Influencia climática en el sudoeste bonaerense y sudeste de La Pampa

Ing. Agr. Adolfo Glave. 2006. Acaecer, 31(360):18-23.

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Introducción

Diversas instituciones en el país y en el mundo, definieron a través de modelos de predicción el panorama climático a nivel global y en particular en el sudoeste de Buenos Aires y sudeste de La Pampa. En dichos trabajos, se alerta sobre la existencia de profundas perturbaciones climáticas atribuibles al avance del calentamiento del planeta y al ritmo estadístico de la presentación de estos fenómenos.

En este escenario climático en el cual las personas que vivimos en esta parte de la región bonaerense y de La Pampa, a través de los regis­tros obtenidos en Bordenave, Bahía Blanca, Tornquist, Pigüé, Coronel Suárez y otros, hemos detectado grandes cambios en el régimen de las precipitacio­nes, dando lugar a períodos se­cos, semisecos, húmedos y muy húmedos.

La concentración de lluvias en el sudoeste de Buenos Ai­res y sudeste de La Pampa, se produce durante dos estacio­nes bien definidas, otoño y pri­mavera; una estación seca a fi­nes del invierno (agosto a me­diados de septiembre) y otra semiseca de mediados de ve­rano (enero a febrero) con alta evapotranspiración.

Caracteriza a esta región, la gran variabilidad climática, principalmente las precipitacio­nes, temperaturas, vientos y humedad relativa ambiente. Las lluvias pueden llegar a va­lores extremos de bajas preci­pitaciones, característica co­mún a ambientes áridos o se­miáridos, a valores muy por en­cima del promedio anual simila­res a regiones extremadamente húmedas. La suma de estas desviaciones positivas o negativas por encima o por debajo del promedio anual, da lugar al movimiento cíclico o marcha secular, que en definitiva significa la ocurrencia de varios años húmedos, secos o medianamente secos. Lo que comúnmente se dice se ha presentado un Niño (período húmedo) o una Niña (período seco).

Mediante un programa de computación, se analizaron los registro de 130 años para Bordenave y su zona de influencia, desde 1875 al 2004 inclusive, resultando tres períodos o fases de cincuenta años de duración, que puede observarse en el grafico.

 

 

Estos períodos o fases han influenciado de tal manera que definieron las principales características de la región sudoeste de la provincia de Buenos Aires y La Pampa.

Primera Fase

Este período está comprendido entre los años 1875 y 1925. En ese lapso se registraron precipitaciones por encima de lo normal en toda la región, todavía cubierta por una densa cobertura de vegetación xerófila y por vegetación graminosa de gran altura (paja vizcachera).

Era común observar los incendios naturales provocados por rayos y por la acción de los indios o estancieros de aquella época, con el fin de provocar el rebrote verde y tierno, para sus haciendas.

Entre los años 1884 y 1900, se construyeron las principales vías férreas hacia la ciudad de Bahía Blanca. Este hecho dio lugar a la fundación de diversos pueblos a la vera del ferrocarril. Así surgieron Coronel Suárez, Lamadrid, Pigüe, Saavedra, Tornquist, Coronel Pringles, Saldungaray, Cabildo y otros. Por esos años, la ganadería comenzó a tomar desarrollo y con la fundación de la mayoría de los pueblos de la región a principios del siglo XX, la agricultura inició su expansión.

Las tierras estaban en ma­nos grandes terratenientes (estancias) que manejaban sus campos en forma extensiva, al cuidado de un mayordomo y varios peones. Los dueños vi­vían en Buenos Aires y de vez en cuando visitaban el campo. Los suelos ricos en fertilidad, acompañados de buenos pastos naturales y en su mayoría con mucha sombra y reparo para la ganadería, dieron a su vertiginoso desarrollo agrícola ganadero. El uso de los suelos pata cultivos de invierno, dio comienzo a la deforestación para un mejor aprovechamiento de las tierras y para obtener abundantes cosechas.

Frente a las estaciones del ferrocarril se instalaron los primeros comercios del lugar, acompañados de hoteles y fondas para los pasajeros en tránsito. En estas pequeñas comunidades, se afincaron diversas corrientes migratorias: italianos, españoles, israelitas, alemanes del Volga, franceses, suizos-alemanes y criollos nativos del lugar. Fundaron los primeros colegios de enseñanza primaria y salas de primeros auxilios, grandes comercios de ramos generales que comercializaban los productos agropecuarios y actuaban también como verdaderos bancos para los pequeños productores de la zona.

