PRODUCCIÓN ANIMAL

Director: Guillermo Alejandro Bavera, Méd. Vet., Profesor Titular Efectivo de Producción Bovina de Carne, Depto. Producción Animal,

Facultad de Agronomía y Veterinaria, Universidad Nacional de Río Cuarto, Río Cuarto, provincia de Córdoba, República Argentina

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La flora y la fauna, vitales para el hombre

Richard Fitter*. 1988. El Correo de la Unesco, 02/88.

*Naturalista y escritor británico, ha sido miembro durante 24 años de la Comisión para la Supervivencia de las Especies

de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza y sus recursos (UICN), siendo en la actualidad

presidente de su comité directivo. El último de sus numerosos libros, Wildlife for man (Fauna y flora salvajes para

el hombre), es una obra de consulta sobre la conservación de las especies para la Estrategia Mundial de Conservación.

En septiembre de este año aparecerá su guía sobre el medio rural en invierno en el noroeste de Europa.

 

En el mundo de nuestros días, invadido por la tecnología, la televisión, los aviones supersónicos y las centrales nucleares, ¿siguen teniendo algún sentido para el hombre las plantas y los animales salvajes? ¿Acaso no debieran pasar a la historia, al igual que los arcos y las flechas, las hogueras de leña y los carruajes de caballos?

La respuesta a esta segunda pregunta es rotundamente negativa. La supervivencia de los animales y de las plantas es una cuestión de vida o muerte en el pleno sentido de la expresión, ya que de ellos depende una parte sustancial del bienestar cotidiano de todos los habitantes del planeta, cualesquiera que sean su sexo, edad y condición.

Las plantas y los animales contribuyen principalmente de tres maneras al bienestar de los seres humanos. Proporcionan numerosos elementos que constituyen la base material de la existencia: casi toda la alimentación, buena parte de la vestimenta y, en muchos lugares de! mundo, materiales de construcción y combustible para calentar e iluminar la vivienda. Proporcionan, además, los conocimientos básicos para preservar esta base material e impedir el retroceso a unas condiciones más primitivas. Otra aportación importante es la que hacen a nuestro disfrute del medio ambiente, tanto en lo que toca a los esparcimientos diarios como al placer que procura la contemplación de los encantos de la naturaleza y de los misterios del universo.

El reconocimiento de la importancia que para la humanidad tienen los recursos genéticos de las especies animales y vegetales, tanto salvajes como domesticadas, y el temor de una destrucción generalizada, llevaron a la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza y sus Recursos (UICN) y al Fondo Mundial para la Naturaleza (FMN) a elaborar, hace ocho años, una Estrategia Mundial de Conservación (véase el número de mayo de 1980 de El Correo de la Unesco), con tres objetivos principales:

1) Mantener unas reservas viables de todas las especies animales y vegetales. Es preciso que se trate de todas, porque apenas se conoce todavía el valor de la mayor parte de ellas; hace muy poco que se ha descubierto, por ejemplo, la utilidad en el tratamiento del cáncer de la vincapervinca Catharanthus, planta casi ignorada que crece en Madagascar;

2) Mantener unas reservas suficientes de todas aquellas especies cuyo interés para el hombre está comprobado, con objeto de poder cultivarlas, cosecharlas o aprovecharlas indefinidamente por cualquier otro medio;

3) Preservar la pureza del aire y del agua y la fertilidad del suelo.

Pese a que estos tres objetivos de la Estrategia Mundial de Conservación obedecen al más elemental sentido común, tanto los gobiernos como los particulares, a causa de nuestras actuales estructuras sociales e institucionales, los ignoran en gran medida. ¿Cómo acabar con esta despreocupación general y hacer de modo que pueda seguir utilizándose con carácter indefinido en bien de la humanidad los vegetales y animales salvajes y domesticados?

Los dos peligros más graves que amenazan a las distintas especies son la explotación excesiva y la destrucción del hábitat, que han originado ya la extinción de algunas de ellas y una fuerte disminución del número de ejemplares de otras muchas.

