Director: Guillermo Alejandro Bavera, Méd. Vet.,
Profesor Titular Efectivo de Producción Bovina de Carne, Depto. Producción
Animal,
Facultad de Agronomía y
Veterinaria, Universidad Nacional de Río Cuarto, Río
Cuarto, provincia de Córdoba, República Argentina
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Yuyú Guzmán. 2001. Autora del libro "El país de las Estancias".
Bolsa de Comercio
de Rosario. 91(1483):24-30.
Mi curiosidad por el tema de las estancias nació desde el desconocimiento total de la materia, como seguramente les ocurre a quienes no pertenecen a familias propietarias de campo, y sólo ven, como una referencia paisajística durante los viajes por el interior, un inmutable telón de fondo con infinitas praderas y vaquitas paciendo a lo lejos.
Sin
embargo, ese espacio geográfico es nuestro mayor valor económico y contiene una
larga historia, que poco a poco he ido contando a través de libros, charlas,
fotografías y un programa de televisión denominado "El País de las Estancias". Con esta designación figuramos en el mapa
ideográfico del planeta, donde representan con una vaca, un paisano a caballo,
un haz de trigo y el infaltable obelisco para situar la capital del país.
Para
esa mirada del exterior que observa el mapamundi y se detiene en el país más
austral, o para el compatriota que no sabe de este tema, quiero contar cómo es
la estancia argentina; con la misma técnica narrativa que utilizaría, si supiera,
cómo es la estancia canadiense, la australiana o la neozelandesa, países con
los que compartimos la misma e economía pastoril aunque nos diferencia la
cultura rural.
Para
el consiente colectivo somos un país de campaña, aunque para el consiente
individual formamos una comunidad urbana.
Los argentinos en general (salvo los angloargentinos) somos gente de
ciudad por naturaleza; por eso, quienes viven del campo habitualmente tienen
residencia en la ciudad. En
consecuencia, una de las características de nuestro campo la dan sus pocos
pobladores permanentes.
En
toda Latinoamérica el fenómeno "estancia" se inicia con la llegada de
los españoles, el reparto de vastas tierras de nadie entre los conquistadores y
la necesidad urgente de proveer alimentos lo más afines posible con sus
costumbres culinarias. Por entonces,
España tenía una dieta básicamente cárnica y, como en América no se encontró
ninguna ganadería sustituta, cada barco que llegaba de la península, traía
vacunos, lanares, porcinos (y cuanto animal doméstico sirviera para la olla),
para que "hicieran casta" en las tierras recién conquistadas.
La
crónica de la introducción de la ganadería europea en las tierras americanas ha
quedado empañada por la gran historia de la conquista primero, la colonia luego
y después la formación de los estados americanos. Lo cierto es que la llegada y multiplicación de los animales de
consumo en el nuevo mundo fueron de una importancia crucial para los pueblos
invasores, porque significaron una mejor adaptación a tierras extrañas que
daban otros frutos y porque otorgaron valor económico a las grandes extensiones
de tierras que se adjudicaron en propiedad.
Si
la introducción de los ganados domésticos fue importante en los territorios
andinos donde se aposentó la conquista, qué no decir del impacto que produjo en
las grandes praderas, hábitat ideal para la propagación de los mamíferos pastoriles.
Con
la fundación de nuestras ciudades históricas (puntales de la conquista), el
reparto de las tierras aledañas y la llegada de los arreos de caballos y vacas
para el transporte y alimento, comenzaron las estancias.
Este
es el origen de la estancia argentina, cuyos tiempos, diferencias y evolución
dependerían del lugar geográfico donde ella apareció, a lo largo de un
territorio tan vasto y vacío, que sería ocupado durante trescientos años de
lenta penetración..
Digo
vacío por despoblado, desde mi punto de vista de la cultura invasora a la que
pertenezco y considerando patrimonio propio lo que tomamos en las guerras de
conquista. Porque aquí había una población autóctona dispersa y en estados
culturales distintos, según las regiones, pero muy primitiva en comparación con
las civilizaciones precolombinas de Méjico y Perú.
