Emilio A. Herrera*. 1999. Etología, Revista de la Sociedad Española de Etología,
7:41-46.
*Departamento de Estudios Ambientales,
Universidad Simón Bolívar, Venezuela.
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de carpinchos
Introducción
En Venezuela,
existe un ejemplo de manejo de fauna silvestre en forma sostenida que involucra
tres aspectos que han confluido para hacerlo exitoso: el aspecto ecológico, el cultural
y, por supuesto, el económico. Este escenario favorable se completa con un
marco legal que regula la explotación a través de la aplicación de un plan de
manejo, a su vez basado en el estudio de la biología y ecología de la especie
de Ojasti (1973) . El caso del que hablo es el del capibara (chigüire o
carpincho), Hydrochoerus hydrochaeris, que se explota en Venezuela desde
hace más de 200 años (Humboldt, 1826), sin que se hayan extinguido sus
poblaciones (Ojasti, 1991).
El énfasis en
el aprovechamiento comercial y sostenido del capibara en un volumen dedicado a
conservación se debe a que, en Venezuela, la conservación y el aprovechamiento
del capibara son, en la práctica, inseparables. A pesar de que existe una ley
que los protege, la sobrevivencia del capibara depende absolutamente de la
actitud del propietario de la tierra donde se encuentra. Así, aquél que toma
medidas para evitar la cacería furtiva y proteger la fauna silvestre, por gusto
o por interés (últimamente el ecoturismo ha tomado mucho auge en la región),
suele también aprovecharla. El resultado es que las fincas o "hatos"
donde se explota el capibara tienen poblaciones saludables no sólo de este
mamífero sino también del resto de los componentes del ecosistema. Es por esto
que los argumentos que contribuyen a la explotación racional y sostenida del
capibara en Venezuela al mismo tiempo contribuyen con su conservación.
Curiosamente, algo similar ocurre en la Argentina, y tal vez no sea una
coincidencia. En la provincia de Corrientes, donde los capibaras son
aprovechados legalmente, sus poblaciones están en mejor condición que en Entre
Ríos, donde su cacería está prohibida (Ojasti,1991). Asimismo, Pearce (1998)
señala que en el distrito de Laikipia en Kenya, donde los habitantes tienen licencia
para cazar fauna silvestre para aprovechar su carne, la fauna está en
crecimiento, mientras en el resto del país, donde está protegida, la población
animal silvestre se ha visto reducida a la mitad en los últimos 20 años (ver
también Grimm, 1998).
Existen
muchos ejemplos en los que la valoración económica de un recurso puede ayudar a
su conservación (por ejemplo Hoogesteijn y Chapman, 1997). Sin embargo, algunos
autores han expuesto argumentos en contra de este enfoque. Así por ejemplo,
Struhsaker (1998), refiriéndose específicamente a la extracción maderera
"sostenible" del bosque tropical -aunque mencionando "otros
recursos naturales"- señala que los argumentos a favor de la conservación
a través del uso se esgrimen debido a que los mismos son necesarios para
obtener fondos de las agencias internacionales. Además, señala que en primer
lugar se busca favorecer a un grupo selecto de personas, y que "no hay una
historia de éxito bien establecida". El caso del capibara sin duda es una
excepción a estos señalamientos. El programa de manejo del capibara ha tenido
una historia exitosa al menos en las fincas en las que tradicionalmente se ha
explotado la especie desde tiempos coloniales; y es en esas mismas fincas donde
se han conservado las poblaciones más saludables de la especie. Aunque es
cierto que en el caso del capibara existe un grupo selecto de personas que son
las más favorecidas (los propietarios de la tierra), no se puede negar que es
la actitud de estas personas la que ha permitido la conservación de la especie
y del ecosistema en que vive. Me apresuro a señalar que no se debe generalizar
del caso del capibara en Venezuela a otras especies ni aún a los mismos
capibaras de otros lugares de Sur América. La confluencia de los factores
señalados es tal vez única y es necesario analizar en detalle cada situación
para determinar la factibilidad de la aplicación de un programa de manejo
similar en otra región.
