Carlos Manzoni. 2006. La Nación, Sec. Campo, Bs. As., 16.09.06.
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caprina
En una región
signada por la falta de agua y la adversidad climática, los puesteros mantienen
viva la tradición de la cría de cabras
SANTA ISABEL.- Hubo un tiempo en que estas
tierras del extremo oeste pampeano eran un vergel, con miles de ovejas que
engordaban a orillas del río Atuel y alentaban el asentamiento de nuevos
pobladores. Pero hace 60 años, los taponamientos que se le hicieron a ese curso
fluvial para obtener riego en las provincias de aguas arriba redujeron su caudal
y transformaron drásticamente la geografía local.
Lo que hoy se conoce como el desierto pampeano
o la región del "monte achaparrado" es una zona árida y despoblada en
la que el paisaje interminable de arbustos chatos y pastos secos sólo es
interrumpido por rudimentarios puestos rodeados por corrales hechos con palos y
ramas de jarillas y algarrobos. Esos son los dominios de los crianceros, tal
como se conoce por estos pagos a quienes se dedican a la cría de cabras o
chivas.
Privados de los medios más elementales,
expuestos al frío y al calor extremos y a merced de los incendios que arrasan
con todo a su paso, estos hombres y mujeres siguen con la tradicional tarea de
levantar sus corrales de palo a pique, de cavar profundos pozos para obtener
agua y de aquerenciar a los animales para que regresen al puesto luego de
pastar libremente en grandes extensiones de campo sin alambrados.
"A veces es cansador, pero no tenemos otra
cosa para hacer por acá. Llueva o haga frío, hay que estar todo el día encima
de los animales, cuidando para que no se aprieten entre ellos o para que no se
los coman los leones [pumas] o los zorros", contó María Antonia Domínguez,
que, junto con su esposo, Juan Domínguez, y sus hijos, Miguel y Ariel, trabaja
en un puesto ubicado a mitad de camino entre Santa Isabel y Algarrobo del Águila.
Su vida es igual que la de los otros 500
chiveros que habitan el oeste desértico, donde la media anual de lluvias es de
300 milímetros, las temperaturas alcanzan los 10° bajo cero en invierno y los
40° en verano y la densidad demográfica es de 0,36 habitantes por kilómetro
cuadrado.
"En estas condiciones se desarrolló toda
una comunidad de crianceros. Algunos son empleados de firmas que tienen campo,
otros son propietarios de su propia parcela, unos pocos son arrendatarios y la
mayor parte es intrusa en una tierra abandonada por sus dueños. Allí formaron
su punta [rodeo pequeño] de cabras y desarrollaron una economía de
subsistencia", explicó Ángel Aimetta, escritor pampeano y autor de varios
relatos sobre la vida en el oeste provincial.
En este extenso territorio árido que abarca los
departamentos de Chalileo, Chical Co, Limay Mahuída, Puelen y Curacó y ocupa
casi la mitad de los 143.440 kilómetros cuadrados que integran la superficie de
La Pampa, se encuentra el 95 por ciento de los 147.000 caprinos que hay en toda
la provincia.
"El ganado caprino se adapta mucho mejor a
la sequía que el ovino o el bovino, por eso esta zona se convirtió en tierra de
chivos", señaló Ignacio Kotani, veterinario que trabaja en el Plan de
Desarrollo del Oeste Pampeano, impulsado por el Instituto de la Promoción
Productiva de La Pampa.

a) La familia Domínguez, durante un descanso debajo de la enramada. b) La
entrada de un típico puesto
de crianceros en medio del desierto pampeano (Fotos Alejandro
Ochoa).
Producto estrella
En este contexto, los Domínguez tienen unas 230 madres, de las que pueden obtener unos 350 cabritos por año. Estas crías son el producto estrella de la actividad y las más demandadas por los compradores, deseosos de preparar el sabroso "chivito al asador". Se trata de un animal que, desde que nace hasta que es carneado (a los cinco meses), sólo se alimenta con la leche materna. "Por eso es tan tiernito", aclaró María.
Para lograr
esa especialidad, por la que se pagan unos 40 pesos si se entrega vivo y 65 si
está carneado, hay que trabajar duro. En las épocas de preñez y de parición las
tareas se intensifican. "En mayo se encierran los castrones
[reproductores] junto con las cabras, para que las sirvan [preñen]. A fines de
septiembre atendemos las pariciones, que se alargan hasta octubre y
noviembre", contó Miguel, el mayor de los hijos.
