Ing. Agr. Daniel Musi*.
2006. Rev. Hereford, Bs.As., 72(639):62-67.
*Profesor, Fac. de Ciencias
Agrarias, UCA; Asesor Sociedad
Rural Argentina y Asoc. Arg.
Criadores de Hereford.
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La
ganadería tiene en la genética uno de sus pilares más importantes.
La
simple rutina anual del servicio es una decisión genética. La compra de
reproductores o semen es una decisión genética y hasta ahora, todas estas
decisiones se toman "en casa" condicionando la capacidad de
supervivencia y aptitudes productivas de nuestra próxima generación de
terneros. Esto es muy diferente a la producción de aves y cerdos, donde la
genética se compra "hecha".
Inicialmente,
estas decisiones están condicionadas por la elección de la raza con la que se
trabajará en una zona en particular. Las condiciones ambientales, entre ellas,
la rigurosidad del clima, la aptitud de los suelos, la producción de forraje,
la disponibilidad de agua, la presencia de parásitos, etc., determinan el
camino a seguir. Esta elección usualmente se ha realizado por prueba y error,
cambiando la raza de los toros que se incorporan al servicio cuando los resultados
no han sido satisfactorios.
Esto
es simple de apreciar cuando las condiciones ambientales son extremas, pero es
un proceso que demanda muchos años, como por ejemplo ha ocurrido en el norte de
nuestro país, involucrando razas británicas, cebuínas y compuestas en los
últimos cincuenta años.
Dentro
de una misma zona, especialmente las más aptas para la producción bovina tal
como nuestra región pampeana, usualmente coexisten distintas razas, que en
nuestro medio por la razón que fuera, se han explotado básicamente como razas
puras. La difusión de los cruzamientos ha sido limitada, a diferencia de lo
sucedido por ejemplo en otros países ganaderos. La introducción de las razas
británicas en nuestro país en el siglo XIX y su posterior evolución en el siglo
pasado, han configurado nuestro rodeo nacional con una fuerte predominancia de
Angus y Hereford, sobre una base que inicialmente fue Criolla y después
Shorthorn.
La
oferta de razas disponibles es muy grande a nivel mundial. En el caso de
nuestro país, existen en la actualidad 28 razas bovinas con criadores activos
en los Registros Genealógicos de la Sociedad Rural Argentina. A lo largo del
tiempo, 53 razas han solicitado la apertura de sus registros, siendo muchos los
factores que han determinado su éxito o su fracaso. Continuamente, la búsqueda
de mejor adaptabilidad al medio, capacidad productiva o características del
producto, determinan nuevas incorporaciones, como por ejemplo Bonsmara, Salers,
Senepol, Tuli o Wagyu.
Las
razas disponibles representan una verdadera oportunidad para los ganaderos. Su
valor como patrimonio genético, determina incluso la puesta en marcha de planes
de conservación internacionales cuando existen riesgos de desaparición para
alguna de ellas. Todas las razas son importantes, acumulando en muchos casos
siglos de selección natural y de trabajo del hombre.
Más
allá de los fanatismos de "camiseta", todas las razas tienen
fortalezas y debilidades y no existe la raza perfecta. Afortunadamente, cada
una tiene lo suyo para aportar a los distintos sistemas de producción,
comercialización y consumo de carne.
La
consolidación de una raza en una región o un país está basada evidentemente en
sus fortalezas. Esta consolidación, tal como se menciona para las razas británicas
en nuestro país, está dado por características generales, que son comunes a
toda la población de ganado. Una vez pasado este proceso de consolidación, la
supervivencia y desarrollo de una raza ya no depende de sus características
intrínsecas, depende de la competitividad de sus criadores.
En
el pasado, el número de animales presentados en las exposiciones y el precio
alcanzados en los remates, por ejemplo, eran buenos indicadores del éxito de
una raza, reflejando la competitividad de sus criadores. En el negocio ganadero
actual, son buenos indicadores de marketing y promoción, pero no son
indicadores de resultados, al menos para quienes se dedican a la producción
comercial de ganado para faena.
Los
resultados que son necesarios en el negocio ganadero tienen que ver con los
caracteres de crecimiento (peso al nacer, peso al destete y peso final), con la
calidad del producto (área de ojo de bife, espesor de grasa, grasa
intramuscular), con la reproducción (circunferencia escrotal, días de
gestación, fertilidad), con la aptitud materna (leche, facilidad de parto,
longevidad), entre otros. La ciencia y la tecnología continuamente van
extendiendo este listado, incluyendo desde marcadores genéticos para terneza
hasta mediciones indirectas de la eficiencia de conversión.
Los
criadores de distintas razas, para ser competitivos deben responder a las
demandas de su producto, más allá de las bondades y fortalezas que
afortunadamente cada raza ofrece al sistema de producción de carne. En el
cuadro siguiente se presentan los datos de dos caracteres (peso al nacer y peso
determinación) de 5 razas distintas en Estados Unidos, en las décadas de 1970 y
1990.