El ferrocarril incrementa el tendido de vías hacia La Pampa y al sur de la provincia de Buenos Aires, colonizando nuevas tierras para la agricultura y la ga­nadería. Así se suman como poblaciones Argerich, Mayor Bura­tovich, Pedro Luro, Stroeder, Mé­danos, Algarrobo, Río Colorado, San Germán, Villa Iris, Jacinto Arauz, Bernasconi y otros. La fundación de la mayoría de es­tos pueblos coincidió con la fase subhúmeda (1900-1925), don­de hubo un desarrollo rápido y pujante. Posiblemente, las abundantes precipitaciones estimularon el  crecimiento sostenido y de gran futuro.

A fines de este gran período húmedo, las estancias comien­zan a colonizar sus tierras en parcelas de alrededor de 200 a 500 hectáreas, dando lugar a la entrada de nuevos agriculto­res de diversas procedencias y con el fin de sembrar trigo co­mo principal cultivo.

Segunda fase seca

Está comprendida entre los años 1925 y 1975. Este perío­do se caracterizó por la gran depresión de lluvias. Las pre­cipitaciones disminuyeron no­tablemente, bajaron las tempe­raturas en el invierno y los vientos aumentaron su veloci­dad. Los veranos fueron cáli­dos y secos, motivo por el cual muchos suelos de la región in­crementaron la susceptibilidad a la erosión eólica.

Un estudio realizado en 1948 por el Ministerio de Agricultura y Ganadería de la Nación, esti­mó que un 47% de los suelos estaban afectados en diferen­tes grados de intensidad por problemas de voladura, lo cual dio lugar a la remodelación del relieve de estas tierras. La ex Estación Experimental de Gua­traché (La Pampa) registró en­tre los años 1950 a 1954, vein­tinueve tormentas de tierra, a un promedio de siete por año. Estos fenómenos de voladu­ras, muy temidas por los pro­ductores y pobladores locales, se repiten con resultados es­pectaculares. Durante muchos años el Estado incentivo al pro­ductor a sembrar trigo, utilizan­do más intensamente los sue­los de la región. El arado de re­ja y el refinamiento de los sue­los, fueron prácticas corrientes. No existía tecnología para esta época. La colonización de las grandes estancias y la subdivi­sión de los campos en peque­ñas superficies, obligaban a los agricultores a utilizar inten­samente los frágiles suelos de la zona. El desmonte en La Pampa y el sudoeste de Bue­nos Aires se incrementó nota­blemente, exponiendo los sue­los a un rápido deterioro.

Tal era la desesperación del productor por sembrar trigo que, en 1939 se llegaron a sembrar en el país 10.318.660 de hectáreas con este cereal, un verdadero récord que posibili­tó que esta región aportara en superficie y en producción un 30% del total país.

Debido al incremento de la erosión y pérdida de cosechas entre los primeros años de la fase seca (1925-1950), mu­chos productores tuvieron que emigrar de la zona en busca de nuevos horizontes.

Ante la necesidad de subsis­tir frente a los fenómenos climá­ticos y económicos, muchos pequeños y medianos agricul­tores encontraron en el movi­miento cooperativo una herra­mienta válida para seguir ade­lante. En la mayoría de los pue­blos, surgieron cooperativas de consumo y comercialización agropecuaria, donde acudían los productores para paliar los magros resultados de sus co­sechas y contribuir al sosteni­miento de la familia rural.

La mayoría de los caminos eran de tierra, con pésimas condiciones de transitabilidad en días de lluvia o cuando vo­laban junto con los campos. En esa época era común observar la proliferación del llamado "cardo ruso", que al cumplir su ciclo y secarse, se desprendía con facilidad rodando por el suelo, para acumularse en los alambrados o esquineros del potrero a tal punto, que por su peso volcaban los preca­rios alambrados y se acumu­laban en los caminos, convir­tiendo a éstos en un serio riesgo para el transito, ade­más de peligro de incendio.