Así
resultó que los pueblos aborígenes se convirtieron en los enemigos naturales de
los nuevos pobladores de las pampas, que intentaban apoderarse por la fuerza de
sus espacios e imponer reglas ajenas a su condición nativa.
Estas
posiciones antagónicas generaron una guerra de cientos de años durante los
cuales los estancieros y sus ganados fueron penetrando lo más pacíficamente
posible, aposentándose en suelo salvaje pero cubierto de ricos pastizales.
Los
primeros caballos que llegaron a nuestras tierras vinieron con la expedición de
Don Pedro de Mendoza cuando fundó la primera Buenos Aires, en 1536. Cuando todos abandonaron el sitio a causa de
la extrema miseria y el hambre, quedaron los equinos que habían escapado del
fuerte fundacional, en la total libertad de la llanura rioplatense.
Las
vacas llegaron con la segunda fundación de Buenos Aires. Vinieron en el histórico arreo de miles de
cabezas que condujo el criollo Hernandarias, desde Asunción del Paraguay hasta
el litoral, por orden de su suegro, Don Juan de Garay, que tenía la misión de
fundar la ciudad de Santa Fe y el puerto de Santa María del Buen Aire, en el
Río de la Plata. De allí que las
primeras vaquerías se establecieron en Corrientes.
Con
ese movimiento de cantidades de animales se inauguraron los grandes arreos que
de ahí en más caracterizarían la dinámica de la campaña antigua, donde los
ganados se trasladaban para poblar estancias, para comercializar en tierras
remotas o para cabalgadura y alimento de las tropas militares.
Durante
la colonia, el beneficio más importante de la estancia pampeana era la cría de
mulas, nacidas en los llanos y llevadas en grandes arreos anuales a los
mercados de Salta y Jujuy, donde se vendían con destino al Alto Perú.
Las
estancias de esas provincias norteñas han sido muy influenciadas por la cultura
hispano peruana, ya que las familias fundadoras vinieron del aquel virreinato,
trayendo sus costumbres y sus ganados.
Aquí se establecieron en tierras donde ya había asentamientos indígenas
que hacían agricultura y domesticaban animales. Con el trabajo de los indios encomendados, las estancias
brindaron una producción mixta, basada en la cría de ganados europeos y una
agricultura con especies americanas que enriquecieron la cocina española. La tendencia productiva de la región siguió
siendo la misma, a lo que se agregaron las plantaciones subtropicales de
azúcar, tabaco y algodón.
En
la provincia de Córdoba los padres jesuitas fueron los estancieros más
formidables del pasado argentino. Iniciaron sus estancias pocos años después de
la fundación de la ciudad. Tanto por su visión empresaria como por sus exitosos resultados económicos
debieron haber sido el ejemplo a imitar por los estancieros de la época y de
los tiempos que siguieron, pero no lo fueron.
En
el sur de esta provincia, asolada por los malones hasta fines del siglo XIX,
los estancieros se establecieron cuando llegó el ferrocarril en 1870, lo mismo
que las colonias agrícolas con sus gringos tenaces y emprendedores.
La
región correntina, cuyas familias fundadoras y sus ganados llegaron desde el
Paraguay, conserva su producción vacuna tradicional y hace poca agricultura, no
porque sus tierras no sean aptas para los cultivos, sino por falta de cultura
agrícola. No prosperaron los experimentos de las colonias agrícolas. Por eso la población rural de esa provincia
es tan criolla y tradicionalista. Su
posición limítrofe, las guerras con países vecinos y la política, siempre
tuvieron muy ocupados a sus varones, a quienes les faltó tiempo para abrir el
surco.
En
las provincias de Entre Ríos y Santa Fe, en cambio, surgieron las primeras
colonias agrícolas, que se multiplicaron llegando a constituir un formidable
motor de civilización y progreso. El
desarrollo poblacional, agrícolo-ganadero e industrial, impulsado por los
gringos llevó la prosperidad económica a gran parte de esa zona litoraleña que
hasta mediados del siglo XIX había sido exclusivamente ganadera.