"La que
más me gusta es la época en que nacen. Aunque también es bravo, porque hay que
enseñarles a mamar uno por uno durante tres días. Se ordeña la teta, se le abre
la boca al chivito y se le hace tomar el gusto para que empiece a mamar
solo", explicó María, que comentó que es ella la que pasa el mayor tiempo
con los animales, puesto que Juan, a veces, hace otros trabajos.
Según
Eduardo Viñeira, jefe del Senasa en Santa Isabel (a 300 kilómetros de Santa
Rosa, la capital provincial), esta circunstancia no es rara, puesto que
históricamente el manejo de las cabras estuvo en manos de las mujeres, que
administraban pequeños rodeos destinados al consumo familiar y a la elaboración
de lácteos. "Acá también hago algunos quesos, pero nuestro fuerte es el
chivito", destacó María, que cada día ordeña cien de sus chivas.
Juan, su
esposo, comentó que la venta se hace a la gente que "anda de paso" o
a los que vienen por recomendación de alguno que ya compró antes. El nació hace
44 años en el mismo campo donde hoy tiene el puesto y, según sus propias palabras,
se dedicó "toda la vida" a esta actividad. "Estos corrales los
hicimos nosotros mismos con palos de algarrobo. Cada tanto, tenemos que cambiar
los que se secan, porque se achican mucho y forman agujeros", indicó,
mientras abría la puerta para que entraran las cabras que volvían de pastar.
Cada día,
estos animales recorren varios kilómetros a la redonda en busca de algo para
comer. Pero por más lejos que se vayan siempre vuelven al puesto un poco antes
de que caiga el sol. "Ya están aquerenciados", resaltó Ariel, el hijo
más chico. Para lograr esto, el puestero encierra a la cabra y la priva de agua
durante un tiempo, luego la suelta y le da de tomar de un pozo que él hizo;
entonces, el animal queda "marcado" por eso y siempre vuelve.
Las cabras
son animales rústicos y, por lo tanto, no presentan graves problemas
sanitarios. Pero lo que sí es una amenaza para el rodeo es el merodeo de pumas,
que matan a las madres, y zorros, que se comen a las crías. "El año
pasado, los zorros nos mataron 60 chivitos. Nosotros los combatimos con
trampas", dijo Miguel. Unas cuantas pieles colgadas en el techo de la
enramada dan cuenta de eso.
El trabajo
de los Domínguez se originó con los primeros pobladores de esta región,
llegados hace más de un siglo. "Los primeros campesinos vinieron de la
región cuyana, de Córdoba, Neuquén, Río Negro y Chile. Además, hay que sumar un
escaso remanente aborigen que se había dispersado durante la Campaña del
Desierto y que luego retornó a este lugar, en el que había nacido", relató
Aimetta.
Así fue como
instalaron sus puestos, idénticos a los que hoy se ven por aquí. Estos
puesteros no tienen el mismo perfil que los de la típica estancia, pero se los
llama así porque ése es el nombre que se le dio al sitio que construyeron en medio
de la nada, para criar vacas y ovejas, primero, y cabras, después, cuando la
aridez se adueñó de estos suelos.
Aunque ahora
se puso en marcha un plan para revitalizar la actividad caprina en la
provincia, el número de puesteros es mucho menor que el de otras épocas.
"Lo que pasa es que el trabajo es muy duro y ya no queda tanta gente que
conozca el manejo de las cabras en estas condiciones y que esté dispuesta a
hacerlo", opinó Viñeira.
"Había
familias enteras detrás de la atención de la chiva para obtener los chivitos
que luego vendían en la zona. Pero desde hace unos años esa situación comenzó a
cambiar, los chicos estudian o tienen otros trabajos y los padres se dedican a
otra cosa", confirmó Pablo Bravo, intendente de Algarrobo del Águila, un
pueblo de 500 habitantes ubicado a 400 kilómetros de la capital pampeana.
A pesar de
todo, 500 puesteros todavía tienen sus esperanzas puestas en estas tierras,
donde la unidad económica, lo mínimo para que pueda vivir una familia tipo,
oscila entre las 5000 y las 7000 hectáreas (en el este pampeano es de 200
hectáreas). "En esta zona sólo se pueden tener chivos. Estás obligado a
ser criancero, lo que hemos sido toda la vida", concluyó Juan.