También se crearon escue­las primarias rurales con buen número de alumnos. Los agri­cultores vivían con sus familias en el campo y estos estableci­mientos educativos cercanos, les solucionaban el problema de la primera enseñanza. Muy pocos vivían en el pueblo.

Ante la necesidad de prose­guir los estudios secundarios, se crean en la década del '50 un buen número de escuelas de segundo nivel en la mayoría de los pueblos. Hasta ese en­tonces, la ciudad de Bahía Blanca era la única que pre­sentaba la posibilidad de conti­nuar con los estudios secunda­rios. Por su parte, la enseñanza universitaria se inicia en Bahía Blanca a fines de la década del '40 y principios del '50, con va­rias carreras orientadas a los problemas de la región (Cien­cias Económicas, Ingeniería In­dustrial y Química Industrial).

El ferrocarril intensificó el desarrollo de los pueblos, por ser éste el medio principal y más rápido para unir los dife­rentes pueblos del interior y los grandes centros urbanos co­mo Bahía Blanca, Buenos Aí­res, Mendoza y Rosario.

Los principales pueblos as­faltaron sus calles del centro urbano y a partir de los años '60, se construyeron las princi­pales carreteras hacia los grandes centros de consumo, mientras que los caminos de tierra mejoraron notablemente con la incorporación de ma­quinaria especializada. Esta situación predispuso a que di­ferentes compañías de ómni­bus de larga distancia, llega­ran a las poblaciones rurales.

En 1927, la empresa Ferroca­rril del Sud compró 600 hectá­reas entre las localidades de Bordenave y Darregueira, con el fin de crear una Chacra para la experimentación y enseñan­za de los cultivos de secano, así como para la obtención de variedades de cereales ade­cuados a la zona. En 1958, la Chacra Experimental pasa a depender del INTA con sus ser­vicios de investigación y exten­sión. Años más tarde se crea la Estación Experimental de Hila­rio Ascasubi, en zona de riego.

Con la obtención de nue­vas variedades de trigo, los rendimientos de la región au­mentaron a razón de 25 kg/ha y por año. A partir de 1960, la Estación Experimental de Bordenave desarrolla nuevas tecnologías de manejo y con­servación de suelos para la región, acompañadas de nuevos equipos de labranza y siembra conservacionista.

Después de la gran sequía entre 1960 y 1962, las lluvias comenzaron a intensificarse y así se pudieron obtener bue­nos resultados con las cose­chas de la región.

Los procesos de erosión eólí­ca, con la nueva tecnología y mayores precipitaciones, desa­parecieron paulatinamente. Un fenómeno que comenzó a ob­servarse en los campos fue la disminución de la fertilidad de los suelos y su compactación.

Tercera fase húmeda

Comprende del año 1975 hasta el presente año 2006. Se instaló en la región un período de abundantes precipitaciones que originaron inundaciones importantes en el sudoeste de la provincia de Buenos Aires y La Pampa. La fase húmeda provocó una acelerada pérdi­da de suelos por erosión hídri­ca, en contraste con la erosión eólica que desaparece en la mayor parte de la región, salvo en los casos de planchado de suelos para cultivos de verano.

El aumento de las precipita­ciones es muy significativo, cuyos datos registraron un au­mento de 25 milímetros por año, con lluvias superiores a 1200 milímetros, con un pro­media de los últimos 30 años que alcanza a 830 milímetros. Este aumento de lluvias originó fuertes avalanchas de agua en todo el sistema de Sierra de la Ventana, lo cual provocó inun­daciones en la mayoría de los pueblos o ciudades cercanas a este sistema y también al Oeste y Este de Buenos Aires y La Pampa, en zonas con es­caso desnivel del terreno.

Estos fenómenos se repitie­ron en este periodo húmedo; con la desaparición de pue­blos como Epecuén en 1987, por el aumento del agua en la mayor parte de las lagunas de la cuenca del Vallimanca. A los fines de evitar estas catástro­fes, el gobierno de la Provincia de Buenos Aires resolvió insta­lar una serie de bombas hi­dráulicas sobre el desagote de la laguna Cochícó y así reducir la altura de las lagunas.

