Vicuñas, El oro de la Puna

Bibiana Fulchieri. 2006. Rumbos, Bs. As., 3(129):16-19.

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En Laguna Blanca, provincia de Catamarca, un centenar de personas participan de la captura y esquila de vicuñas salvajes. Luego, reparten y trabajan su lana ‑la más fina del mundo‑ en forma comunitaria.

"Parece que la Pachamama no quiere que le toquen los animalitos, ¿no?", dice un lugareño apurando el tranco, para recuperar su sombrero, que dispara enloquecido, llevado por el viento y mezclado en un vendaval de areniscas que ciegan. El cielo tiene puesto un enorme capote azabache y el silencio de "calma chicha" presagia la peor de las tormentas.

Pasado el chubasco, sin embargo, la altiplanicie insistirá en regalar sus soles incandescentes. Pero ahora no. Y mientras tanto, la paisanada entusiasta trabaja denodadamente en Laguna Blanca, una pampa de altura a 3260 metros sobre el nivel del mar, en medio de la puna catamarqueña, realizando un cerramiento gigante para la captura y esquila de vicuñas salvajes. Han retomado la costumbre ancestral del hombre andino: arrearlas mediante un chaku, para esquilarlas y liberarlas luego. La fibra extraída es repartida en partes iguales entre los artesanos de la zona, los participantes de las tareas en minga, es decir, en forma comunitaria.

Desde 1982, Laguna Blanca, en el Departamento de Belén, provincia de Catamarca, ostenta un protectorado de la UNESCO, puesto que fue declarada "Reserva MaB" (Man and Biosphere), título que hace alusión a sitios en los que milenariamente se conserva la diversidad biológica, salvaguardando los valores culturales de los habitantes y promoviendo entre ellos un desarrollo sustentable en lo social, ambiental, cultural y económico.

Los abundantes testimonios arqueológicos de la zona dan cuenta de la presencia del hombre durante más de 10.000 años y de la antigüedad de la práctica del chaku. La etapa del dominio incaico también dejó su impronta, y en varios petroglifos se observan los grabados de vicuñas ‑que muchos campesinos aún llaman huislas‑, acorraladas por cordones humanos, para extraerles la lana y luego liberarlas.

Las huislas

El operativo para la captura y esquila se concentra en la casona rural de la familia Gutiérrez, los dueños de los predios en los que, en torno a una aguada natural, se reúne la manada de camélidos salvajes. Varias camionetas marchan sigilosamente hacia el centro del campo. Titilando como espejismos, haciendo equilibrio en el horizonte del desierto, aparecen las vicuñas, junto al ojo de agua compartido con flamencos rosados y algún que otro burro alejado de su tropa.

Los hombres despliegan entonces una gigantesca malla de plástico, una "media sombra", y la fijan a postes estratégicamente ubicados, que remacharon con precisión de orfebres. La tormenta, subrepticia, extraña, fuera de lugar, precipita la tarea del cerramiento. Hay que buscar urgente refugio, esperar que amaine el aguacero y, cuando llegue el próximo amanecer, avanzar sobre la manada completa.

Con el alba, la caravana vuelve a marchar hacia el cerco. El chubasco no sólo empapó el terreno‑ a pesar de la época, una nevada tardía les ha marcado unas crestas impolutas a los cerros circundantes‑ Pero el cielo ya retomó su habitual color lapislázuli, y un sol impiadoso reverbera en la aridez puneña.

Cada uno de los participantes se ha ido ubicando solapadamente, detrás de la "media sombra", aguardando a que los que temprano partieron hacia el grupo de vicuñas hagan lo suyo. El silencio es pleno, hasta que un griterío sacude la modorra general. A los lejos, al trote sutil de sus largas patas remilgadas, viene las huislas.

Comienza el arreo, bullicioso. Con una cuerda llena de colores chillones y voces igualmente estentóreas, el desconcierto hace agrupar a los animales. Así, al cabo de una carrera frenética, una a una, las vicuñas buscan solas el falso sosiego del corral, antesala de la esquila. Los lugareños ayudan a los animales que ‑producto de la tensión o de alguna herida‑ se han quedado en el camino. Y cuando la última vicuña es apresada, la algarabía general empuja el festejo: una ronda de empanadas de llama y vino tinto.