Un poco de historia
El programa
de manejo del capibara en Venezuela se originó muy probablemente en tiempos
coloniales cuando los ganaderos de los llanos inundables empezaron a
preocuparse por ese herbívoro nativo, abundante y de cierto porte, que parecía
competir con su ganado por el escaso pasto de la sabana. Se sospechaba además
que estos animales eran portadores de enfermedades que afectaban al ganado
vacuno o caballar, cosa que eventualmente se confirmó en el caso de la
tripanosomiasis. Para resolver este problema aparente (es poco probable que
capibaras y ganado compitan por el pasto: Escobar y González Jiménez, 1976),
los ganaderos decidieron eliminar lo que consideraban una alimaña. Para
hacerlo, aprovecharon el período crítico de la época seca (Febrero-Marzo)
cuando los capibaras se concentran alrededor de esteros y lagunas que se van
secando. En esta época existe una alta mortalidad natural y la reproducción
está en el mínimo anual (Ojasti, 1973). Antes que perder la abundante carne
producida, los ganaderos prefirieron salarla y secarla al sol para luego
enviarla a los mercados del centro de Venezuela, generando así la costumbre de
comer capibara en época de la Cuaresma y Semana Santa. Una bula papal en el
siglo XVIII convirtió una costumbre local en una tradición religiosa (López de
Ceballos, 1974).
Aquí vemos
cómo los tres factores confluyen: el ecológico, al darse la explotación en un
período de alta mortalidad, de forma tal que la primera pudiera sustituir a la
segunda (Ojasti, 1980); el cultural, al establecerse una tradición compatible
con costumbres ya existentes (comer pescado salado en Semana Santa); y
económica, puesto que a un costo casi nulo se produce un beneficio sustancial
(la carne seca del capibara llega a ser más cara que la carne de res). La
reglamentación basada en el estudio de Ojasti (publicado en forma de libro en
1973) le dio posteriormente sustento legal y técnico al programa. Por otro
lado, el programa produce ingresos adicionales a los trabajadores locales.
Afortunadamente, el hecho de que la forma de producción de la región sea la
ganadería extensiva en la que ni se plantan pastos ni se agregan fertilizantes
o plaguicidas y en la que la densidad del ganado es de una cabeza por cada 2 ha
o menos hace que el ecosistema en el que habita el capibara esté muy poco
modificado.
La
reglamentación vigente establece que las fincas soliciten una licencia, para lo
cual el Ministerio del Ambiente, a través de su servicio Profauna, hace un
censo por conteo directo de los animales. Esto es posible debido a los hábitos
gregarios y diurnos del capibara y a su costumbre de habitar en zonas abiertas.
Sobre la base del estudio de Ojasti (1973), se permite matar entre un 20 y un
30% de la población. Este sistema se viene aplicando desde 1968 con éxito. Las
dificultades económicas de Venezuela unidas a sobreestimaciones poblacionales
han ocasionado un descenso en algunas poblaciones en los últimos 15 años
(Ojasti, 1991). No obstante, hasta la fecha (1999), un buen número de
propiedades mantienen poblaciones muy saludables de capibaras y las explotan
anualmente.
¿Qué es el capibara?
