Hevia, M. L. y
Quiles, A. 2005. Depto. de Producción Animal, Fac. de Veterinaria, Univ. de
Murcia.
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El alto grado de agudeza y sensibilidad visual que
poseen las aves cobra especial importancia en aquellas que son explotadas en
sistemas intensivos, ya que se trata de ambientes controlados donde la luz,
entre otros factores, puede ser manejada por el hombre.
Los factores de variación a la hora de estudiar la
influencia de la luz en la avicultura son: intensidad, fotoperíodo o duración,
longitud de onda y fuente de iluminación.
Cada uno de estos factores puede influir sobre la
salud, el bienestar animal, el rendimiento productivo, el manejo o sobre el
comportamiento siendo este último aspecto el que se trata en este artículo.
Palabras Clave: luz,
avicultura, etología.
La visión es una sensación subjetiva que se inicia cuando la luz incide
sobre el ojo. En las aves la visión es un aspecto fundamental, como lo
demuestra el hecho del tamaño relativamente grande del ojo en relación a la
cabeza o al cerebro: en las gallinas el peso de ambos ojos es casi el mismo que
el de el cerebro (Appleby et al., 1992).
La situación lateral de los ojos en las aves les permite un campo de visión
de 300º, pero su cobertura es mucho más pequeña en la zona binocular que los
predadores carnívoros que tienen los ojos situados frontalmente. Por otra parte,
la visión en color de las aves es particularmente buena (las especies diurnas,
como la gallina, posee más conos que bastones).
Experimentos llevados a cabo con pájaros demuestran que éstos responden al
estímulo visual mucho antes que el hombre. Este alto grado de agudeza y de
sensibilidad visual, cobra una especial relevancia en las aves domésticas, ya
que ello les va a permitir identificar y reconocer la comida, el agua, los
nidales, los aseladeros, el reconocimiento de los animales entre sí, etc.; lo
que facilitará el grado de dominancia y establecimiento del orden social.
En otro orden de cosas, las diferentes pruebas de comportamiento y
fisiológicas realizadas con aves, revelan que éstas tiene mayor capacidad que
el hombre para distinguir diferentes longitudes de onda (Nuboer, 1993).
Las aves criadas al aire libre -sistemas semiextensivos- están expuestas a
diferentes fotoperíodos e intensidades de luz solar. Sin embargo, la mayoría de
las aves (gallinas ponedoras y broilers) son explotadas en regímenes
ultra-intensivos con ambiente controlado, donde ambos parámetros (intensidad y
duración de luz) son manipulables por el hombre con el fin de mejorar el
crecimiento animal, controlar la reproducción y puesta de huevos, modificar el
comportamiento o simplemente para ahorrar costes energéticos en electricidad.
Junto al fotoperíodo y la intensidad de la luz, el hombre también puede
variar el color de la luz, utilizando bombillas de colores con diferentes
longitudes de onda. Así como, la calidad de la luz, en función de la fuente que
utilice: luz fluorescente o luz incandescente.
A la vista de todo ello, podemos encontrarnos con cuatro factores de
variación a la hora de estudiar la influencia de la luz en la avicultura:
intensidad, fotoperíodo o duración, longitud de onda y fuente de iluminación.
Cada uno de estos factores puede influir sobre la salud, el bienestar
animal, el rendimiento productivo, el manejo o sobre el comportamiento, siendo
este último aspecto el que trataremos a continuación. Pensamos que es un tema
que ha sido muy poco tratado por la literatura científica especializada y
además con ello contribuiremos a un mejor conocimiento del bienestar de las
aves, criadas en sistemas ultraintensivos, hecho que, por otra parte, cobra
cada día mayor interés.
Las aves se caracterizan por tener una mayor proporción de conos que
bastones en la retina, por lo que tienen una mejor visión diurna que nocturna
(King-Smith, 1971).
Generalmente el pollo de carne es criado a bajas intensidades lumínicas
(<10 lux) con el fin de disminuir su actividad y de esta manera aumentar su
velocidad de crecimiento y ganancia media diaria; consiguiéndose a su vez,
ahorrar costes de electricidad (Fox, 1984; Appleby et al. 1992).
