
(1) Coordinadora Internacional
CYTED XVII. (2) Centro de Estudios Transdisciplinarios del Agua
(CETA) Facultad de Ciencias Veterinarias,
Universidad de Buenos Aires.
Se presenta
una visión de las zonas semiáridas y áridas de Iberoamérica, la disponibilidad
de agua en los diferentes países, su uso por sectores y el impacto del
crecimiento poblacional y el proceso de urbanización en los países de América
Latina. Se enfatiza la necesidad de una gestión integrada del recurso, que
contemple no sólo aspectos económicos, sino también sociales y ambientales.
Palabras
clave: zonas áridas y
semiáridas, disponibilidad de agua y población, gestión del agua.
Key words: Semi-arid and arid
areas, water disponibility and population, water management.
Semi-arid and arid areas in Iberoamérica, are
described and analyzed, as well as water disponibility in the different
countries, its use by different sectors, and the impact of population growth
and the urbanization process in Latin America countries. The need of an
integrated water management is emphasized taking in account economic, social
and environmental aspects.
Las tierras
secas también llamadas zonas áridas, semiáridas y desiertos, reciben anualmente
precipitaciones menores a los
Figura 1. Mapa de distribución de las áreas
áridas y semiáridas.

Tabla 1. Clasificación de los climas
considerando la cantidad de precipitación media anual. Fuente:
Wilsie, C.P.. 1962.
Crop Adaptation and distribution. W. H. Freedman and CO. San Francisco, California, U.S.A.

El hombre ha
habitado las extensas tierras secas de nuestro planeta por miles de años y ha
desarrollado en ellas sus actividades productivas. Solo el 11 % de los suelos
disponibles para la agricultura no necesitan la aplicación de técnicas de
riego, drenaje u otro tipo de tecnologías. El 89% restante de los suelos debe
ser adecuadamente manejado y acondicionado para desarrollar prácticas agrícolas
(FAO, 2001) debido a que puede ser demasiado seco (28%), o poseer problemas
relacionados con la calidad química óptima para la producción (23%), o ser
demasiado superficial (22%), o húmedo (10%) o permagélido (6%) (Fig. 2).
Figura 2. Caracterización porcentual de suelos
a nivel mundial (FAO).

El 38% de la
población mundial (2.300 millones de personas) vive en zonas áridas y semiáridas.
Las zonas áridas presentan mayores limitaciones para la producción, ya que sólo
reciben anualmente un promedio de precipitaciones entre 100 y
Tabla 2. Usos de las tierras desérticas, áridas
y semiáridas. FAO (2001)

La
degradación de los suelos en las zonas semiáridas y áridas producida por las
variaciones climáticas y las actividades humanas es un fenómeno de alcance
mundial que afecta a 3.600 millones de ha. Las causas de la desertificación son
numerosas, el sobrepastoreo, el incremento de la superficie utilizada para
huertas, la deforestación y el establecimiento de industrias relacionadas con
la producción agrícola, y afectan a más 250 millones de personas (Fig.3).
Figura 3. Causas de la desertificación y del
incremento de sequías en los diferentes continentes.

El
sobrepastoreo en África y en Australia es el factor fundamental de la
degradación de los suelos y la duración e intensidad de las sequías, llegando a
afectar a más de 220 millones y 80 millones de ha, respectivamente. En Asia,
Australia, Sudamérica y Europa, el número de hectáreas comprometidas no alcanza
a los 200 millones, en estos últimos tres continentes llegan a ser afectadas
75, 60 y 40 millones de ha, respectivamente.
El incremento
de la superficie utilizada para huertas llega a 200 millones de ha en Asia, y a
110 millones en África. Esto se debe principalmente a la cantidad de personas
que en estos continentes se dedica a la agricultura como actividad económica de
subsistencia, estructurándose en minifundios de organización familiar. América
del Norte, Europa y Sudamérica destinan a este objetivo entre 50 y 100 millones
de ha, mientras que en Australia la cantidad de superficie dedicada al cultivo
de huertas es escasa (10 millones de ha).
