Andreas Albes. 2008. El Pais.com, 13/01/2008.
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adaptación, aclimatación
Los
habitantes de Oymyakon, en la república rusa de Yakutia, nacen, crecen, se
reproducen, sueñan y mueren prácticamente congelados. Su localidad batió récord
en 1926: –71,2 grados. Una breve visita.
Cuando los pescadores
de Oymyakon, en Rusia, extraen un pez de las aguas cubiertas de hielo, bastan
30 segundos para que esté congelado: tieso como una tabla. Aquí la leche no
sabe de estado líquido: sólo se vende en bloques helados de color mármol. A
partir de 52 grados bajo cero dan día libre en la escuela, y el gran
acontecimiento del año es el Festival del Polo de Frío. Entonces, Dschis Chan,
el señor del invierno yakuto, encarnado por el profesor de gimnasia de la
localidad, invita a sus colegas Padrecito Invierno de Moscú y Santa Claus de
Finlandia a comer filetes de reno y a ponerse ciegos de vodka. La última vez,
Santa Claus casi echa a perder la fiesta porque se bebió nada menos que 10
botellas en 48 horas para combatir el frío. Oymyakon es el polo helado de la
Tierra; en 1926 alcanzó la temperatura más baja registrada jamás en territorio
habitado: 71,2 grados bajo el punto de congelación. La localidad está situada
en el noreste de Rusia, en una meseta a 750 metros sobre el nivel del mar: allí
donde el invierno dura como mínimo nueve meses.
Pues bien,
para alcanzar este lugar irreal aguantamos (es noviembre) a 34 grados bajo cero
en el aeropuerto de Jakutsk, esperando a que por fin se abra la puerta del
avión, que se ha congelado por completo. A bordo del aparato de hélice, con
cortinas azul claro en las ventanillas, los pasajeros llevan botas de piel de
reno. La azafata reparte periódicos. Y en ellos se lee que, en algún lugar de
las montañas, un criador de renos resultó gravemente herido al caer del caballo
y tuvo que esperar semanas a que acudieran en su ayuda, así que en el ínterin
se amputó él mismo los dedos de los pies helados con un cuchillo de monte y
logró sobrevivir. La foto muestra a un nativo típico, menudo y vigoroso, de
cara pálida, mejillas redondas, nariz chata y ojos que asoman por unas ranuras
diminutas.
Dos horas y
media después aterrizamos en Ust-Nera, nido de buscadores de oro, donde la
temperatura alcanza los 42 grados bajo cero. Son poco más de las tres de la
tarde y el sol ya se pone por el horizonte. Proseguimos viaje en un microbús
con cristales dobles, fijados con cinta adhesiva, que impiden que se forme una
gruesa capa de hielo en el interior. Cuando Vladímir Putin visitó la región, el
gobierno local avisó de que no se les ocurriera mandar por avión un Mercedes
oficial sin doble acristalamiento. El Kremlin ignoró la recomendación y el
coche del presidente no pasó de la primera valla publicitaria, justo detrás del
aeropuerto.
Kolya,
nuestro chofer, tiene una fina barba a lo Gengis Jan. Tras cuatro horas
salvando baches y ríos helados, nos anuncia: “A partir de aquí se acabó la
carretera en buen estado”. Seguimos por la autopista de Kolyma, la vía que
Stalin hizo construir utilizando presos como mano de obra para poder explotar
las riquezas naturales de Yakutia, sobre todo el oro. Cada 30 kilómetros había
un gulag. La mayoría de los presos moría al cabo de tres meses. Se les
enterraba bajo la calzada. Y punto. “Aquí yace un muerto cada cuatro metros”,
nos explica Kolya. Por eso la autopista de Kolyma también se llama “carretera
de los huesos”.
Llegamos a
Oymyakon hacia las tres de la madrugada, a 51 grados bajo cero. Por debajo de
menos 45 grados, la gasolina se congela, y por eso Kolya nunca apaga el motor
de nuestro autobús. El frío quema como si uno se hubiera embadurnado la cara
con una pomada para activar la circulación; la primera bocanada de aire casi
revienta los pulmones, y al cabo de medio minuto la nariz está entumecida.
Kolya nos asegura que eso no es nada. “A partir de los 64 grados bajo cero, uno
puede oír cómo se hiela el aliento, siente cada hueso del cuerpo como si
estuviera congelado y los escupitajos aterrizan en el suelo en estado sólido”.