Cuyo
se fue poblando por una corrientes civilizadora proveniente de Chile. Los adelantados españoles, que cruzaban la
cordillera de allá para acá como si tal cosa, fundaron la ciudad de Mendoza,
trajeron pobladores, ganados,
plantas y organizaron las primeras estancias.
Para esto se asentaron en lugares donde encontraron pueblos indígenas
que regaban sus cultivos mediante un sistema de acequias utilizado hasta
nuestros días. Entre las plantas
introducidas por los conquistadores venía la vid, la que encontró en el
pedemonte andino el mejor clima y la mejor tierra para su desarrollo.
La
pampa bonaerense, favorecida por sus pasturas naturales y su cercanía al
puerto, se constituye en la provincia estanciera emblemática de la Argentina. Los equinos y vacunos que no encontraron
vallas para desparramarse por las llanuras del Este, paulatinamente fueron
dejando su condición cimarrona, para aquerenciarse en las estancias. La exportación
de cueros en gran escala y la industria del saladero valorizaron la tierra
bonaerense y beneficiaron a los estancieros porteños. En las estancias cercanas
a Buenos Aires comenzaron el
refinamiento de la ganadería, la formación de las primeras cabañas, la industrialización
de la leche y la instalación de los frigoríficos. Esa época de gran evolución
de la ganadería pampeana vino acompañada por la irrupción del ferrocarril y el
fenómeno de las colonias agrícolas junto a las estaciones, con lo cual quedaron
instaladas en la provincia las dos producciones básicas de sus estancias.
Los
lanares ibéricos introducidos por la conquista nunca interesaron mucho a los
estancieros coloniales, por lo cual habían perdido sus características raciales
y su lana no valía nada. Pero, en las primeras décadas del siglo XIX, la industria
textil europea en pleno auge pasó a comprar toda la lana que se producía en los
países países ganaderos de ultramar; por lo tanto, empezaron a refinarse
nuestros rebaños criollos y la exportación de lana se convirtió en un excelente
negocio por más de un siglo.
Ese
fue el gran momento del despertar de la Patagonia, tierras tan lejanas como
desconocidas, hasta que en 1880, el Presidente de la Nación Julio A. Roca se
interesó por reconocer y poblar. En esos años, tanto los británicos en las Islas
Malvinas, como inmigrantes de varias nacionalidades en el sur de Chile, estaban
experimentando exitosamente con la cría de la oveja, por lo cual no cabía duda
que pasaría lo mismo en nuestras mesetas australes. Así fue como británicos
principalmente, y también alemanes, yugoslavos, españoles y otros grupos
migratorios se fueron extendiendo por esas tierras secas y ventosas, fundando
la ganadería ovina que le daría valor económico, población y leyenda a esa
región ignorada por
los argentinos norteños,
Para
fines del siglo XX, encontramos fundidos a los ovejeros patagónicos y a la
industria agropecuaria en crisis endémica, pero mientras se espera que pasen
los largos años de vacas flacas, las señoras estancieros convenido en abrir sus
casas de campaña al turismo. Esta modalidad novedosa para entrar en uno de los
circuitos económicos más dinámicos de estos tiempos, constituye uno de los
fenómenos más creativos que han valorizado la vida rural.
Cansados
de trabajar la tierra de poca o ninguna rentabilidad en estos últimos años
algunos estancieros han decidido vender sus posesiones a precios que resultan
accesibles a los capitales extranjeros. Esto preocupa a los espíritus patriotas
que creen que las estancias argentinas ya no son argentinas . No es para tan. Y
si acaso lo fuera algún día, recordemos que la extranjería está en el génesis
de toda la argentinidad. El campo se pobló en la segunda mitad del siglo XIX de
inmigrantes pobres que venían con el propósito de cambiar su destino. Si ahora
viniese una oleada de extranjeros ricos a comprar estancias, sería muy
interesante observar qué pasa. Pero, sea como sea, nunca nadie se podrá llevar
la tierra y sus mejoras.
Nuestro
país asimilará una vez mas a los nuevos productores, foráneos pero del primer
mundo, y la estancia argentina continuará siendo por mucho tiempo esa expresión
económica y paisajística con que el país se proyecta en el mapa del mundo.
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