En Asia, la
deforestación afecta a más de 300 millones de hectáreas, mientras que en
Sudamérica y en Europa este problema involucra entre 80 y 100 millones de
hectáreas. África y Australia ven comprometidas solamente 50 millones de
hectáreas por esta problemática, ya que en gran parte sus territorios son zonas
áridas o semiáridas desprovistas de cobertura forestal.
Los países
industrializados europeos son los que producen la mayor cantidad de insumos
para la tecnificación de la agricultura y utilizan mayores superficies en
actividades agrícolas intensivas con uso de agroquímicos, semillas híbridas y
equipamientos. Esta superficie puede involucrar a 25 millones de ha.
En este
contexto, podemos evidenciar que si bien el agua es un recurso esencial para la
vida y el desarrollo de las actividades humanas en cualquier región del
planeta, en las zonas áridas y semiáridas donde dicho recurso es limitante, el
manejo integrado del mismo es una condición fundamental y prioritaria. Si bien
el 70% de la superficie del planeta posee agua, no toda es accesible para el
hombre. Los mares y océanos poseen el 97.5% del agua del planeta, mientras que
la mayor concentración de agua dulce se encuentra en los casquetes polares (2%)
y el agua almacenada a más de
La escasez de
agua dulce potable o potencialmente potabilizable es uno de los desafíos
cruciales con que nos enfrentamos en este siglo. El aumento poblacional y la
necesidad de alimentación ejercen una presión creciente sobre un recurso
limitado, que se deteriora por las actividades del hombre. Esta situación es
más grave en zonas semiáridas y áridas, por la limitada cantidad disponible de
agua y por el uso que se le da a dicho recurso.
En una visión
global, Sudamérica presenta grandes extensiones de áreas áridas y semiáridas,
pero en una escala nacional los países que la integran poseen una gran
heterogeneidad de climas, suelos y distribución de los recursos, en especial
del agua.
Las zonas
áridas y semiáridas representan el 75% del territorio de la República
Argentina: En ellas habitan 9 millones de personas que representan el 30% de la
población total. Estas zonas son la Puna, la Prepuna, el Chaco, el Centro-Oeste
y la Patagonia. Cada una de ellas presenta caracteres distintivos, pero la
ganadería es la actividad económica predominante. Esta actividad está
organizada en minifundios y en latifundios, dependiendo de la región. En las
regiones del Chaco y del Centro-Oeste la agricultura es la actividad más
importante, por lo que en muchos casos con el objetivo de aumentar la
productividad de las tierras, se han aplicado técnicas inadecuadas de riego.
Estas técnicas generaron problemas de salinización y sodificación de suelos en
el 40% de la superficie (
El 61% del
territorio boliviano sufre problemas erosivos por las intervenciones humanas
relacionadas con la actividad minera, la extracción forestal, la explotación
petrolera y las actividades agroindustriales. Este tipo de actividades
productivas deterioran la calidad del agua haciendo que los acuíferos y los
someros cuerpos de agua, vean afectada su calidad y volumen.
Las zonas
áridas y semiáridas de Brasil se encuentran en el nordeste y norte de Minas
Gerais, en lo que se conoce como “Polígono das secas”, debido a las sequías
periódicas que se allí se suceden. Esta zona ocupa
El territorio
continental chileno es predominantemente montañosos y posee pocas áreas optimas
para desarrollar actividades agrícolas, de estas áreas, el 70% son áridas y
presentan diferentes grado de erosión.
Colombia y
Ecuador poseen el 13,6% y el 20%, respectivamente, de tierras secas, pero en
estas zonas están establecidas la mayoría de los centros urbanos y
asentamientos rurales (Lugo, 1995; Sierra et al., 1999). En periodos de
desabastecimiento de agua, se produce un éxodo rural hacia a los centros
urbanos. Este desplazamiento hace que surjan conflictos sociales, que exista un
crecimiento no planificado de las ciudades y que los servicios se saturen, lo
que lleva a generar situaciones de tensión social y pobreza.
