Director: Guillermo Alejandro Bavera, Méd. Vet.,
Profesor Titular Efectivo de Producción Bovina de Carne, Depto. Producción
Animal,
Facultad
de Agronomía y Veterinaria, Universidad Nacional de Río Cuarto, Río Cuarto, provincia
de Córdoba, República Argentina
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> Orígenes, evolución y estadísticas
Máximo Aguirre. 1972.
Anales, S.R.A., Bs.As., 33-35.
Al
cumplirse el centenario de la aparición de la primera parte (1872) del poema
de José Hernández "El gaucho Martín Fierro", la vida y la obra de su autor
es nuevamente motivo de conferencias, ensayos, ciclos de difusión y toda
suerte de comentarios. Posiblemente desde las primeras décadas del presente
siglo en que Lugones, Leguizamón, Rojas y Tiscornia, entre otros, enfrentando
la indiferencia de cierta intelectualidad, se dedicaron a destacar los valores
de la obra hernandiana, consagrando al "Martín Fierro" poema
nacional, pocas veces advirtióse como en esta oportunidad, un movimiento tan
interesado en analizar, e incluso discutir, los alcances e intenciones del
humilde folleto publicado hace cien años. Esta sola circunstancia, está
revelando, sin duda alguna, sus méritos ya que solamente el hecho de haber
traspuesto una centuria, acrecentando día a día su popularidad, está diciendo
a las claras de su honda penetración en el espíritu y preferencias de un
pueblo. Con su obra capital se revisa y comenta la vida del poeta, pródiga en
sucesos reveladores de una existencia activa y apasionada, donde la política,
no pocas veces vehemente de su tiempo, ocupa gran parte de su trajinar
ciudadano.

José Hernández, autor de la
"Instrucción del Estanciero".
Pero
su pasión argentinista, rebalsando las agitadas instancias de la lucha política,
supo darse treguas en medio de la polémica, para escribir su pensamiento
progresista, su ideario federalista, su afán de justicia. Porque resulta
evidente que el "Martín Fierro" es, sí, gran parte de José Hernández,
pero no lo es todo. Si bien su obra magistral resume con las proporciones de un
monumento gigantesco realizado con arcilla pampeana, parte de su propia vida
que fue la de muchos de su temple y de su laya, del Hernández de la madurez
pueden desglosarse páginas de singular valía a pesar de que Lugones, un tanto
superficialmente, las haya calificado de simples "artículos de economía
rural".

Chacra de Pueyrredón, en el
partido bonaerense de San Martín, donde nació Hernández, hoy convertida en
museo.
Quien
hoy transite las páginas de la “Instrucción del estanciero”, escritas por José
Hernández en 1881 y dadas a la publicidad al siguiente año, podrá advertir cuán
ligeras e ininformadas fueron las citadas opiniones del ilustre autor de
"La guerra gaucha". Porque la "Instrucción" no es sólo un
excelente tratado de “economía rural” ‑que no es poco mérito escribirlo
con autoridad y utilidad‑ sino que, además, está, y bien se advierte,
escrito por un poeta, un hombre que más allá del tema técnico que domina, se goza
en la visión de ver a su patria convertida en “la nación más grande, más
fuerte y más próspera del Continente Sudamericano”, tal como lo expresa
epilogando su libro.

Marca
para ganado que perteneció a José Hernández
Quizá
a pocos de nuestros escritores le venga mejor que a Hernández aquella
sentencia del pensador y naturalista francés Buffon: "el estilo es el hombre";
porque todas las actitudes personales del autor del "Martín Fierro"
corresponden a su estilo de vivir y escribir. Y si no veamos cuál es su actitud
ante una circunstancia de carácter personal que, justamente, dio motivo para
que escribiera su "instrucción del estanciero". Más, dejemos que sea
su hermano Rafael, su primer biógrafo, quien lo cuente. "La autoridad incontestable
que tenía en asuntos campestres ‑dice Rafael Hernández- fue causa que el
gobierno del doctor Rocha le confiara la misión de estudiar las razas
preferibles y los métodos pecuarios de Europa y Australia, para lo cual debía
dar la vuelta al mundo, siendo costeados por la provincia todos los gastos de
viaje y estudios y rentado con sueldo de 17 mil pesos moneda corriente
mensuales durante un año, sin más obligación que presentar al regreso un
informe que el gobierno se comprometía a publicar. Tan halagadora se suponía
esta misión ‑prosigue Rafael‑ que el decreto fue promulgado sin
consultar al favorecido, quien al conocerlo por los diarios se presentó en el
acto al despacho del gobierno rehusando tal honor. Como el gobernador
insistiera que se necesita un libro que enseñase a formar las nuevas estancias
y fomentar las existentes, le contestó (José Hernández) que para eso era
inútil el gasto enorme de tal comisión; que las formas y prácticas europeas no
eran aplicables TODAVIA a nuestro país, por las distintas condiciones
naturales e industriales; que la selección de razas no puede fijarse con
exclusiones por depender del clima y la localidad donde se crían y las
variaciones del mercado, que, en fin, en pocos días, sin salir de su casa, ni
gravar el erario, escribiría el libro que se necesitaba. Con tal efecto
escribió “Instrucción del estanciero”, que editó Casavalle y cuyos datos,
informaciones y métodos bastan para formar un perfecto mayordomo o director de
estancias y enseñarle al propietario a controlar sus administradores".
