Francisco Javier Muñíz*. 1916. Escritos científicos, Ciencias Naturales
Argentinas,
Seis ensayos publicados con introducción y
comentarios de
Domingo F. Sarmiento; La Cultura Argentina,
Buenos Aires.
*1795-1871.
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de ñandúes
Indice
Comentario por Domingo F.
Sarmiento
1. El ñandú, churí o avestruz americano
3. Paralelo entre el ñandú y el avestruz africano; excelencia de aquél en velocidad y fortaleza
4.
Alimentación del ñandú.
Peculiaridades de su sistema digestivo
5. Generación. Proceso incubativo. Saca y cría. Enemigos de la especie. Sagacidad del padre y sus recursos en protección de la prole
6.
Antecedentes de una
campería en las pampas de Buenos Aires. Libertad y posibilidad de
cualquiera para emprenderla. Provisiones. Unicos medios de ejecución: el
caballo y las bolas. Su manejo. Cerco y mal juego en él. Estratagemas e
instinto del Ñandú para eludir el peligro. Medios naturales con que lo
consigue. Perros cazadores
7.
Naturaleza de la carne
del ñandú. Su salubridad. Distintas preparaciones que recibe, y las
que dan a los huevos. Conducción de éstos a la distancia. Plumas. Toldos o
reparos contra la intemperie
8.
Domesticidad del ñandú.
Modo de conducirlo. Su ineptitud para el vuelo. Su facultad natatoria. Su voz.
Aprensiones de los gauchos al campo desierto. Conclusión
El ñandú o avestruz
americano. Comentario por Domingo F. Sarmiento
El doctor
Muñíz publicó hace años en varios números de "La Gaceta Mercantil"
una monografía del ñandú o avestruz americano, que es uno de sus más acabados
estudios de las peculiares facciones de nuestro país. Su observación personal
le permite rectificar no pocos errores de Buffon, en su famosa historia
natural, guiado a veces por similitudes que cree existen con el avestruz de
Africa, o bien repitiendo errores de viajeros, que recogen al paso tradiciones
y consejos populares sobre las costumbres de los animales notables de América;
y hace cierta gracia encontrar que Muñíz desde esta parte de América sobre el
ñandú, como Audubon desde el otro extremo con respecto a las costumbres del
pavo, tiene que habérselas con Buffon, pudiendo aquel como éste exclamar,
"¿qué me ha de decir M. de Buffon sobre el pavo, a mí, que he vivido con
ellos años enteros en los bosques, estudiando sus hábitos y costumbres?".
Muñíz vivió veinte años entre ellos en las Pampas.
Hoy ha tomado
una grande importancia el avestruz, como conquista nueva que la industria hace,
sometiendo a la domesticidad el ave que provee de plumas de ornato, y conviene
que nuestros hacendados conozcan la historia y costumbres de este productivo
animal, que hace poco tiempo forma parte del ganado que puebla las estancias y
embellece y anima el paisaje con su presencia hasta acabar por domesticarse,
desde que el hombre lo ha tomado bajo su protección, en cambio de sus plumas
variadas, y en gran demanda, a medida que el bienestar y la moda las hacen
codiciar como adorno de todas las femeniles cabezas, envidiosas de los
cardenales y picaflores que ostentan penachos de colores brillantes.
Amenazaban
los indios extirpar la raza en sus boleadas, para obtener su escasa provisión
de carne y plumas, cuando la idea de protegerlos en el país cristiano, vino a
algunos de los depositarios de la "suma del poder público", no
sabemos si Rozas o Urquiza; pero de seguro Urquiza los acogió en sus estancias
de Entre Ríos; y tan seguros se mostraban de tan alta protección que se les
veía acercarse a los caminos, y detenerse a mirar a los transeúntes, con el
desdén que inspira la conciencia del derecho. Por poco no dan en incomodar a
los pasajeros, que se guardaban de echar sobre ellos, ni por hacerse la mano,
un tirito de bolas; y sea dicho en mengua de las ideas liberales de que
blasonamos, y de la hidalguía que nos atribuimos los del habla castellana, que
asesinado alevosamente por sus propios protegidos, el amo, los que se
pretendieron con ello libres, la emprendieron con los avestruces, ya sin protector;
y por poco no acaban en unos cuantos meses con ellos, donde quiera que no
estuvieran las armas nacionales para garantirles la existencia.