En Perú, el
38% de su territorio corresponde a zonas áridas y semiáridas, en las cuales
reside el 88% de la población. En estas zonas se desarrollan principalmente
actividades agrícolas y mineras, que utilizan los acuíferos subterráneos
(Villasante et al., 1997). La extracción de volúmenes de agua desmedidos
y la lenta recarga natural de los acuíferos, produce el agotamiento local del
recurso, perjudicando no sólo a los habitantes de la zona y sus actividades
productivas, sino también afectando al ecosistema integralmente. Además el uso
del riego por medio de técnicas erróneas hace que el 40% de la superficie
cultivada de Perú esté salinizada.
La República
de Uruguay cuenta con una extensión de
Venezuela presenta
una baja proporción de tierras áridas o semiáridas debido a su ubicación
altitudinal y a su clima (Dourojeanni, 1999). Sin embargo las zonas costeras
linderas al Mar Caribe presentan distintos grados de aridez debido a la erosión
del suelo provocadas por deforestación.
La ciudad de
México es un claro ejemplo de la importancia del manejo adecuado de los
acuíferos. Históricamente esta ciudad se emplazó en el Lago Texcoco el cual en
tiempos precolombinos fue desecado parcialmente por los aztecas. En la
actualidad, habitan en la zona metropolitana de la ciudad de México 17 millones
de personas, que representan el 18,3% de la población total; sin embargo, la
superficie que ocupa esta megaurbe en relación al territorio total es de 0,3%.
Esto determinó que el acuífero del Valle del México fuera sobreexplotado, con
el consecuente descenso del nivel de las aguas subterráneas y el hundimiento de
la ciudad (BID, 1998). La recarga del acuífero es de solo
Los países
ibéricos España y Portugal, tampoco escapan a la problemática del agua. España
posee el 50% de su territorio de zonas áridas y semiáridas, mientras que en
Portugal este porcentaje es de 20% Ambos países poseen más del 80% de su
población asentados en estas zonas y han implementado estrategias conjuntamente
con el resto de la Comunidad Europea, que permiten un mejor uso y reuso del
agua y su reposición en los acuíferos, la construcción de embalses, humedales
artificiales, el monitoreo y la aplicación de regulación y normativas legales
del uso del recurso (Instituto Nacional de Estadísticas de España, 2002).
El conjunto
de países iberoamericanos comparte además de una cultura común, similares
dificultades relacionadas con el abastecimiento de agua en las zonas áridas y
semiáridas de sus territorios. Estas problemáticas tienen como eje el
agotamiento y el deterioro de los acuíferos. La sobreexplotación del recurso,
generalmente destinado a las actividades agropecuarias y en el caso de Chile,
Bolivia y Perú a la explotación minera, provoca su salinización. Ambas
situaciones generan además de perdidas económicas, un éxodo rural hacia los
centros urbanos, los cuales se ven desbordados en la capacidad de brindar
servicios básicos a la población y por el surgimiento de conflictos sociales.
Las
actividades humanas también estarían modificando la evolución de las regiones
áridas y semiáridas por vías indirectas. En efecto, se estima que la
acumulación en la atmósfera de gas carbónico proveniente de los automóviles, de
la calefacción y de otras emanaciones de origen industrial y agrícola pueden
provocar un recalentamiento de la Tierra: el llamado “efecto invernadero”. No
es posible predecir aún las consecuencias a escala regional de ese fenómeno,
pero probablemente en algunos decenios la aridez aumentará en ciertas regiones
y disminuirá en otras. El hombre podría así desencadenar importantes cambios
climáticos, comparables a los que se han producido a lo largo de la historia
geológica e Iberoamérica no estaría ajena a esta situación.
