Norberto Aurelio López.
2006. La Nación, Secc. 5ª Campo, Bs.As., 18.03.06:16.
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Encontrarse con ellos era, hasta fines del siglo XIX, uno de los mayores
motivos de alarma para la hacienda
La abundancia, salvajismo
y ferocidad de los perros cimarrones se constituían en un peligro constante no
sólo para los animales recién paridos, sino también para animales adultos y
hasta para los pobladores de las estancias, pues muchas veces se reunían en
jaurías y atacaban ranchos y hasta casas sólidas pero solitarias.
El Cabildo de Buenos
Aires, a través de sus actas, dispuso una serie de medidas a lo largo del
tiempo, entre los cuales merecen citar la del 27 de septiembre de 1621, que
ordenaba "...ante la máquina de perros que hay y destruye los
ganados", que se los cazara y matara. Hasta avanzado el siglo XVII se
denunciará la proliferación de jaurías, lo que llevará a los cabildos a organizar
corridas o matanzas.
Así lo expresa el
historiador Norberto Ras en "Crónica de la frontera": "Como el
problema no se solucionaba se encomendó su solución a las tropas, pero éstas
pronto se resistieron a la desagradable faena. Luego se encomendó la matanza a
celadores de policía o a los mismos presos, licenciados al efecto y armados con
lazos y estacas".
Una vivaz referencia de
este fenómeno es la que brindó en 1806 Alexander Gillespie, en su libro
"Buenos Aires y el interior".
"Su pelo -describe- es
más duro y tupido que el de la especie doméstica. Se alimentan de sus
compañeros en la llanura y tienden mucho a disminuir la existencia general del
ganado."
Otro viajero que relata su
encuentro con estos animales es el autor de "Andanzas de un irlandés en el
campo porteño (1845-1864)". Cuenta allí que los perros aprovechaban las
tormentas para caer sobre las majadas y para matar los terneros.
"La estancia
-refiere- estaba llena de esos perros en los espadañales o en las lagunas secas
con cañas y juncos, donde se escondían durante el día. Había cientos de ellos y
a la noche oíamos a las vacas mugir y a los perros ladrar. No era nada seguro
perderse ni tener ovejas en el campo. A la mañana siguiente de una tormenta me
encontré con que tenía sólo 400 ovejas. Entonces seguía la senda por donde las
habían llevado los perros y vi en el camino unas 80 de ellas muertas y otras
tantas malamente mordidas."
Por último, recurrimos a
Estanislao Zeballos, quien en "Viaje al país de los araucanos" nos
muestra la invasión de una horda de perros cimarrones a un campamento.
"No cesaban -dice- de
aparecerse en cuadrillas al flanco del monte, acechándonos con ojos brillantes
y un aspecto tal que pudiera pintarse como emblemas del hambre. Nos seguían con
la vista, con la lengua afuera, fatigados y hasta rabiosos. Los más osados se
deslizaban entre los altos pastizales y aparecían de repente entre nosotros
mismos."
Muchos de estos perros
venían de los campamentos de los indios. Por uno u otro motivo eran rápidamente
abandonados, quedaban librados a su suerte y se transformaban en cimarrones. Su
alimento preferido eran las gamas y los avestruces, pero ambos eran escasos, lo
que aumentaba sus privaciones y con ellas su furor. Por tal motivo acechaban al
viajero y se convertían en un peligro que no se podía menospreciar.
El problema se mantendría
hasta fines del siglo XIX, cuando la responsabilidad de combatir la plaga fue
asumida por las nuevas estancias en auge.
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