Por lo que se refiere a las gallinas, éstas son criadas con unas
intensidades lumínicas que oscilan entre 5-10 lux, intensidades suficientes para
mantener el fisiologismo de la puesta, a través de la estimulación del nervio
óptico (Sauveur, 1991).
Una de las razones, por las cuales se emplean bajas intensidades, es porque
con ello reducimos el porcentaje de picajes entre las aves. Aspecto puesto de
manifiesto en algunos trabajos de investigación, donde se comprobó como las
altas intensidades lumínicas favorecen el picaje. En este sentido, Hughes y
Duncan (1972) comprobaron como el índice de picajes era mayor en aquellas
gallinas que permanecían cerca de la fuente de iluminación (recibían entre
11-44 lux) que las que se mantenían alejadas de dichas fuentes (recibían entre
1-11 lux).
Sin embargo, las experiencias de Martin (1989) manifestaron lo contrario,
mayor porcentaje de picaje a bajas intensidades (50 lux) que altas intensidades
(500 lux). Este autor pudo comprobar cómo el menor porcentaje de picajes entre
las gallinas mantenidas a altas intensidades de luz se correspondía con un alto
grado de picaje y de atención de los animales hacia el suelo (tanto en gallinas
alojadas en jaulas como en suelo). Ello podría ser debido a que con estas
elevadas intensidades, las gallinas tienen una mayor agudeza visual, estando
mucho más distraídas picoteando partículas del suelo e investigando su entorno
social, y, por lo tanto, con menor tiempo para disputas sociales y picajes
entre ellas.
Por otra parte, Hughes y Black (1974) también pusieron de manifiesto el
efecto negativo de las bajas intensidades sobre el comportamiento de las
gallinas. Así, pollitos alojados en naves con intensidades entre 17 y 22 lux se
mostraban más temerosos y tímidos ante objetos móviles que los alojados en
naves con unas intensidades entre
A la vista de estos resultados contradictorios, es realmente difícil
aportar unas cifras orientativas de cuál debería ser la intensidad lumínica
ideal, desde el punto de vista etológico y del bienestar de las aves,
reduciendo al mínimo el picaje, ya que sobre estos aspectos hay una serie de
factores que influyen notablemente, como son: temperatura y humedad ambiente,
estrés de los animales, densidades, etc., y que habría que tenerlos en cuenta y
controlarlos en el modelo experimental.
La duración del fotoperíodo en avicultura puede variar enormemente (desde
2-3 horas hasta 24 horas de luz al día). No obstante, se recomienda, desde el
punto de vista del bienestar animal, que las aves reciban, al menos 8 horas de
luz al día cuando no tengan acceso a la luz natural. Si bien no está claro si
las 8 horas de luz al día deben ser continuas o intermitentes, en cualquier
caso, el proporcionar menos de 8 horas va en detrimento del bienestar del ave.
Podemos definir a los programas intermitentes como aquellos formados por
más de un período de oscuridad y de luz por cada 24 horas. Estos programas
pueden dividirse en tres grupos:
Asimismo, también contamos con programas de iluminación ahemerales, cuyo
ciclo (horas de luz + horas de oscuridad) es superior a 24 h. Ejemplo: 13L:
14D, el ave lo interpreta como si estuviese sometido a un fotoperíodo de 16h.
La principal razón de la existencia de estos programas es porque se ajustan al
período de formación del huevo, que oscila entre 25 y 27 h.
En líneas generales, el pollo de carne es sometido a fotoperíodos de 23 h.
de luz y a las gallinas ponedoras a 16 h. de luz. La razón por la cual el pollo
de carne recibe, al menos, una hora de oscuridad, es para que se acostumbre a
la misma, de tal manera que ante un apagón repentino, por un fallo en el
suministro eléctrico, no se produzcan situaciones de pánico y estampidas
(Sykes, 1988).
Las experiencias de Savory y Duncan (1982) constataron que las gallinas
preferían la luz a la oscuridad, ya que cuando se les ofrecía la posibilidad de
elección entre luz y oscuridad, las gallinas optaron por pasar un 80% del
tiempo en la luz.