La explotación excesiva, legal e ilegal, es la que causó más daños en tiempos pasados. En el siglo XIX los cazadores exterminaron la paloma silvestre en América del Norte y casi acabaron también con el bisonte. En nuestro siglo, la caza ininterrumpida en África de rinocerontes negros y de elefantes para apoderarse de sus cuernos y colmillos ha resultado prácticamente en el exterminio de los primeros y en la merma considerable del número de los segundos.

Además, la captura excesiva de grandes ballenas, sobre todo en los océanos australes, ha reducido casi todas las reservas mundiales hasta el punto de que a efectos comerciales pueden considerarse extinguidas, y ello pese a los esfuerzos realizados por la Comisión Ballenera Internacional (IWC), creada precisamente para impedirlo. En definitiva, la industria ballenera se ha suicidado al obrar así, ya que en la actualidad está prohibido capturar esos animales. Las reservas marinas de peces en todo el mundo han sido explotadas de tal manera que muchas de ellas han desaparecido. La última reserva pesquera importante del planeta se encuentra en la región antártica y subantártica. ¿Resultarán tardíos e insuficientes los esfuerzos que, gracias al Tratado Antártico, se hacen actualmente para salvarla?

En nuestros días, sin embargo, el peligro más grave para las especies animales y vegetales es la destrucción masiva del hábitat, sobre todo en las inmensas regiones de bosques tropicales húmedos de los países en desarrollo, donde el incesante crecimiento demográfico genera una demanda cada vez mayor de madera y de terreno cultivable. "Más gente y menos pantanos", fue la lacónica explicación que un anciano natural de Florida dio de la disminución del número de pumas en su región. Se calcula que cada minuto desaparecen diez hectáreas de selva tropical virgen. A este ritmo, al término del presente siglo, esto es, dentro de doce años solamente, no quedará prácticamente nada de los dos o tres mil millones de hectáreas de esas selvas que hoy subsisten, si se exceptúan los parques nacionales y otras zonas protegidas.

La contaminación es otro factor que reviste la misma gravedad. Los deshechos químicos procedentes de la industria y de la agricultura, así como de otras actividades (por ejemplo, los desplazamientos en automóvil), ejercen un efecto nocivo constante en la calidad del aire, del suelo y del agua. La consecuencia más catastrófica es la lluvia ácida, causada por una "sopa química", todavía no totalmente explicada, que está destruyendo los bosques y los peces de agua dulce de todo el hemisferio norte.

Para poner fin a la explotación excesiva es preciso regular los cultivos y las actividades cinegéticas. Hay que establecer el sistema de licencias de caza, en ocasiones estipulando el número máximo de piezas por cazador, y de cupos de explotación comercial. El eterno problema es hacer que se respeten las leyes, como lo demuestran la multiplicación y la audacia creciente de los cazadores furtivos, incluso en el interior de los parques nacionales, y el triste record de la industria ballenera.

Otra dificultad estriba en calcular con precisión la magnitud de las reservas. La Comisión Ballenera Internacional tiene su propio comité científico encargado de evaluar el número de ballenas, y la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza y sus Recursos ha creado un Centro de Vigilancia de la Conservación (CMC) encargado de establecer una base de datos para todas las especies. Este Centro se ocupa también de poner en práctica una idea de Sir Peter Scott, los Libros de Datos Rojos, en los que se recoge y se resume la información más importante sobre las especies amenazadas.

El principal medio de que se dispone hoy en día para contrarrestar la destrucción del hábitat es la creación de parques nacionales, reservas naturales, refugios para la fauna silvestre y otras zonas protegidas. Ahora bien ¿será posible reservar en los diez o doce próximos años una superficie de terreno suficiente para salvaguardar los varios miles de especies hoy en día amenazadas de extinción por la desaparición de los bosques húmedos? El número de especies en peligro puede elevarse en realidad a muchos millones, si las estimaciones más recientes de las especies de invertebrados que existen en el mundo (¡30 millones!) son correctas.