La pérdida de fertilidad por lavado de los suelos y escurrimiento, se incrementó en toda la región y surgió la necesidad de utilizar gran cantidad de fertilizante para producir más trigo y obtener mejores pastu­ras. Los suelos se volvieron compactos y disminuyó la ca­pacidad de infiltración de las lluvias. Los resultados de ren­dimiento del trigo disminuye­ron a razón de 46 kg/ha entre los años 1982 y 2005.

La ganadería vacuna tam­bién fue afectada con mermas notorias del número de cabe­zas por hectárea y la cría lanar desapareció de la región por diferentes motivos.

El ferrocarril dejó de ser un medio para el transporte de pasajeros, hecho que repercu­te en forma negativa en la ma­yoría de los pueblos. Quedó sólo el transporte de cargas en determinados corredores con un mínimo de mantenimiento y de reposición del material ro­dante. Al mismo tiempo, se in­tensificó el transporte de pasa­jeros por ómnibus y aparecieron los minibús para cortas distancias. Gran cantidad de pequeños pueblos desaparecieron o disminuyeron su población, con pocas posibilidades de crecer y a la espera de una buena cosecha.

La juventud migró a centros  industriales o polos de desarrollo en busca de nuevos horizontes y el campo se despobló de las familias típicas del lugar, para ir a vivir al pueblo o pequeñas ciudades donde reci­bieron mayor confort de vida y la posibilidad de dar a sus hijos mejores niveles de educación.

Un buen número de propie­dades de campo se vendieron para ser ocupados por inversio­nistas o grandes empresarios El éxodo rural es continuo por la falta de seguridad que debe enfrentar la familia rural, en determinadas épocas del año.

Entre los años 1980 y 1990, muchas de las principales cooperativas de la región de­bieron cerrar sus puertas por las mismas causas ya comen­tadas y por políticas económi­cas no favorables al desarrollo rural. Las pocas cooperativas  que pudieron mantenerse pie, a partir del nuevo siglo, ven fortalecido su espíritu coo­perativo e impulsan el desarro­llo regional.

En la actualidad, la mayoría de los pueblos tienen un míni­mo indispensable para un buen nivel de vida: agua co­rriente, electricidad, cloacas, pavimento, TV por cable Internet. Cuentan con excelentes hospitales o salas de primeros auxilios, clínicas particulares, enseñanza en los cinco niveles (Jardín maternal, Jardín de Infantes, EGB, Polimodal e Institutos terciarios). Asimismo, por internet, se pueden seguir carreras universitarias a distancia con aulas virtuales.

Se crean polos de desarrollo  como Bahía Blanca, Santa Rosa, Olavarría, Tres Arroyos y ciudades satélites como Pigüé, Coronel Suárez, Coronel Dorrego, Trenque Lauquen, Patagones y Macachín, etcétera.

A partir del Siglo XXI se instala una nueva fase de transi­ción desde 2001 hasta el año 2020 según se prevé, con dis­minución paulatina de las precipitaciones, donde se observa gran inestabilidad climática, acompañada por inviernos no tan rigurosos y veranos atemperados por corrientes de aire del sector polar.

La tecnología conservacionista, elaborada durante los años secos y semisecos, fue declinando su uso en forma paulatina para retornar en el período húmedo a viejas prácticas de manejo de suelos y siembra. La práctica de la siembra directa (no laboreo del suelo y siembra) intensifica su aplicación en la región, en empresas de relativa superficie, con buenos resultados para la conservación de los suelos.

Conclusiones

Los hechos ocurridos en la región del sudoeste de la pro­vincia de Buenos Aires y La    Pampa, reafirman la teoría de los grandes períodos secos, semisecos, húmedos y muy húmedos. Los anegamientos que afectaron en épocas pa­sadas, entre fines de 1880 y principios del Siglo XX, se re­dujeron o desaparecieron en la fase seca a semiseca de 1925 a 1975, para nuevamente ha­cer su aparición durante la fa­se húmeda de 1975 a 2005.

La introducción de nuevo cultivares en la región, la modalidad de producción, el ma­nejo no conservacionista de los suelos y formas de vida, nos deben llevar a reflexionar si en un futuro no muy lejano (2015 a 2020), no tendremos que cam­biar nuestras actitudes modernas ante un nuevo avance de una fase seca a semiseca.

 

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