En el manejo de la iluminación en la cría del broiler, el paso
luz/oscuridad/ luz suele ser instantáneo, cuestionando Bryant (1987) sino sería
más oportuno un cambio gradual, para evitar un mayor estrés a los animales. De
la misma opinión es Tanaka y Hurnik (1991) quienes observaron el comportamiento
de las gallinas tanto en jaula como en suelo, sometidas a dos prácticas de
manejo de la iluminación distintas. En la primera, el encendido y apagado de
las luces era instantáneo, mientras que en la segunda, el paso de luz a
oscuridad o viceversa era gradual (simulando un alba o un atardecer natural).
En ambas situaciones, se observó un incremento de la ingesta de pienso antes de
la oscuridad, para posteriormente dirigirse a las zonas de descanso. Cuando la
luz era apagada de modo repentino, algunas gallinas, sobre todo en el sistema
de alojamiento en suelo, no habían tenido tiempo de buscar los aseladeros,
teniéndolo que hacer a oscuras, con el consiguiente estrés e inconfort. Esto no
ocurría cuando se simulaba un atardecer (con una reducción gradual de la luz
durante 5 minutos). Respecto al encendido, cuando éste era repentino,
ocasionaba en las gallinas una situación de alarma y de desorientación,
llegando, incluso, a provocar alguna esterotipia (giraban alrededor de sí
mismas). Estos autores, concluyeron que un encendido y/o apagado gradual
incrementaría el confort de la gallinas. Sin embargo, ellos mismos señalaron
que las gallinas han de estar acostumbradas a cambios repentinos de
luz/oscuridad o viceversa, para que ante cualquier fallo en el sistema
eléctrico no se desencadene una situación de pánico generalizado en el
gallinero.
Por otra parte diremos, que aunque son muy pocos los trabajos que
determinan el efecto del fotoperíodo sobre el comportamiento de las aves,
algunas de sus conclusiones pueden tener un carácter práctico y aplicativo. En
este sentido, Simmons (1982) demostró que las aves mantenidas con fotoperíodos
continuos mostraban una menor actividad que los sometidos a iluminación
intermitente. Este hecho repercute directamente sobre la salud de los animales,
ya que existe una correlación directa entre actividad de las aves y lesiones a
nivel de las patas (Wilson et al., 1984).
Asimismo, March et al. (1990) analizaron el efecto del fotoperíodo:
iluminación intermitente (8L: 4D: 2L: 10D) e iluminación continua (14L: 10D)
sobre el comportamiento de las gallinas. El sueño y el descanso durante los 30
minutos anteriores al amanecer coincidían en ambos regímenes. Comportamientos
similares se observaron en las gallinas en el período previo al atardecer:
rápida ingesta del pienso y limpieza posterior de las plumas previo al apagado
de la luz, descansando o durmiendo al cabo de los 6-9 minutos de oscuridad. La
única diferencia encontrada entre ambos sistemas de iluminación, ocurrió en las
cuatro horas de oscuridad que interrumpía el fotoperíodo en el programa
intermitente, donde las aves, a pesar de mostrar una gran inactividad, se
observó que no dormían, permanecían en un estado de vigilancia pasiva. Este
hecho concuerda con Coenen et al. (1988) quienes observaron un cambio hacia una
vigilancia pasiva durante los períodos de oscuridad de 45 minutos en un
programa biomitente de 14 horas. Según estos autores, las gallinas estaban
esperando a los próximos 15 minutos de luz, en los cuales podrían comer y
beber. Igualmente, observaron una mayor actividad durante las 10 horas de
oscuridad nocturna con respecto aquellas que habían sido sometidas a un
programa continuo (14L:10D).
Finalmente, Blokhuis (1983) apuntó que los programas intermitentes podrían
alterar el patrón del sueño y que, por lo tanto, afectarían al bienestar de las
gallinas. Las gallinas ponedoras sometidas a regímenes asimétricos, incluyendo
los biomitentes, interpretan un período de oscuridad largo, o el más largo del
ciclo, como si fuera la noche y el resto de las 24 horas como el día (Lewis y
Perry, 1990).
La longitud de onda de la luz determina su color, siendo la mezcla de todas
las longitudes las que originan la luz blanca, muy similar a la luz emitida por
el sol.
Realmente es difícil determinar cuál es el efecto que la longitud de onda
ocasiona sobre el comportamiento de las aves, ya que en muchas ocasiones la
propia longitud de onda de la luz varía la intensidad de la luz.