A semejante temperatura no hay prenda en el mundo que pueda mantenerle a uno
caliente más de 15 minutos. Oymyakon debe su clima extremo a las cadenas
montañosas que la rodean, y que impiden que escapen las pesadas masas de aire
frío que cubren el valle como si fueran de plomo. Aquí impera una calma chicha
todo el año. Eso hace que el frío sea relativamente soportable y permite que la
temperatura alcance en verano los 35 grados.
Una vez que
ha amanecido, tampoco se ve gente por la calle; las columnas de humo se elevan
derechas como una vela por encima de las casas sobre un cielo sin nubes, y las
antenas parabólicas permiten adivinar a qué se dedica la mayoría de sus
moradores. La localidad cuenta con 2.300 habitantes; la mayor parte vive como
hace cien años, televisión aparte. En lugar de cuartos de baño, levantan en el
jardín unas barracas de madera sin calefacción, y bloques de hielo ante la
puerta sustituyen el agua corriente. Hay un par de teléfonos privados, y sólo
tienen radio los que pueden permitírselo. “El más mísero de los trabajos es el
de criador de caballos”, comenta Fiodor. Él es uno de ellos. Con el cuerpo
oculto bajo varias capas de pantalones y chaquetas, y con una gigantesca gorra
de piel de zorro en la cabeza, está ahí plantado en un prado en las afueras,
con pinta entre yeti y astronauta. Los criadores, explica, se pasan el día al
aire libre porque los famosos caballos salvajes yakutos, que se sienten
especialmente a gusto en esta estepa, desprecian cualquier tipo de establo.
Devoran nieve y la hierba bajo ella.
A pesar de
que estos animales tienen una pinta inofensiva, con sus patas cortas y su
pellejo hirsuto, lo cierto es que sólo se dejan domesticar a regañadientes. Al
intentar juntar la manada, Fiodor es derribado por su semental en dos
ocasiones. Patalea tumbado boca arriba, sin poder ponerse en pie, envuelto en
sus gruesos ropajes. Los caballos salvajes de Oymyakon se han utilizado incluso
en expediciones al Polo por su resistencia. Fiodor prefiere sacrificarlos
porque su carne grasienta está repleta de vitaminas y se considera una
exquisitez. La mayoría de los habitantes de Oymyakon vive de la caza de martas
y liebres, o bien crían vacas y renos. La única industria es una pequeña fábrica
de leche que deja de funcionar en octubre. El invierno es demasiado frío para
las vacas, así que no dan leche, y los campesinos cubren las ubres de los
animales con sacos de piel para que no se enfríen. De todos modos, la leche no
se echa a perder: se conserva congelada en los sótanos, a un metro bajo tierra,
donde reina una temperatura constante entre 10 y 15 grados todo el año.
Los suelos de
Yakutia sólo se deshielan superficialmente de junio a agosto, y quedan
cubiertos por una capa de fango que hace prácticamente imposible instalar vías
de ferrocarril. Los edificios de cemento de gran tamaño han de construirse
sobre pilotes, que se hincan en la tierra a varios metros de profundidad para
que no se hundan. Pero en Oymyakon no hay otra cosa que cabañas de madera. El
suelo es extraordinariamente fértil, y en verano, la naturaleza literalmente
estalla. Pero el lodo alberga también millones de larvas de mosquitos.
En la era
soviética, el valle era famoso porque en él vivían algunos de los hombres más
ancianos del país. El mayor era Fiodor Arnosov, un cazador que murió en 1967 a
los 109 años. El doctor Innokenti Novgorodov, que trabaja en la pequeña
policlínica, nos cuenta que antes sólo sobrevivían los niños más fuertes y
sanos. La tasa de mortalidad infantil era enorme, y las mujeres traían al mundo
hasta 18 hijos. Además, la gente no bebía alcohol porque no había ningún
supermercado que vendiera vodka, y tampoco se pasaba la vida sentada delante
del televisor. El doctor Novgorodov lleva unas gruesas botas de fieltro bajo la
bata blanca, los dedos le tiemblan un poco. Tiene 71 años. La asistente
sanitaria que trabaja con él tiene 72. El partido le destinó a Oymyakon hace
décadas, rememora sin pesar; pero hoy día la cosa ya no funciona así, y por eso
resulta difícil encontrar a quien les reemplace. Por otro lado, uno no puede
hacer nada por los pacientes. El pequeño hospital de paredes azul claro resplandece
de puro limpio, pero faltan medicamentos, sobre todo antibióticos, y no hay ni
sala de operaciones, ni un aparato de rayos X. Las 11 camas están ocupadas en
su mayoría por enfermos de cáncer a los que no pueden –o no quieren– ayudar en
ningún otro sitio.