El capibara
es un mamífero autóctono de América, común en las sabanas inundables de
Venezuela, Colombia y del Pantanal de Brasil. Es el roedor mas grande del
mundo, promediando los adultos alrededor de 50 kg, y pertenece al grupo de los
caviomorfos (Hystricomorpha suramericanos), entre los que se cuentan algunos de
los roedores más curiosos del planeta como maras Dolichotis patagonum,
tuco-tucos Ctenomys sp., agutíes Dasyprocta sp., y otros. Los
capibaras se alimentan casi exclusivamente de pastos y viven siempre cerca de
esteros y lagunas donde pasan varias horas al día: en el agua termorregulan,
buscan refugio y obtienen alimento ya que muchas de las especies de las que se
alimentan son acuáticas o semi-acuáticas. Una hembra de capibara tiene en
promedio cuatro crías por parto y, en general tiene sólo un parto por año (el
período de gestación es 150 días), aunque bajo ciertas condiciones puede tener
dos (Ojasti, 1973; Herrera, 1998). Las crías son extremadamente precoces y se
alimentan de pasto casi al nacer.
Los capibaras
son animales sociales. Los grupos que forman son muy estables y entre todos los
miembros adultos defienden un territorio común. Los grupos están compuestos por
animales de ambos sexos con predominancia de las hembras en proporción cercana
a un macho por cada dos hembras (Herrera y Macdonald, 1987). Las crías nacidas
en un grupo permanecen en éste formando guarderías (crêches) hasta el primer
año de edad. En este momento (en octubre en el Norte de Sur América, es decir,
hacia el final de la estación lluviosa), ocurre la dispersión (Herrera, 1992a).
Este proceso tiene dos características poco comunes en mamíferos. Primero,
ambos sexos tienden a dispersarse por igual; y segundo, la dispersión ocurre en
grupos cuando un macho subordinado se aleja de su grupo acompañado de los
subadultos (Herrera, 1992a).
La
característica más resaltante del sistema social de los capibaras es la
estricta jerarquía de dominancia existente entre los machos. El macho dominante
mantiene su status a través de persecuciones simples y estereotipadas en las
que el subordinado es desplazado (Herrera y Macdonald, 1993). Generalmente, el
subordinado huye describiendo un semi-círculo de forma tal que no se aleja del
grupo. De hecho, cada macho subordinado es miembro permanente del grupo y, a
pesar de que puede distanciarse con cierta frecuencia, su pertenencia es
evidente (Herrera y Macdonald, 1989). Dentro de un grupo social, cada macho
desplaza invariablemente a todos los otros machos de menor jerarquía. Los
intrusos de grupos vecinos son echados por cualquier miembro adulto,
independientemente del sexo de ambos (Herrera y Macdonald, 1987). El macho
dominante es, por supuesto, el que obtiene la mayoría de los apareamientos
aunque los subordinados obtienen una proporción no insignificante de éstos
(Herrera y Macdonald, 1989).
Entre las
hembras, hay muy poca agresión y no es posible detectar una estructura
jerárquica o de otro tipo. El cuidado parental es mínimo, sin duda debido a su
alta precocidad, característica que comparten con el resto de los caviomorfos.
El amamantamiento es con frecuencia compartido: una hembra tolera crías ajenas
cuando amamanta (Macdonald, 1981).
La
comunicación entre los capibaras se da en gran parte a través de señales
químicas producidas en dos glándulas especializadas. Una, llamada
"morrillo", está desarrollada sólo en los machos y consiste en una
protuberancia ovalada sobre el hocico. La otra, presente en ambos sexos,
consiste de un par de sacos ubicados a ambos lados del ano. La función de estas
glándulas aún no está claramente dilucidada pero es muy probable que el
morrillo indique status social ya que el macho dominante marca con mayor
frecuencia y su glándula es más voluminosa, mientras la glándula anal pudiera
indicar membresía del grupo (Herrera y Macdonald, 1994). No se descarta la
posibilidad de que ambas pudieran jugar un papel en el reconocimiento
individual, fenómeno que pudiera existir en esta especie.
¿Es relevante el
comportamiento para la conservación y el manejo sostenido del capibara?
De los
aspectos del comportamiento de un animal que deben ser tomados en cuenta tanto
para los planes de manejo como para un programa de conservación, así como para
la evaluación del estado de una población pueden destacarse tres: (1) las
pautas que conducen a los patrones de uso de hábitat y la obtención del
alimento; (2) el comportamiento reproductivo; y (3) la defensa contra
depredadores. En el caso del capibara, estos tres componentes están íntimamente
ligados al gregarismo y comportamiento social de la especie.