Desde que se demostró que las aves son sensibles a diferentes longitudes de
onda, Nuboer (1993) experimentó con diferentes longitudes de onda e
intensidades, tratando de determinar cuál era la ideal desde el punto de vista
del bienestar animal, llegando a proponer diferentes longitudes de onda para
diferentes actividades.
Prayitno et al. (1994) determinaron cómo la longitud de onda puede afectar
al comportamiento social del broiler. Sometieron a pollos de carne entre la 1ª
y la 4ª semana de vida a diferentes colores de luz (blanca, verde, azul y
roja), observando como el índice de agresiones y el número de heridas y
picotazos entre los animales era más alto con luz roja que con la luz azul o
verde, debido a que la agudeza visual era mucho más alta con la luz roja. (2)
A pesar de ello, se ha podido comprobar que la luz roja disminuye el picaje
y el canibalismo entre las aves. La razón de ello es que las aves tienen
dificultad para ver las heridas y la sangre en el espectro rojo (Appleby et
al., 1992). Este hecho, ya había sido apuntado por Wells (1971) quien para
disminuir la agresividad de las aves empleaba unos filtros rojos o bombillas
pintadas de rojo, ya que con ello disminuía la intensidad de la luz.
En otro orden de cosas, las aves tienen preferencias o gustos por
determinadas longitudes de onda: pollos de carne alimentados con el mismo pienso
pero pudiendo elegir el color de la luz (blanca, azul, verde o roja); si bien,
al principio todos elegían aquella longitud de onda a la que estaban
acostumbrados, a partir de la semana la gran mayoría se inclinaban por el azul
o por el verde (Prayitno et al., 1993).
Finalmente, Widowski et al. (1992) observaron que las pollitas de recría
preferían la luz fluorescente a la luz incandescente, sugiriendo que ello
podría deberse a la longitud de onda azul de la luz fluorescente.
No obstante, a pesar de estas publicaciones son necesarias llevar a cabo
más investigaciones para determinar realmente el efecto de la longitud de onda
sobre el comportamiento y el bienestar de las aves, independientemente de la
intensidad de la luz.
En la avicultura moderna, la luz fluorescente es preferida a la luz
incandescente ya que proporcionando la misma intensidad, supone un menor coste
energético y una mayor duración, a pesar de su mayor inversión inicial.
Las aves son capaces de distinguir entre ambas fuentes de luz, fluorescente
e incandescente, como lo demuestra el hecho que las gallinas mantenidas con luz
fluorescente tienen una mayor actividad física que las explotadas con luz
incandescente (Boshouwers y Nicaise, 1993).
Por otra parte, la luz fluorescente puede tener alta o baja frecuencia,
poniendo de manifiesto los estudios llevados a cabo al respecto, que las aves
pueden distinguir entre ambas frecuencias. La frecuencia de fusión crítica
(CFF) es el nivel en el cual se puede distinguir entre luz continua y
discontinua, cifrándose para el caso de las aves entre 105 Hz (Nuber et al.,
1992) y 120 Hz (Widowski y Duncan,1996), lo cual viene a significar que las
aves son capaces de detectar el parpadeo de la luz fluorescente de baja frecuencia.
En este sentido, Boshouwers y Nicaise (1992) compararon el comportamiento
de pollos criados con baja (100 Hz) o con alta frecuencia (26.000 Hz) de luz
fluorescente, observando cómo los pollos criados con baja frecuencia
presentaban significativamente menos actividad física, mostrando también algún
síntoma de temor, indicativo de miedo.
Por el contrario, la frecuencia de la luz fluorescente (baja: 120 Hz o
alta: 30.000 Hz) no influyó sobre la elección del nidal en gallinas ponedoras
(Widowski y Duncan, 1996).
(1) La unidad de iluminación utilizada es el lux, que
lo podríamos definir como la cantidad de luz (luminosidad) que recibe una
superficie de
(2) Algunos autores afirman que las aves son
prácticamente ciegas para la luz azul (lo cual posibilita la utilización de
radiación luminosa con esta longitud de onda para atraparlas). La luz actúa en
el interior del cerebro, sobre receptores hipotalámicos. En principio, estos
receptores son sensibles a todas las longitudes de ondas visibles, pero las
radiaciones rojo-naranja (de 640 nm) son las más eficaces, dado que son las que
tienen la capacidad de penetración más elevada a través del cráneo.
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