La
disponibilidad de los recursos hídricos y su relación con la población mundial
es muy heterogénea. Asia tiene el 60% de la población mundial y sólo el 36% del
recurso hídrico; Europa posee el 13% de población y el 8% del recurso hídrico;
en África vive el 13% de la humanidad y tan sólo se dispone del 11% del agua;
en cambio, en América del Norte y Central reside el 8% de la población y ésta
disfruta del 15% del recurso hídrico; y, finalmente, Sudamérica tiene el 6% de
la población del mundo, pero el 26% de los recurso hídricos. Estas divergencias
sumadas a la dificultad de estimar la cantidad de agua que se necesita para
mantener estándares de vida aceptables o mínimos hace que sea muy compleja la
valoración de este recurso. En general, se considera que un volumen de 20 a
La cantidad
de agua que las personas realmente utilizan en un país no sólo depende de las
necesidades mínimas y de cuánta agua se dispone para el uso, sino también del
nivel de desarrollo económico y del grado de urbanización. Mundialmente, se
considera que de las tres categorías corrientes del uso de agua dulce, la
agricultura representa un 70% de todas las extracciones anuales de agua; la
industria, un 20% y el uso doméstico, un 10%.
En
Latinoamérica, el uso de agua anual en promedio per capita está en el
rango de
La
disponibilidad de agua dulce en los países de Iberoamérica muestra una gran
heterogeneidad, desde
Tabla 3. Disponibilidad de agua dulce en países
iberoamericanos. Fuente:
World Development Indicators, World Bank, 2000.

El porcentaje
de extracción anual del recurso en relación con la disponibilidad del mismo es
mayor en aquellos países que poseen menores recursos. Además cuanto mayor sea
el incremento de la población y la calidad de vida de la misma, la extracción
de agua es mayor (Tablas 3 y 4). En todo el mundo, la demanda de agua dulce per
cápita se incrementa considerablemente a medida que los países se
desarrollan económicamente y el número de habitantes aumenta.
Tabla 4. Extracción estimada de agua por
sectores en los países iberoamericanos.
Fuente: World
Development Indicators, World Bank, 2000.

A medida que
aumenta la población en las ciudades, debido a la natalidad y a las migraciones
rurales hacia los centros urbanos, será cada vez más difícil satisfacer la
demanda creciente de agua. En los países en desarrollo, el rápido crecimiento
urbano suele ejercer una fuerte presión en los sistemas de abastecimiento de
agua. En los últimos cincuenta años, por ejemplo se cuadruplicó la población de
muchas ciudades de Latinoamérica, como Bogotá, México D.F., Sao Paulo y
Managua. Este crecimiento desmedido lleva a la generación de conflictos entre
diferentes sectores.
Los
conflictos y disputas relacionados con el agua no son nuevos, sino que se
desarrollaron a lo largo de la historia, adoptando muchas formas (Tabla 5). A
medida que las poblaciones y los niveles de desarrollo industrial crecieron, se
incrementó la competencia entre usuarios por los recursos hídricos limitados.
En algunas regiones, estas disputas se manifiestan como conflictos entre los
consumidores domésticos, los defensores del medio ambiente y los agricultores.
En otras regiones, la competencia ocurre entre países y en algunos casos estos
conflictos pueden terminar en enfrentamientos bélicos. La historia nos muestra
que la escasez de agua contribuye a la inestabilidad política, a conflictos
socioeconómicos y guerras locales, regionales e interestatales (Tabla 5).
Tabla 5. Conflictos relacionados con el recurso
hídrico.


Existen
muchos mecanismos para reducir los riesgos de conflictos: el establecimiento de
principios universales y de tratados regionales del agua, los sistemas
cooperativos de gestión del agua, el mejoramiento en la comprensión de los
recursos hídricos, y los procesos reconocidos de resolución de disputas
previamente a su derivación en conflictos. Sin embargo, las deficiencias en la
compilación, sistematización, análisis y difusión de datos suelen dificultar la
resolución de los problemas. Se necesita estandarizar los métodos de
recolección y valoración de datos, así como también incentivar la aplicación de
mecanismos que permitan compartir los datos sobre el agua a diferentes escalas
(regional, estatal, nacional e internacional). Una medida importante para
evitar conflictos (entre agricultura, abastecimiento de agua urbana y rural, y
necesidades industriales) es la transmisión y difusión de información y la
búsqueda de la participación de las personas involucradas en la discusión de
los problemas y soluciones relacionados con los usos y las problemáticas del
agua. En otro nivel, también es necesario mejorar las estrategias conjuntas de
manejo de cuencas compartidas.