En el diseño del plan de manejo actualmente en uso, Ojasti (1973) contempló
aspectos de la dinámica poblacional, reproducción, enfermedades, uso de hábitat
y comportamiento. De este último, el gregarismo se nos presenta como más inmediatamente
relevante para el manejo y la conservación. Por ejemplo, en el procedimiento de
explotación, la tendencia a agruparse en lugar de huir permite a los cazadores
usar garrotes y no armas de fuego. Esto, además de evitar gasto en municiones y
armas, hace menor el sufrimiento del animal: el uso de rifle con muchísima
frecuencia hiere al animal sin matarlo, causando dolor y dificultando la
operación al tiempo que aumenta los costos. Cuando un animal herido no es
capturado y muere, se producen pérdidas económicas para el dueño de la tierra,
subestimaciones de la cuota de animales extraídos, y no se puede llevar a cabo
un adecuado análisis del programa, amén de hacer más inhumano el procedimiento.
Es así que un aspecto del comportamiento del capibara, su gregarismo, ha
facilitado el programa de explotación y, paradójicamente tal vez, contribuido
con su propia conservación.
Los grupos de
capibaras, como se dijo anteriormente, poseen una estructura social bien
definida. En la tabla 1, se puede notar una cierta constancia en los tamaños de
grupo (alrededor de 10 adultos en localidades que van desde Argentina hasta
Brasil y Venezuela), aunque hay ciertas diferencias importantes en el tamaño y
la estructura de estos grupos entre algunos lugares. Así por ejemplo, en dos
localidades de la región de los llanos inundables de Venezuela (casos 1 y 2),
el tamaño de grupo difiere en un 60% y la relación de sexos se hace más sesgada
hacia las hembras (1:1,7 vs. 1:2,2). La diferencia ecológica entre las dos
localidades está en una mayor heterogeneidad de hábitat y menor disponibilidad
de agua en el caso 1, mientras que la mayor abundancia y continuidad de los
recursos (en el tiempo y en el espacio) en el caso 2 favorece un mayor tamaño
de grupo y parece permitir al macho dominante tener una mayor proporción de
hembras en su grupo. Los dos casos mencionados muestran que diferencias en
hábitat pueden estar asociadas a diferencias importantes en el tamaño de los
grupos. Este patrón puede servir de criterio para evaluar una situación particular
así como al proponer planes de manejo y/o conservación.
La relación
de sexos es una típica variable a considerar tanto al criar animales en
cautiverio para repoblamiento como al estudiar planes de explotación o cacería,
al igual que al estudiar la estructura de una población natural,
particularmente con fines de evaluación de su status de conservación (Crawley y
Sinclair, 1994). Tal como lo señalan varios autores desde Fisher (1930), la
relación de sexos (sex ratio) es muy poco variable: las poblaciones
naturales de animales sexuados suelen tener esta relación en 1:1,
independientemente de su estructura social y sistema de apareamiento. La
relación de sexos en unidades reproductivas sociales (harenes, etc.) o relación
socionómica de sexos es mucho menos fija (Halliday, 1994). En el caso de los
capibaras, este dato, aunque poco reportado por los autores, parece ser poco
variable (Tabla 1) y con un sesgo más bien leve hacia las hembras. Esto pudiera
indicar una baja capacidad de fertilización por parte de los machos, lo cual ha
sido corroborado por los estudios de anatomía testicular en los que se ha visto
que los testículos del capibara son pequeños en relación al tamaño del macho
(Herrera, 1992b) y poseen una proporción baja de túbulos seminíferos (Moreira
et al., 1997; López, 1999). Todo esto sugiere que la relación de sexos en los
grupos de capibaras es crucial al evaluar el status de alguna población y al
planificar programas de conservación. Específicamente, en capibaras no parece
conveniente causar un sesgo importante hacia las hembras como se ha propuesto
en algunas situaciones (Crawley y Sinclair, 1994) y como ha sido sugerido
concretamente en Venezuela (V. Salas, com. Pers.).