Los dos organismos de los que depende básicamente la salvaguardia de las especies son la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza y sus Recursos y el Fondo Mundial para la Naturaleza, que tienen su sede en Suiza y reciben una ayuda considerable del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA), que apoya y concede fuertes subvenciones a la UICN. De las aves se ocupa el Consejo Internacional para la Protección de las Aves, con sede en el Reino Unido y subvencionado por el FMN.

La UICN funciona con seis comisiones de expertos científicos. La Comisión para la Supervivencia de las Especies (CSE), que es la principal encargada de la preservación de la fauna y la flora, opera por medio de una red de más de 90 grupos de especialistas, a la que aportan desinteresadamente sus conocimientos cerca de 2.000 zoólogos y botánicos del mundo entero. Entre los grupos más activos figuran los que se ocupan de los elefantes y rinocerontes africanos, los antílopes, los felinos, los primates, los cocodrilos, las tortugas marinas, las libélulas y las orquídeas. El Grupo de Comercio representa a la UICN en todo lo relativo a la importante Convención sobre el Comercio Internacional de Especies Amenazadas de la Fauna y Flora Silvestres. La CSE mantiene relaciones muy estrechas con el Consejo Internacional para la Protección de las Aves, que cuenta a su vez con diversos grupos de trabajo, encargados, por ejemplo, de los papagayos, los flamencos o las avutardas.

La UICN tiene otras dos comisiones importantes: la de Ecología (problemas generales del hábitat, contaminación) y la de Parques Nacionales y Zonas Protegidas. El Programa sobre el Hombre y la Biosfera (MAB) de la Unesco cumple también una función muy destacada en la preservación del hábitat de las especies, al igual que ciertas convenciones internacionales como la Convención sobre la Protección del Patrimonio Mundial Cultural y Natural y la Convención sobre los Humedales de Importancia Internacional.

Son muchas las organizaciones no gubernamentales que están afiliadas a la UICN: algunas de ellas se ocupan por su cuenta de la conservación de las especies, en particular la Sociedad de Historia Natural de Bombay, la Sociedad para la Preservación de la Flora y la Fauna de Londres, la Sociedad Zoológica de Francfort (República Federal de Alemania) y la Sociedad de Zoología de Nueva York.

Contrariamente a la UICN, el Fondo Mundial para la Naturaleza y el Consejo Internacional para la Protección de las Aves funcionan en gran medida a través de secciones nacionales. Este último cuenta con la red mundial de mayor extensión. El FMN es un organismo dedicado fundamentalmente a conseguir fondos, que destina cada vez más a sus propios proyectos.

¿Qué cabe esperar de todos estos medios? ¿Hasta qué punto pueden contribuir todos estos organismos nacionales e internacionales a alcanzar el objetivo de la conservación y la utilización a largo plazo (comprendidos los usos no consumistas, como la observación de pájaros y de ballenas) de las especies animales y vegetales?

La respuesta es que hay que hacer más, mucho más de lo que se hace actualmente. Ante todo es preciso reservar y ordenar adecuadamente superficies suficientes de terreno para que sirvan de hábitat, lo que requiere tomar debidamente en cuenta la necesidad de preservar los recursos genéticos en los grandes proyectos de desarrollo.

También es necesario tomar medidas para evitar una explotación excesiva de todas las especies silvestres, reprimiendo drásticamente la caza furtiva en todas partes, y no sólo en las zonas protegidas, y haciendo respetar las disposiciones de la Convención sobre Comercio Internacional de Especies Amenazadas de la Fauna y Flora Silvestres. Por último, y sobretodo, hay que convencer no sólo a los políticos, administradores y responsables, sino a la totalidad de los ciudadanos, a los campesinos y a los habitantes de las ciudades de todo el mundo, sin cuya buena voluntad y comprensión de cuáles son sus auténticos intereses a largo plazo, todos los esfuerzos serán vanos.


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