El incremento
de la población ha sido acompañado de una notoria concentración de ésta en las
zonas urbanas, algunas de las cuales ya figuran entre las concentraciones de
población y actividades económicas más grandes a nivel mundial, y el
despoblamiento de las zonas rurales. La concentración de la población en las
zonas urbanas es un reflejo del movimiento migratorio del medio rural al
urbano, del crecimiento vegetativo de las zonas urbanas y de la reclasificación
de las zonas rurales en urbanas. Este crecimiento se ha efectuado normalmente
sin planificación y sin considerar la interacción que existe entre el medio
urbano y las cuencas donde se asientan las poblaciones. La urbanización no
planificada inutiliza tierras aptas para la producción agropecuaria.
El proceso de
urbanización de los países de Latinoamérica está alcanzando un nivel tal que ha
convertido a la región en una de las más urbanizadas del planeta junto con
América del Norte y Europa. La población urbana de la región representaba en el
año 1950 el 41.4% del total, alcanzando 68.9 millones de habitantes. En 1995
ese porcentaje había subido al 73.4%, ya que el número de habitantes urbanos
había aumentado más de cinco veces (349,8 millones) y en el año 2030 se
proyecta que habrá llegado al 83,2% y el número de residentes urbanos ascenderá
a 598,8 millones. Para enfrentar esta situación con mayores probabilidades de
éxito, Iberoamérica deberá compartir e intercambiar experiencias y
conocimientos en relación al uso y manejo del agua (Fernández Cirelli, 2001;
FAO, 2001).
El agua dulce
se obtiene en gran parte de lagos, ríos y embalses superficiales, así como de
aguas subterráneas. Cuando estas fuentes primarias de obtención de agua se
contaminan, la inversión para el control de dicha contaminación se incrementa
de modo importante, para adecuar la calidad del agua a los diferentes usos. En
vista del incremento de los costos – así como la falta de garantía de poder
tratar y eliminar con absoluta seguridad los contaminantes presentes en el agua
- existe, desde hace ya algunos años, el convencimiento de que la mejor forma
de abastecer con seguridad y a un menor costo agua de buena calidad sólo puede
ser logrado mediante la protección de las fuentes de captación de agua, tanto
superficial como subterránea. Esto implica la realización de actividades de
manejo y regulación de las cuencas de captación (Fernández Cirelli, 2000).
Entre el
agua, el aire, el suelo y los sistemas vivos - la hidrosfera, la atmósfera, la
litosfera (geósfera) y la biosfera, respectivamente - ocurren interacciones muy
poderosas. La calidad de un cuerpo de agua está influenciada por los procesos
químicos y biológicos que ocurren en su seno. Los cuerpos de agua lénticos y
lóticos, permanentes o eventuales son complejos ecosistemas que incluyen los
cauces, las planicies y taludes aledaños, así también como la biota asociada
(plantas y animales) y la compleja red o sistemas de corrientes de agua superficial
y subterránea en que se dividen y estratifican dichos cuerpos de agua. Los
cursos de agua dentro de este amplio contexto desempeñan una serie de funciones
ecológicas, tales como modular el flujo de corriente, almacenar agua, remover
materiales dañinos del agua y proporcionar hábitats y microhábitats para el
desarrollo de la biota terrestre y acuática. Los cursos de agua y sus zonas
adyacentes tienen características de suelo y vegetación muy diferentes a las de
zonas altas circundantes. Sostienen niveles más altos de biodiversidad,
abundancia de especies y tasas de productividad biológica, que la mayoría de
los otros elementos del paisaje. Inclusive los cauces que se consideran casi
siempre secos en zonas semiáridas proveen ecosistemas únicos, con la presencia
de especies endémicas que generalmente presentan algún tipo de especialización
morfológica o fisiológica para soportar las condiciones extremas a las que
están sometidas (UICN, 2001).