Otro aspecto
del comportamiento del capibara que es de vital relevancia para la conservación
es el del uso del hábitat y la territorialidad. Los grupos de capibara
defienden un territorio común (Herrera y Macdonald, 1989) y sus patrones de uso
de hábitat sugieren que su estrategia de "forrajeo" incluye el permitir
un tiempo de recuperación al pastizal utilizado (Barreto y Herrera, 1998). Para
la sobrevivencia de este animal, descrito como el fermentador postgástrico
cecótrofo de mayor tamaño (Borges et al., 1996), la disponibilidad de espacio y
el acceso exclusivo al pastizal (Herrera y Macdonald, 1989) son sin duda
aspectos a evaluar al considerar cualquier situación poblacional de capibaras.
Tabla 1. Tamaños de grupo de capibaras en
varias condiciones
|
Habitat |
Media: adultos por grupo |
Rel. de sexos en grupos M:H |
Observaciones |
Referencia |
|
Sabanas inundables tropicales (Venezuela) |
9,6 ± 3,8 (rango: 4-16) |
1 : 1,7 |
Sabanas con diques (Hato El Frío) |
Herrera y Macdonald, 1987 |
|
Sabanas inundables tropicales (Venezuela) |
15,7 ± 5,2 |
1: 2,2 |
Sabanas con diques (Hato El Cedral) |
V. Salas, com. pers. |
|
Pastizales subtropicales Esteros (Argentina) |
Rango: 9,2 a 11,8 |
? |
Cuatro tipos de ambiente |
Quintana y Rabinovich, 1993 |
|
Sabanas inundables tropicales (Brasil) |
5,2 a 7,0 (rango 2 a 37) |
1: 2,4 |
|
Schaller y Crawshaw, 1981 |
|
Finca ganadera (Brasil) |
Grupos "indefinidos" Uno > 40 ind. |
? |
|
Murphey et al, 1985 |
|
Llanos (Colombia) |
44,8 (rango:13,8 a 103,2; 1% solitarios) |
? |
|
Jorgenson, 1986 |
|
Sabanas tropicales (Brasil) |
5,68 ± 0,20 (rango: 2 a 25) |
? |
|
Alho et al. 1987 |
|
Llanos inundables (Venezuela) |
Mediana: 5,6 a 15,9 (1 a 9 % solitarios) |
? |
|
Ojasti, 1973 |
El proceso y los
mecanismos de dispersión de una especie animal son relevantes para la
conservación porque afectan la mortalidad diferencial por sexos en el proceso
de alcance de la madurez sexual (que coincide aproximadamente con el momento de
la dispersión en muchas especies), y porque influyen sobre la ocurrencia de
inbreeding (endocruza) y la formación de las nuevas unidades sociales. En
capibaras, la dispersión ocurre al año de edad y se da en grupos: un
subordinado se aleja de su grupo acompañado de subadultos (Herrera y Macdonald,
1987; Herrera, 1992a). Por otro lado, parece darse de igual forma para ambos
sexos y las distancias de dispersión varían entre 0 y 5,6 km (entre 8 y 12
veces el ancho promedio de un territorio; Herrera y Macdonald, 1987; 1989), con
una media de 3,7 km. Este valor está muy por debajo de lo predicho por la
ecuación que asocia dispersión y peso en mamíferos herbívoros norteamericanos
(10,5 km para un animal de 55 kg; Van Vuren, 1998). El proceso de dispersión de
los capibaras enfatiza dos cosas: (1) que los capibaras forman grupos desde muy
jóvenes -de hecho, su comportamiento gregario es notorio desde pocos días
después de nacer- y (2) que los grupos, al provenir de una misma unidad social,
están formados por animales emparentados, al ser muchos de ellos hijos del
dominante del grupo parental y de la misma o diferente madre. Las consecuencias
de esto en cuanto a conservación y manejo son múltiples. Mencionaré dos.