 

  

 

Y después, el premio: el tesoro greñudo de estas arduas soledades. La lana. Con celo extremo, las cuadrillas de esquiladores arremeten con las tijeras entre los vellones, y las mujeres van recolectando la lana que se desprende en un gran paño color caramelo: "Mire, mire, dígame si esto no es oro", dice doña Mamaní con orgullo desbordante. Y en verdad que así es, tal cual llamaban los "antiguos" a los dorados hilos de vicuñas devanados en la puna.

 

 

 

 

Imágenes de la esquila en Laguna Blanca. Equipos de cuatro personas tardan media hora en quitarle a cada ejemplar

sus finos vellones color canela. En dos días de trabajo, se extrajeron 38 kilos de fibra de más de 120 vicuñas.

La más fina del mundo

Llevada a cabo entre los días 26 y 27 de noviembre pasado, ésta fue la segunda experiencia de captura y esquila de vicuñas salvajes organizada en Laguna Blanca por el Programa de Manejo de Recursos Naturales de Catamarca. La cría de vicuñas, que en la Argentina comenzó a fines de los 60 en Abra Pampa, Jujuy, o bien, en este caso, la captura y esquila, constituyen una importante alternativa económica para muchas poblaciones rurales que las albergan en sus territorios. Este grácil camélido de cabeza pequeña, orejas y ojos prominentes, cuello largo y cuerpo estilizado, es un caso único entre las especies de la fauna silvestre mundial, puesto que su conservación y, por ende, su recuperación de una extinción que parecía casi segura, supone un factor económico vital para ciertas comunidades andinas. Ocurre que la de la vicuña ‑con su típico color canela y el mechón blanco del pecho‑ es la fibra de origen animal más fina del mundo. Y los programas de conservación y participación campesina han logrado, en los últimos años, impedir la depredación e incrementar la población de vicuñas.

Desarrollo sustentable

La caza de la vicuña es en nuestro país un delito que tiene graves consecuencias penales. Fue a partir de la llegada de los españoles a América y del abuso que éstos hacían de las armas de fuego, que las matanzas de huislas se convirtieron en un flagelo, hasta que en 1825, Simón Bolívar dictó la primera ley de conservación de estos preciados camélidos silvestres.

"Recién en 1973, la Argentina pasó a formar parte de la Convención sobre el Comercio Internacional de Especies Amenazadas, explica Raúl Vera, funcionario del Programa de Desarrollo Rural del Noroeste Argentino (PRODERNOA), "y actualmente integra una red, junto a Perú, Bolivia y Chile, que fija lineamientos respecto de la captura y esquila de la vicuña, con planes racionales de manejo, para que no suceda, por ejemplo, lo que sucedió en Ecuador, donde ya se habla de una extinción local. Nuestra intención, como técnicos, es la de capacitar a la gente del lugar en todo el proceso que conlleva la obtención de fibra de vicuña, es decir, desde el momento de la esquila, la selección de vellones, el hilado, torcido y ovillado, hasta la obtención de la prenda tejida. La idea es no vender la materia prima en bruto sino aportarle valor agregado .

Varios actores confluyen en este ritual: la Dirección de Ganadería, Turismo, Artesanías y Recursos Naturales de la provincia de Catamarca, el Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA), el PRODERNOA, la Universidad de Catamarca, el Municipio de Villavil ‑a unos diez kilómetros de Andalgala‑ y la Mesa de la Vicuña, un organismo con formado por vecinos puneños.

Voluntarios para un "chaku"

Enrique Frá, del Programa de Manejo de Recursos Naturales catamarqueños, es el responsable de los operativos de captura y esquila: "Estamos muy satisfechos con los logros obtenidos. Demostramos que podemos planificar dos capturas en la misma temporada, sin afectar la calidad de vida de las vicuñas" En la primera captura fueron esquila­dos 93 animales, que apor­taron 30 kilos de fibra. En la segunda, se extrajeron 8 ki­los de 31 vicuñas.