Ninguna
de las razas presente en el Cuadro
Cuadro 1: Comparación de peso promedio al
nacer y peso promedio de terminación de 5 razas
en Estados Unidos, para las décadas de 1970 y
1990 (MARC, citado por T. Field,
2003).
|
Razas |
Peso al Nacer (kg) |
Peso Terminación (kg) |
||
|
1970s |
1990s |
1970s |
1990s |
|
|
Hereford |
35 |
40 |
474 |
618 |
|
Angus |
35 |
38 |
474 |
624 |
|
Simmental |
40 |
41 |
518 |
631 |
|
Gelbvieh |
41 |
40 |
506 |
611 |
|
Limousin |
41 |
40 |
469 |
593 |
|
Charolais |
39 |
42 |
518 |
621 |
Estos
programas, basados en mediciones objetivas de los distintos caracteres y la
consecuente elaboración de evaluaciones genéticas, conocidas como DEPs
(Diferencias Esperadas de la Progenie) han permitido orientar la selección de
los criadores dentro de cada una de estas razas.
La
tendencia mundial, en un nuevo desafío competitivo para los criadores, plantea
la generación de DEPs multiraciales, donde un reproductor de una raza pueda
compararse directamente con el de otros candidatos a ser seleccionados de otras
razas. Ya no alcanzan las bondades genéricas de la raza para ser competitiva,
debe además demostrar que es competitiva en los rasgos de interés económico,
para que se justifique su utilización en el sistema comercial de producción de
carne.
Los
comentarios precedentes no deben llevar a confusiones. El objetivo de un
programa como el PEG no es uniformar la raza. Simplemente es un programa de
recolección de mediciones objetivas de caracteres que son económicamente
importantes.
Los
datos recolectados son para producir DEPs de esos caracteres, los cuales deben
ser utilizados por los criadores para orientar su selección hacia el objetivo
buscado. Cada criador es responsable de definir sus objetivos de selección,
siendo las DEPs una de sus herramientas de trabajo.
Uno
de los indicadores más importantes de la evolución de una raza es la tendencia
genética, la misma es consecuencia de las decisiones tomadas por todos los
criadores e indica la dirección en la que se encamina cualquiera de los
caracteres de importancia económica.
¿Es
posible disminuir el peso al nacer, manteniendo o aumentando el peso al
destete?. ¿Se puede incrementar la grasa intramuscular sin caer en exceso de
grasa corporal?. ¿Se puede mantener el tamaño adulto y aumentar la tasa de
crecimiento?. Son muchas las preguntas que se pueden plantear, las respuestas
se encuentran en las tendencias genéticas de cada raza.
Se
publican rutinariamente en el Sumario de Padres de la raza todos los años.
El
segundo indicador de competitividad del programa de toma de datos de una raza
es la cantidad de caracteres evaluados. A mayor nivel de competencia, mayor
exigencia de conocimiento sobre caracteres que afectan el negocio ganadero.
Este indicador, a diferencia de las tendencias genéticas publicadas cada año,
refleja la evolución de todo el sistema de evaluación a lo largo del tiempo.
Esta evolución se produce como resultado de las necesidades de los criadores
para competir, los programas que no se utilizan se suspenden y desaparecen. Los
programas que crecen y evolucionan lo hacen por la presión de sus usuarios que
exigen más y mejores herramientas para competir.
La
utilización del primer indicador es muy simple. Las tendencias genéticas nos
permiten comparar nuestra raza directamente con sus competidoras. Solamente es
necesario buscar un ejemplar de un Sumario de Padres y preguntarse si vamos por
el camino indicado, en la dirección correcta y a la velocidad posible, en cada
rasgo de importancia económica. Es una pregunta planteada desde el conjunto,
desde la raza. Una vez hecha esta evaluación de conjunto, el criador puede
preguntarse cuál es su situación dentro de la raza. Podrá estar de acuerdo o no
con la evolución del conjunto, pero su propia evolución responde a sus
decisiones selectivas, a su acierto en el uso de las herramientas disponibles,
no hay otro responsable.
Para
poder evaluar su trabajo se necesita algo simple: las tendencias genéticas de
su rodeo, que es el promedio de las DEPs de sus animales, calculado por año de
nacimiento.
La
AACH tiene un Programa de Evaluación Genética (PEG) que se ha consolidado y
crecido a lo largo del tiempo. Sus resultados son las herramientas para
producir ganado cada vez más competitivo, pero para ello es necesario la
participación de sus criadores y una demanda de genética exigente, ya sea de
reproductores, semen o embriones.
En
este proceso de crecimiento y competencia, el PEG próximamente incorporará los
caracteres relacionados con la calidad de carcasa. La utilización de mediciones
de ultrasonido permitirá contar, por ejemplo, con DEPs para área de ojo de
bife, espesor de grasa y grasa intramuscular.
Esta
ampliación del número de caracteres evaluados da respuesta al segundo indicador
de competitividad mencionado en esta nota y su implementación será difundida en
breve.
Mientras
tanto, Sr. Criador, ¿qué opina usted del primer indicador de competitividad?
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