Cuenta
luego Rafael Hernández que ante el rechazo del principesco viaje por parte de
su hermano, la gira le fue ofrecida a él, quien tampoco aceptó ‑era
entrañable el afecto que les unía‑ hasta que finalmente fue designada
otra persona que, a juicio del gobierno, estaba en condiciones de escribir el
libro requerido. "El viaje se hizo ‑relata Rafael Hernández, en su
"Pehuajó, nomenclatura de las calles" editado en 1896‑ el
informe se imprimió en 5.000 ejemplares de 10 tomos, los gastos fueron
fastuosos y puntualmente pagados ... más el resultado, previsto por Hernández,
está lejos de competir con el de su libro criollo".
Este
episodio de la vida de José Hernández, es, sin duda, revelador.
En
primer término de su inalterable conducta de hombre público y privado. El era
consciente de que un estudio de esa naturaleza, además de gravoso para las
rentas públicas, iba finalmente a resultar inoperante en el medio que debía
actuar. Pero, ¿quién puede permanecer insensible a las regalías de un viaje
como el que le proponía el gobierno de la provincia?
Aquel
que sostuviera en su obra genial que "con codicias no me mancho"
permanecía, años después de expresarlo por boca del gaucho Martín Fierro, fiel
a sus principios. Y en la vida de Hernández este no es el único rasgo revelador
de su irrenunciable sentido de la ética y su honesta defensa del bien público.
Por otra parte esa era la herencia que les había dejado el padre a los
Hernández. Don Rafael, hijo de un acaudalado comerciante español, don José
Gregorio Hernández Plata, desde joven hubo de ganarse la vida como resero ‑en
el antiguo sentido que la palabra "resero" tuvo en la provincia de
Buenos Aires, es decir, de comprador y vendedor de reses‑ hasta que
fallecida su esposa, Isabel Pueyrredón, lleváse a sus hijos varones, José y
Rafael, al campo. Junto al padre, conocedor profundo de las costumbres
camperas, ambos muchachos adquirieron, con los conocimientos rurales la
observancia de un tradicional código de hidalguía que fue blasón del hombre de
nuestro campo. Más de diez años ‑de los
Toda
persona vinculada a las actividades pecuarias de nuestro país advertirá recorriendo
las didácticas páginas de la “Instrucción del Estanciero” de José Hernández,
cuán extenso y profundo era el conocimiento que tenía su autor del tema
tratado. Y aunque parte de los procedimientos recomendados hayan perimido ‑no
en balde han transcurrido más de noventa años de su publicación‑ no
dejará de reconocerse que muchos de sus consejos todavía pueden ser de
utilidad para quienes están al frente de establecimientos dedicados a la cría
del ganado vacuno, yeguarizo y lanar. Su conocimiento está presente en todos
los detalles, como por ejemplo, aquel referente a los planteles de mulares
cuando expresa que la mula tiene la propiedad singular de quitarles los potrillos
a las yeguas. Es cariñosa con ellos, los busca, los acaricia hasta que consigue
hacerse seguir y como no tiene qué darles se les mueren". O cuando
observa, refiriéndose al cuidado de los puesteros con los lanares: "Si
hay cardales, debe hacer en ellos sendas para que las ovejas salgan al grito.
La oveja es de muy buen oído estando llena". Y aunque ya se haya
prácticamente perdido la costumbre del acarreo de hacienda vacuna a pura uña
animal. ‑¡Oh!, los heroicos tiempos del acarreo por tierra!‑ no
podemos eludir la tentación de transcribir algunos párrafos del libro de Hernández
relacionados con este trabajo, este oficio ‑el más macho al decir de
Güiraldes‑ tan estrechamente vinculado al hombre de nuestro campo. A
propósito de la manera correcta de arrear al vacuno, dice que sólo el capataz
deberá usar arreador. "El peón arrea con el silbido y el grito de costumbre.