Novgorodov
nos cuenta que hace poco encargó que llevaran en microbús a Ust-Nera a una
mujer de 37 años con cáncer de hígado; una vez allí, los médicos decidieron que
había que enviarla al hospital central de Jakutsk. Pero en lugar de subirla a un
avión, la mandaron de vuelta a Oymyakon. De allí salió de nuevo el microbús
rumbo a Jakutsk siguiendo la ruta directa, un viaje de 35 horas. La mujer murió
en el camino. Novgorodov se encoge de hombros. En la vasta Siberia, una vida no
cuenta demasiado.
Yakutia es la
república rusa más grande en lo que a superficie se refiere: tres millones de
kilómetros cuadrados, unas seis veces España. Además es una de las regiones más
ricas de la Tierra: posee reservas de platino, plata, uranio, minerales con
contenido metálico, carbón, petróleo, gas… El 40% del oro ruso se extrae de
Yakutia, así como uno de cada cinco diamantes del planeta. Pero sus 950.000
habitantes (densidad: 0,31) viven apenas por encima del mínimo de subsistencia;
toda la riqueza va a parar a Moscú.
Los yakutos
son un pueblo turco que ha seguido hablando su propio idioma hasta nuestros
días. Colonizaron Siberia en el siglo XIV desde el Baikal, pero luego los rusos
los fueron desplazando a regiones cada vez más septentrionales. Así es como
llegaron a Oymyakon en 1640. El valle parecía ideal para establecerse, puesto
que el río Indigirka no llega a congelarse ni con las más duras heladas debido
a la gran velocidad a que circulan sus aguas. En la II Guerra Mundial, Oymyakon
cobró importancia estratégica, pues repostaban los bombarderos estadounidenses
que atacaban Alemania por el este. Pero una vez concluida la era soviética, el
aeródromo quedó abandonado y fue convirtiéndose en una ruina.
El
subteniente Smirnov nos recibe en el negociado de la milicia, sentado bajo un
retrato al óleo de Iósif Stalin. Smirnov es uno de los tres policías de la
localidad; nació aquí hace 32 años. “Oymyakon le debe mucho a Stalin”, comenta.
Sin él no habría existido la autopista de Kolyma, y probablemente la localidad
habría permanecido aislada del mundo exterior hasta hoy. Muchos piensan igual,
a pesar de haber perdido parientes en los gulags. La porra de Smirnov se
balancea colgada en el ropero. No consigue recordar cuándo la utilizó por
última vez. Aquí la mayoría de los delitos están vinculados al alcohol; cada
pocos años se comete un homicidio. Pero las vecinas dan bastante que hacer: se
denuncian constantemente; por ejemplo, porque la vaca de una se ha zampado la
ropa tendida de la otra. Gracias a Dios, rara vez hay accidentes. Hace no
mucho, un agricultor se cayó en la carretera y no vio un rebaño de renos que se
aproximaba. Le arrollaron.
Como ocurre
por doquier en la provincia rusa, aquí también se escucha a menudo la frase “en
la Unión Soviética vivíamos mejor”. De hecho, había vuelos en helicóptero a
Jakutsk dos veces por semana, e incluso un cine. Nadie sentía la tentación de
marcharse lejos porque se intuía que en cualquier otro sitio las cosas tampoco
eran mucho mejores. Pero ahora todo el mundo ve por televisión cómo se vive de
Moscú a Malibú, y se da cuenta de que Oymyakon no sólo es la provincia, sino el
verdadero fin del mundo.
La escuela no
ha tenido nunca calefacción en condiciones hasta el año pasado, los niños daban
clase con el abrigo puesto. Son 300; hacia finales de la era soviética sumaban
aún 400. Los jóvenes sueñan con tener un café, móviles, un cibercafé o que la
discoteca de la escuela vuelva a funcionar. Pero, desgraciadamente, el equipo
estéreo lleva años estropeado. Al menos, la Casa de la Cultura organiza veladas
de baile una vez por semana con música de Boney M o, como este mismo sábado, un
concierto de guimbardas con concurso de canto incluido.
La sala sin
ventanas está abarrotada. Bajo los abrigos de piel se asoman minifaldas y
alguna que otra camiseta que deja el ombligo al aire. Las botas de reno han
sido sustituidas por tacones altos. Los hombres llevan corbata. Los jóvenes
rebosan optimismo, todos planean hacer carrera como abogados, médicos o
managers. Pero –nos cuenta Saina, de 16 años– las mujeres deben casarse, tener
hijos y estar de vuelta en Oymyakon como mucho antes de los 24.