Primeramente, al planificar traslocaciones o cría en cautiverio para reintroducción
deben utilizarse animales jóvenes y preferiblemente provenientes del mismo
grupo para garantizar el surgimiento de una situación social adecuada. En
segundo lugar, el proceso de dispersión descrito pareciera llevar a la
endocruza. Aunque esto aún no ha sido demostrado con técnicas genéticas, si
efectivamente los miembros de un grupo están emparentados, ciertos aspectos del
comportamiento social de la especie como la tolerancia entre los machos y el
compartir la lactancia entre las hembras pudieran depender de una familiaridad
real o percibida que debe ser mantenida.
Comentarios finales
En este
artículo, intenté resaltar algunos de los aspectos del comportamiento del
capibara que se destacan como relevantes para su conservación y, en el caso de
Venezuela al menos, para su manejo sostenido. En muchos casos, los encargados
de tomar decisiones que afecten el status de las poblaciones de esta especie
sólo tomarán en cuenta variables como densidad promedio y tasa de crecimiento,
y dejarán de lado todos los factores ecológicos y comportamentales que afectan
a los individuos los cuales, sumados, producen los parámetros poblacionales
observados (Goss-Custard y Sutherland, 1997). Sin embargo, algunas de las
decisiones, particularmente aquéllas que tengan que ver con relación de sexos y
con manipulación de grupos (para repoblación o cría) deberán necesariamente
tomar en cuenta el comportamiento social de este animal para tener alguna
probabilidad de éxito. Ya se ha demostrado en estudios anteriores (p. ej.,
rinocerontes negros, Berger y Cunningham, 1998) que aspectos del comportamiento
social e individual son de gran relevancia para la ecología y por ende para la
preservación de una especie
No
puedo dejar de mencionar el punto del que partí, es decir, la posibilidad real
de que la explotación racional y sostenida y la conservación del capibara como
especie, junto con la del ecosistema en que vive, vayan de la mano. Este
argumento, controversial tal vez y delicado sin duda, es de gran importancia.
Es triste tener que dar un valor monetario a un elemento natural para poder
preservarlo, pero en algunos casos es el único mecanismo realista para lograr
este objetivo. En el caso del capibara en Venezuela, la evidencia de una larga
historia anterior a 1968 demuestra que, aún en ausencia de un marco legal y de
un estudio adecuado que lo apoye, el sistema es sostenible si se dan las
condiciones adecuadas. Esto último, me permito insistir, es crucial. Es una
muy afortunada coincidencia que, en Venezuela, los factores sociales y
ecológicos hayan convergido para hacer el programa exitoso y, en buena parte,
esto se debe a las características biológicas del capibara. Si los costos se
mantienen bajos y la rentabilidad adecuada en las condiciones actuales, tal vez
sea preferible no modificar el programa de manejo en el sentido de extenderlo e
intensificarlo. Una alternativa atractiva pudiera ser sea mantenerlo asociado a
un programa de ecoturismo bien manejado. De esta forma, se evitará tener que
hacer modificaciones al ambiente natural y se garantizará que la conservación
del capibara a través del manejo conlleve la conservación del espectacular y
valiosísimo ecosistema de las sabanas inundables del Neotrópico.
Agradecimientos
Me complace agradecer a COVEGAN, y en especial al Dr. Jesús Pacheco, por
permitirme trabajar en el Hato El Cedral y al Dr. Iván Darío Maldonado, de
INVEGA, por apoyar mi investigación en el Hato El Frío. Las observaciones de
Guillermo Barreto y Marcelo Cassini mejoraron notablemente el manuscrito.
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