Esto «del grito», diremos de paso, tiene también su mecánica". Y agrega
poco más adelante: "En la frontera del Estado Oriental y Río Grande,
campos montuosos y de serranías, los rondadores de hacienda prestan mucha
atención a la clase de gritos que ha de emplearse arreando y especialmente
rondado ganado. Estos gritos son únicamente interjecciones en «a», «e», «o» y
no emplean jamás las que suenan en «i», «u» porque ellos dicen que inquietan y
alborotan a los animales". Finalmente Hernández anota lo que podría
denominarse "decálogo" del capataz resero o acarreador como se le
llamaba en aquellos tiempos. Afirma que arreando hacienda es donde se prueba
el conocimiento del hombre de campo. "Es ‑dice‑ como el marinero
en la tormenta".
Pero
no se piense por esto que el libro de Hernández sólo se expresa en anotaciones
curiosas ‑sobre todo para los costumbristas de nuestro tiempo‑ como
las que hemos, en parte, transcrípto. ". . todo los animales -dice- son
de distinto paladar y tienen diferentes modos de comer. El vacuno es el menos
delicado, come todos los pastos, pero prefiere siempre los más altos, como que
al comer lo hace envolviéndolos con la lengua. El yeguarizo es delicado,
tiene un olfato muy fino y percibe el olor del agua y del pasto tierno de mucha
más distancia que el ganado vacuno". Y en seguida describe la manera de
comer de la oveja que "generalmente saca la raíz" del pasto, no así
el carnero que “agarra el pasto más arriba y no pega tirón para arrancarlo
como hace la oveja”.
Desde
el cuidado del vacuno, cría, engorde, marcación, enfermedades, etc., hasta el
tipo de construcción rural aconsejable para aquel tiempo; desde la mejor
manera de tratar la corambre hasta el conocimiento de los pastos buenos y
malos, nada escapa al enfoque de este meduloso trabajo del autor de
"Martín Fierro". Pero hay algo que merece comentario especial y es la
parte, diremos, humana del libro; la que se refiere al personal de un
establecimiento de campo. Aquí Hernández vuelve a ser Martín Fierro ‑nombre
con el cual se le identificaba al extremo de llamársele, ya siendo
parlamentario, el "senador Martín Fierro"‑ porque reclama para
"el hijo del país" un trato que lo redima de su condición de paria ‑"raza
desheredada por nosotros mismos", diría por aquellos años Santiago
Calzadilla. En uno de los capítulos de su Instrucción" sugiere la
formación de colonias con hijos del país, sustrayéndolos de esa manera a las
desviaciones que el ocio, muchas veces forzoso, condenaba al criollo tan apto
y esforzado para las labores ganaderas. Pide que, por lo menos se le otorguen
las facilidades dadas al inmigrante y no se le condene al sacrificado servicio
de frontera o a matrerear entre los pajales. "Ningún país es rico si no
se preocupa de la suerte de sus pobres", expresa, anticipándose en
cierta manera a los sociólogos de medio siglo después. Y quien tal sostenía no
era un demagogo ni un resentido.
Superados
los años difíciles, José Hernández cuando escribe su Instrucción del
Estanciero" es senador y estanciero él mismo. Es que su permanente
contacto con la campaña le ha llevado a ver no solamente sus posibilidades de
explotación agropecuaría sino también las posibilidades del "hijo del
país", como denomina generalmente al criollo, de creársele las condiciones
ambientales y de justicia que diez años atrás reclamara para la sufrida raza de
Martín Fierro. Mas adelantándose a quienes pudiesen ver en su actitud una
posición xenófoba contraria a la inmigración, expresa renglones más abajo: “No
se crea por esto que miramos con prevención al elemento extranjero; no, muy
lejos de éso; conocemos su influencia en el progreso social y si el país
pudiera ofrecerle mayores beneficios creemos que debería hacerlo, para acelerar
la provechosa obra de la colonización. Bienvenidos sean los obreros del progreso”.
Tal,
a rasgos sumarios, este poco conocido libro de José Hernández, cuya obra
monumental empequeñeció, es cierto, todo lo escrito por él antes y después de
la aparición de "El Gaucho Martín Fierro". Son sí "páginas de
economía rural" como decía Lugones, pero, que sin duda fueron muy útiles
en su tiempo en mérito a la gran versación de Hernández en la materia y lo
seguirán siendo en razón del espíritu argentino y generoso que la anima, que es
precisamente lo que más pervive de esta obra acorde, por otra parte, con la
vida toda de su autor.
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