Coordinador avezado, Frá explicita las variadas faenas que comprometen a todos por igual: "Las tareas gene­rales de planificación, logís­tica, captura y esquilado in­volucran a más de un cen­tenar de voluntarios, incluidas mujeres y niños. Primero, se realiza un cercado (foto) en 40 hectáreas vecinas al sitio de pastoreo de los animales. Lo siguiente es un chaku, un cordón de personas que rodean la manada de vicuñas cuando beben en la aguada, empujándolas hacia el corral de esquila. De allí se retiran de a una para entregarlas a equipos de cuatro personas por animal, que esquilan en media hora cada ejemplar. Personal técnico coloca una caravana (un pendiente numerado) en la oreja, para censar, y se extraen muestras de materia fecal para control bacteriológico. Por fin, se devuelve el animal a su hábitat puneño".

Marketing comunitario

Terminada la faena, una improvisada asamblea se constituye, en el lugar de esquila, en torno a la presencia de Esteban Clark, director de Artesanías del gobierno catamarqueño. Hombres y mujeres que hacen del artesanado, más que un oficio, un modo de vida, necesitan preguntarle un par de cosas. "Nosotros tenemos que hacerle saber a la gente ‑dice, enfático, Adolfo Salgado, un tejedor de Belén‑ por qué cuesta lo que cuesta una prenda hecha con pura luna de vicuña. Hay que entender todo el proceso que llevo elaborarla y la cantidad enorme de tiempo. ¿Vale la pena o no, se preguntan muchos artesanos, seguir trabajando la fibra de vicuña? Yo creo que es muy necesario para nosotros, hasta por una cuestión de dignidad, dejar de entregar la materia prima. Por ejemplo, por un cuerito de cabrito se paga ocho pesos; en cambio, si lo curtimos y comercializamos, sale 50".

Y después del alegato de Salgado, propuestas, opiniones, y preguntas, sobre todo: "¿Cuándo la provincia nos va a comunicar lo comercializado en las ferias?". Clark, portando una detallada lista, da los nombres de los afortunados vendedores, y sigue, directo, acaso demasiado "marketinero" para los oídos de sus interlocutores: "Tienen que saber que al producto vicuña lleva tiempo imponerlo. Hay que buscar estrategias para comercializarlo. Ahora estamos haciendo un estudio para establecer "precios sugeridos", y tenemos que concientizar sobre lo que significa tener un tejido de vicuña. Pero es muy importante recalcar a los que realizan estas artesanías, que no pueden hacer cualquier cosa: la fibra es cara, y la calidad tiene que ser si o sí optima. Hay que comprender que una prenda de vicuña pura no puede tener botones de plástico. Para esto se implementaran, de acuerdo a lo que vayan solicitando, talleres para capacitar en asta y hueso, bordado, rapacejos, etc.".

Para Isaac Casimiro, presidente de la Mesa de Vicuña local, lo que está sucediendo con el manejo de las vicuñas es "una oportunidad única. Estamos a punto de convertirnos en una cooperativa, que involucre a todo el Pueblo, para producir y vender nosotros mismos, y así dejar de entregar nuestra materia prima regateada y, al final, siempre devaluada... De la esquila, queda el 1 por ciento para el dueño del predio donde se capturan las vicuñas, el gobierno se lleva un 20 por ciento y el resto es para nosotros, un Pueblo de 600 habitantes con 80 artesanos textiles. A cada uno se le dará lo suficiente para elaborar sus productos. Tenemos que capacitarnos, sobre todo en la estima de nuestros saberes ancestrales, y en la creencia de que podemos organizarnos en búsqueda del bien común.

La polvareda del camino señala el regreso. La tarea ha sido cumplida con creces. De a poco, el sol va desparramando sus últimos rayos, que iluminan, oblicuos, casi a fuego, el correr de la manada de vicuñas esquiladas. Reagrupadas, otra vez salvajes, vuelven a reflejarse en la aguada, ahora sin el oro de su lana, desnudas.

 

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