Los últimos
rayos de sol se filtran entre los palos y ramas de los corrales. Una a una, las
cabras vuelven al puesto y la familia Domínguez se sienta a descansar tranquila
debajo de la enramada. Otro día de trabajo ha terminado. Ahora, en medio de la
inmensidad pampeana, sólo el silencio acompaña a los crianceros.
La mirada del cine
En 1975 la sacrificada vida de los puesteros del oeste pampeano llegó al cine, de la mano del cineasta y documentalista argentino Jorge Preloran, que describió su idiosincrasia en el film documental Cochengo Miranda . Allí se relata la historia de Cochengo Miranda, un criancero cantor del puesto El Boitano, reconocido por sus dotes personales y por su espíritu progresista. "Al vivir así la vida de un personaje se empiezan a descubrir cosas que difícilmente podría indicarte un antropólogo, a menos que viviera de la misma manera en que yo lo hice", dijo hace un tiempo el cineasta.
El plan que reivindica a
una región postergada
SANTA ISABEL.- La región del oeste árido ha sido desde siempre la más postergada, la de población más escasa y la del índice de Necesidades Básicas Insatisfechas (NBI) más alto de toda la provincia. A tal punto se sienten relegados los habitantes de esta zona que, hasta hace poco tiempo, era común que recibieran a algún visitante de otra región de la misma provincia con la frase "ahí viene un pampeano", como un modo de marcar que no se sentían parte de La Pampa.
Ese olvido de décadas pretende remediarse ahora con el Plan de Desarrollo Rural del Oeste de la Provincia de La Pampa, impulsado desde el Instituto de la Promoción Productiva, con el que se alentará un desarrollo integral y sustentable y un mejoramiento sostenido y equitativo de la calidad de vida.
Dentro de este plan general se contempla la revitalización de la actividad caprina. Edgardo Kotani, un técnico veterinario que trabaja específicamente sobre ese aspecto del proyecto, explicó que lo que más les hace falta a los chiveros es organización y capacitación. "Queremos ordenar la producción, lograr la asociación de los productores, brindar información útil y promocionar la actividad. Al mismo tiempo, proveemos refugios de material para los animales y mejoramos los caminos", contó Kotani, que agregó que la tarea recién empieza.
Inversión y estímulo
En el resumen de este plan, en el que el gobierno provincial invirtió 4.000.000 de pesos, se enumeran los objetivos perseguidos: mejorar los ingresos de los productores, valorizar la producción caprina mediante políticas de precios, estimular la actividad y hacerla más relevante e integrar a los chiveros a la cadena de valor mediante el procesamiento y comercialización del producto.
Se deberá lidiar, eso sí, con una desventaja que presenta La Pampa respecto de otros centros de producción caprina. La mayoría de estas otras producciones se encuentra en zonas cordilleranas donde se puede practicar un sistema de trashumancia, es decir que en invierno se deja pastorear a las cabras en la base de la montaña y en verano se las traslada a las cimas. Eso hace que allí se de una renovación de pasturas que no es posible en el oeste pampeano, donde los animales comen siempre en un mismo lugar.
Sin embargo, Kotani tiene esperanzas y confía en lo que se ha hecho hasta ahora. "El trabajo es de hormiga. Nosotros nos adaptamos a la forma de producción de los puesteros; sólo los ayudamos a mejorar lo que ellos ya hacen y tratamos de asociarlos para fortalecerlos."
Uno de los hitos dentro de esta idea de reposicionar a la actividad más importante de la zona, se produjo el 17 de noviembre de 2004, cuando se inauguró el primer frigorífico para chivos en Santa Isabel. Esa planta, ubicada sobre la ruta nacional 143, demandó seis meses y 2.275.156 pesos para su construcción y cumple con todas las exigencias establecidas por Senasa para el tránsito federal.
"Esto recién empieza, pero gracias al frigorífico ya se logró mejorar mucho el precio de venta. Aunque algunos puesteros siguen con la tradición de vender «al paso», creo que con el tiempo todos proveerán a ese establecimiento y lograrán un mayor beneficio general", dijo Kotani.
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