El
depositario de las esperanzas de la localidad es un hombre que los lugareños
llaman con orgullo su “oligarca”. Alexander Krylov, de 33 años, alto, delgado,
nacido aquí de padre médico, reunió un pequeño patrimonio comerciando con
material de construcción en Jakutsk y luego regresó. Tiene seis hijos de tres
mujeres y una visión: traer turistas. Para ello ha creado el Festival del Polo
de Frío y la elección de Miss Polo de Frío. Además ha construido el primer
hotel con agua corriente caliente en cada una de sus 10 habitaciones. Y lo
cierto es que han venido turistas. Ilse y Elke, por ejemplo, dos jubiladas
europeas de las que aún se habla en el valle, porque hasta entonces los
lugareños sólo habían visto vegetarianos en la tele. O el actor de Hollywood
Ewan McGregor, que llegó a lomos de su motocicleta en verano.
Incluso un
jeque de carne y hueso se acercó el pasado febrero. Caminaba pesadamente por la
nieve envuelto en ropajes blancos, e insistió en que le pusieran un sello en el
pasaporte en la Administración municipal como prueba de que había estado
realmente en el polo de frío. Su alteza, propietario de los más nobles
purasangres, arrugó la nariz al contemplar los desgreñados caballos salvajes
paticortos. Debieron parecerle poco menos que burros gordos. Pero cuando le
explicaron que habían participado en la expedición al Polo Norte, decidió
comprar uno por 1.000 dólares. Inspeccionó la pista de aterrizaje de la II
Guerra Mundial y anunció que enviaría un avión a recoger al animal. Desde
entonces, en Oymyakon esperan la llegada del primer avión privado procedente de
Dubai.
Pilar Bonet. 2007. El Pais.com, 28/10/2007.
El cambio
climático se hace notar en Verjoyansk, la ciudad más gélida del hemisferio
norte
Sobre el
paisaje nevado, una escultura en forma de colmillos de mamut marca la entrada
en Verjoyansk, y una placa metálica anuncia la llegada al punto más gélido del
hemisferio norte: el Polo del Frío.

Entrada de Verjoyansk
"Antes,
en esta época íbamos ya en trineo, ¿puede llamarse nieve a esto?"
Octubre es
benévolo. A -3 grados pedalean los ciclistas y pasean los bebés.
Además de
lana de mamut el museo conserva restos del Gulag estalinista
El récord de
-67,8 grados, registrado aquí el 15 de enero de 1885, no ha sido igualado aún
en ninguno de los otros lugares de Siberia que compiten por superar el mínimo
histórico de esta localidad. Verjoyansk está en Yakutia, un territorio de la
Federación Rusa rico en diamantes, oro y materias primas, en cuya extensión de
más de 3,1 millones de kilómetros cuadrados (más de seis veces España) viven
908.000 personas.
En
Verjoyansk, las temperaturas invernales descienden más allá de los -50 grados,
pero sus habitantes opinan que también les afecta el calentamiento global.
"Antes, en esta época íbamos ya en trineo, y ahora, ¿acaso puede llamarse
nieve a esto?", dice el alcalde, Piotr Gábyshev, mirando el moroso
descenso de los copos sobre la ciudad más pequeña de Rusia. Fundada en 1638 por
los cosacos a las orillas del río Yan, Verjoyansk (a 67 grados y 33 minutos de
latitud norte) es un pueblo desolado, con una población menguante de 1.492
personas.
El alcalde,
un yakuto de 59 años que fue profesor de física, explica que la aurora boreal,
frecuente en su niñez, es ahora un evento raro y que el viento sopla y calienta
donde antes reinaba la calma glacial. "En enero 1982 llegamos a -64,8
grados y ya no hemos igualado esta marca", afirma. "La temperatura
del aire en el centro de Yakutia ha subido 2,5 grados desde los años 70 del
pasado siglo hasta ahora", confirma Rudolf Zhang, director del Instituto
de Permafrost (Hielos Eternos), situado en Yakutsk, la capital de Yakutia, a
900 kilómetros al sur de Verjoyansk. El aumento de la temperatura, dice, no ha
reducido el grosor del permafrost (capa de hielo permanente) que cubre el 60% del
territorio de Rusia.
Zhang
advierte que "el calentamiento global no está relacionado con la actividad
humana, sino con el calor emitido por el sol y absorbido y regulado por los
océanos". "No hay ningún efecto invernadero, el anhídrido carbónico
no se acumula en la atmósfera. El Protocolo de Kioto no tiene base y el clima
es un fenómeno cíclico. La humanidad está en vísperas de un periodo de
enfriamiento en el que se llegará a temperaturas más bajas que las registradas
en muchos años. Esta etapa comenzará entre 2012 y 2020 y culminará en
2050", pronostica.
