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La cabra, tal vez la primera de las especies domesticadas por el hombre y relacionada a éste por más de 10.000 años, es un animal destacable por su rusticidad, precocidad, docilidad y adaptación al medio, que le prodiga tanto carne, como leche, pieles y fibras. Por lo general es el último eslabón de utilización de áreas predegradadas, habiendo sido asociada desde siempre a la aridez, el sobrepastoreo y la erosión. No obstante, con un manejo racional, es posible obtener con su explotación importantes beneficios. En nuestro país existen cerca de 5.000.000 de cabezas en manos de alrededor de 50.000 pequeños productores de escasos recursos y bajo nivel sociocultural, explotadas en forma primitiva.
En Patagonia predomina la cabra Angora especializada en la producción de fibra mohair y en las regiones Centro, Norte y Noroeste del territorio nacional, prevalece la cabra Criolla, descendiente de la Blanca Celtibérica y/o Castellana de Extremadura españolas (Agraz García -1981) con infusiones de sangre Nubia, Toggenburg y Saanen, de la que se obtienen básicamente carne (Cabritos para faena) y leche.
El valor de la producción, es de un monto significativo. Además de la importancia económico - social que tiene el consumo de carne y leche por parte de los productores para satisfacer sus necesidades familiares, se estima que anualmente se sacrifican alrededor de 300.000 cabritos en mataderos habilitados y se exportan 1.000.000 de kilos de fibra mohair.
La problemática de estos productores es compleja. Las explotaciones son predominantemente de tipo familiar subsistencial. A la tenencia precaria de la tierra en la mayoría de ellos, que ha conducido a una degradación acentuada del suelo (sobrepastoreo con erosión), se suman la carencia de conocimientos tecnológicos para mejorar la producción y la falta de capacidad empresarial.
Esta situación ha determinado que diferentes instituciones oficiales y ONG’S estén implementando distintos programas de asistencia.
En Catamarca, la Facultad de Ciencias Agrarias (Nogues, 1990) e INTA (Flores, 1992) ejecutan proyectos de organización y capacitación de grupos de pequeños productores caprinos.
En Santiago del Estero, el INTA (Solmesky, 1993) colabora con el proyecto de apoyo a pequeños productores de la zona de Garza de Fundapaz.
En los Llanos de la Rioja INTA (Vera, 1991) conduce un proyecto de apoyo a pequeños productores caprineros, a través del cual se trabaja en la implantación de Atriplex, el ordenamiento predial y el manejo de los hatos.
En el Oeste pampeano, la EEA INTA Anguil, (Bedotti, 1993) trabaja junto a docentes y alumnos de una escuela rural de Puelén en una planta productora de quesos.
En Mendoza las Direcciones de Ganadería y de Cooperativas del Gobierno de la Provincia (Bustelo, 1993) e INTA (Ortega y Franchetti, 1994) trabajan en comunidades cabriteras de Malargue.
En las provincias de Río Negro y Neuquén se desarrolla el proyecto más antiguo del país, orientado a la producción de fibra mohair, con el aprovechamiento de machos producidos por el núcleo genético de Pilcaniyeu de INTA Bariloche (Manazza, 1991), el que a su vez coopera en los planes de mejora genética del tambo de la fundación Hueché, en Las Coloradas (Neuquén)
En la Provincia de San Luis, la Dirección de Planes Productivos del Ministerio de Desarrollo Humano y Social, mediante un Programa de Desarrollo Caprino asesora y capacita a 150 familias que nuclean en conjunto a 15.000 animales.
Por último, en nuestra Provincia de Córdoba, el INTA a través de la AER de Villa María de Río Seco (Herrera, 1991), y la U.N.R.C. por medio de subsidios otorgados por el CONICOR y la Secretaria de Extensión y Desarrollo, conducen sendos proyectos de fomento de la producción caprina, en el Norte y Sur Oeste de la provincia respectivamente, al amparo de la ley provincial Nº 8.277, que declaró de interés el desarrollo de la cría del ganado caprino.
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