Los cursos de
agua evolucionan de acuerdo con y en respuesta a los ecosistemas aledaños. Los
cambios en los ecosistemas a los que pertenecen las cuencas de captación y las
planicies de inundación, tendrán impactos sobre los procesos físicos, químicos
y biológicos, que ocurren dentro de un curso de agua. Los cursos de agua
normalmente funcionan dentro de rangos naturales de flujo, movimiento de
sedimentos, temperatura y otras variables, en lo que se denomina un “equilibrio
dinámico”, cuando se introducen cambios que alteren en forma total o parcial
este equilibrio, se presentan situaciones complejas, muchas veces difíciles de
manejar y que generalmente resultan conflictivas con las ocupaciones urbanas.
El ecosistema desarrollará un nuevo equilibrio dinámico, que no necesariamente
será beneficioso para las actividades humanas. En el caso que el sistema pueda
volver a su estado inicial por sí mismo, los plazos necesarios para que esto
suceda pueden ser largos y recuperarlo por intervención humana puede requerir
inversiones significativas.
El concepto
de desarrollo sustentable posee cuatro pilares básicos: el económico, el
social, el cultural y el ambiental los cuales deben interconectarse en todas
sus aspectos (Di Castri, 1995). Se trata por lo tanto de articular estos cuatro
objetivos a corto plazo, acción que produce en muchos casos conflictos de
intereses. Además, aún no se sabe cómo cuantificar lo que sería un nivel óptimo
de desarrollo sustentable, ya que éste es desconocido sobre todo en relación a
la calidad de vida y gestión ambiental, y además cambia permanentemente en el
tiempo y las culturas. Estos cuatro objetivos se miden usualmente con
indicadores diferentes por lo que unificarlos en un indicador común, es una
tarea compleja (Fernández Cirelli, 2000).
La gestión
sustentable del agua trasciende los aspectos de orden técnico, es un desafío
que compromete a la sociedad en su conjunto. Se necesita una comprensión más
profunda de los procesos ecológicos, socioeconómicos y de los sistemas de
administración que reconozcan las diferencias reales y evidencien las
características distinguibles de las problemáticas y los sectores involucrados
en el manejo y gestión del agua en las tierras secas (Barrow, 2000).
En este
contexto, es imprescindible propender a la formación de graduados
universitarios de cuarto nivel altamente calificados en el gerenciamiento de
los recursos hídricos, con una visión integradora y transdisciplinaria, capaces
de interpretar el conjunto de dimensiones del conocimiento, las tecnologías e
instrumentos que se requieren.
El
conocimiento científico y los avances tecnológicos son la base que permitirá
innovaciones en la gestión del agua que permitan superar la crisis que se
plantea para el próximo siglo. La carencia de datos relevantes, su calidad
heterogénea y su inaccesibilidad son caracteres comunes en los países de la
región. Los datos disponibles no necesariamente son útiles para atender a las
cuestiones ambientales críticas y gran parte de ellos se refieren a aspectos
cuantitativos, sin considerar los parámetros cualitativos importantes como
indicadores de sustentabilidad.
La gestión
integrada del agua, considerando en forma conjunta agua subterránea y agua
superficial, calidad y cantidad, oferta y demanda, tierra y agua, con una
visión ecosistémica, en el marco de la cuenca hidrográfica y con la
participación de todos los sectores involucrados, permitirá superar las crisis
de escasez del recurso. Este paradigma, que resume el conjunto de principios y
estrategias para lograr el desarrollo sustentable, permitirá frenar el proceso
de desertificación al que las zonas secas son altamente vulnerables.
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