Entre tanto,
octubre es benévolo en Verjoyansk. A -3 grados, pedalean los ciclistas, pasean
los bebés y los adolescentes salen a la plaza con chaquetas de entretiempo. La
central térmica proyecta al cielo una columna de humo negro. Funciona con
carbón transportado en verano a lo largo de miles de kilómetros en barcazas
hasta la desembocadura del Lena, por el Ártico y río arriba por el Yan. La
calefacción, centralizada, derrocha energía por falta de dispositivos
reguladores. En el interior de las casas, los radiadores desprenden un calor
asfixiante. A la escuela asisten 320 niños, divididos en dos secciones, una en
yakuto (la lengua túrquica de la población autóctona), y otra, en ruso. Si la
temperatura es inferior a -50 grados, los menores no van a clase. Si se rebasan
los -54 grados, cierra la escuela.
Además de
lana de mamut y artilugios de chamanes y cazadores, el museo local conserva
restos del Gulag estalinista, que mantuvo hasta 23 campos de trabajadores
forzados en la región. "Verjoyansk fue punto de partida hacia el
destierro, tanto en época de los zares como de los comunistas", dice el
alcalde. Los bustos de las víctimas decoran esta ciudad sin bares ni
restaurantes. En el hotel Polo del Frío, el único, la patrona, ausente, deja la
llave en la calle para que los huéspedes se instalen a gusto en alguna de sus
cuatro habitaciones y depositen luego los 400 rublos de la pernocta (11 euros)
en la cocina.
En
Verjoyansk, los móviles no tienen cobertura y sólo hay tres líneas de teléfono.
Un edificio de madera de ventanas tapiadas, recuerda que existió aquí un
aeródromo, parte de un sistema de transporte al servicio de las organizaciones
que exploraban y explotaban estos parajes por cuenta del Estado soviético. El
aeródromo se cerró en los noventa y para llegar al Polo del Frío desde Moscú
hay que volar primero a Yakutsk (a 8.468 kilómetros al Este) y de allí, a
Batagái (a 700 kilómetros al Norte) en Antónov 26. Estos aviones complementan
el transporte de pasajeros con carga (cajas de salchichas hacia Verjoyansk) y
el de mercancías (sacos de conejos recién cazados en la taiga en dirección a
Yakutsk), con pasajeros. De Batagái a Verjoyansk hay una ruta de 86 kilómetros
con un puente derruido que obliga a aventurarse sobre el hielo frágil de un río
y otra, de invierno, más corta, por el curso helado del Yan. El ferrocarril
pronto llegará a Yakutia. La vía férrea que unirá el Transiberiano con el
estrecho de Bering penetra ya en el territorio de esta tierra jamás cruzada por
un tren.
El alcalde
Gábyshev (y no solo él) habla de la perestroika como de un desastre económico y
social. Al desintegrarse la URSS en 1991, se vino abajo el sistema de
exploración geológica estatal, que mantenía colonias de especialistas en estos
parajes. Verjoyansk no se ha recuperado del éxodo de los rusos (hoy el 15% de
sus habitantes), ni del recorte en las prestaciones sociales a los trabajadores
del Norte, mermadas aún más en época de Putin.
La minería
resurge por cuenta de compañías comerciales que se adjudican licencias y
explotan los recursos con personal que va y viene por turnos, sin afincarse. El
alcalde afirma que estas empresas "no invierten en infraestructura ni
contribuyen al presupuesto municipal". Por falta de medios, en Verjoiansk
no se edifica, aunque el 70% de sus moradores viven en casas deterioradas. El
abastecimiento de víveres es bueno, pero encarecido por el transporte. Los
yakutos abandonan las zonas rurales, absorbidos por la ciudad de Yakutsk, cuyo
progreso gracias a los diamantes (hoy controlados desde Moscú) no compensa la
sangría demográfica. Yakutia ha perdido 173.000 habitantes desde 1989.
El futuro de
Verjoyansk podría ser el turismo, pero la marca del Polo del Frío, su principal
tesoro, está amenazada por Oimiakón, una localidad con una mínima (-67,7 grados
en 1933) a la zaga en una décima del récord, pero mejor comunicada que
Verjoyansk. Los dirigentes de Yakutia promocionan Oimiakón, pero, a modo de
compromiso, declaran que el Polo del Frío es un triángulo con vértices en
Yakutsk, Verjoyansk y Oimiakón. Los de Verjoyansk se resisten. Ellos tienen el
"polo del frío certificado y documentado". Oimiakón, dicen, es el
"polo de las intrigas comerciales".
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