Felizmente el
impulso estaba dado, y el ensayo de Urquiza no fue estéril. Los estancieros
gustaron de verlos asomar sus cuellos en el paisaje, la industria halló su
cuenta, en propagarlos; e imitando el ejemplo de los "boers" y de los
ingleses del Cabo de Buena Esperanza, el ñandú forma parte hoy del dominio del
hombre, domesticado como el camello en Asia, la llama y la alpaca en América.
Ya el de Africa más corpulento se aplica con éxito al tiro de carruajes,
imitando sin duda las palomas que tiraban el carro de Venus. (Váyase lo
vigoroso del impulso por la falta de elegancia).
El Dr. Muñíz,
después de haber agotado la materia en la descripción del ñandú, concluye por
darnos una completa idea de una "boleada" de avestruces según las
buenas reglas del "sport" indígena; y es fortuna que quede este
directorio, porque aunque ya desaparecen con el predominio de la Pampa, que
ejerció por siglos el caballo, antes y después del diluvio, cediendo su puesto
a la herrada, fatídica y estúpida locomotora, no es de perder la esperanza de
que salvada la raza de los avestruces, por la domesticidad, multiplicados éstos
por reclamar el mayor aseo sus plumas en plumeros, y el mayor ornato en
plumajes el "sport" cuando deje de ser pura importación bretona, y se
encarne argentino, tengamos el "curre" del avestruz en nuestras
dilatadas Pampas, sobre magníficos alazanes de raza, cabalgados por nuestra
juventud, brillante entonces de ánimo y de salud; tras bandadas de avestruces,
"boleando" ñanduces, al correr de los corceles. ¡Boleando! ¿Por qué
no? Ya pudieran los gringos, más "que aguantarse un par de corcovos",
rebolear sobre sus rubias cabezas los libes, y de dos vueltas prendérselos al
ave mañera (que a un potro serían palabras mayores) como ya la caracteriza
Muñíz, que se tiende de costado, en la rapidez de la fuga, y avanzando el ala
con inimitable arte y gracia, sale en ángulo recto, desviándose de la dirección
que llevaba, y dejando a mi gringo que vaya a sujetar, a una cuadra de
distancia, el pingo indócil al bocado como no lo es un flete de la Pampa al
freno mular que no se anda con chicas. Gracias a que cabalgara un mestizo, que
de su madre la yegua criolla traerá el instinto de tenderse igualmente hacia el
lado y en el ángulo que describe el fugaz avestruz. Es lástima que los
Casteces, los Castros, y tantos otros campeones de la vieja escuela de
equitación argentina vayan llegando a la época del desencanto, sucediéndoles
una generación de dandys y "cox comb", de a pie, o de carruaje, sino
los grandes juegos hípicos, las boleadas de sus buenos tiempos, serían todavía
el orgullo de nuestros jinetes, con lo que tendríamos la adopción por completo
de los usos británicos, cuyos "gentlemen" corren, es verdad, salvando
cercas y saltando zanjas, tras de un zorro de cartón, o cosa parecida, pues
estando a punto de extinguirse la raza en las islas que ha visto extinguirse
los lobos, conserva en las mansiones señoriales un zorro doméstico, y que
después de servir para una cacería, lo guardan a fin de que vuelva a servir en
otras sucesivas.
Y para que el
diablo no se ría de la mentira, y porque no habrá de repetirse de nuevo la
hazaña, ni habrá en adelante ocasión de traerla a cuento, consignaré aquí un
caso ocurrido recientemente en Australia, donde como en Inglaterra hay día
designado para abrirse la caza. Habíase dado cita una banda de jóvenes en una
pequeña aldea, para de allí lanzarse al día siguiente a la caza, en los vecinos
campos. Ya enjaezados con los arreos de gala peculiares a aquel
"sport", cargaban sus escopetas, ajustaban sus botines y polainas,
cuando entra desalado el mozo del hotel, diciendo: ¡una liebre! y señalando
hacia el lado donde la dejaba. ¡Esto si que era salirles la liebre al atajo!
Corren todos los novicios cazadores, y tanta prisa se dan por tener el honor de
ponerla patas arriba, que ningún tiro le aciertan, y la liebre se deja estar
tranquila contemplándolos con la mayor indiferencia. Míranse los unos a los
otros, asombrados de tan inusitado proceder entre liebres, cuando acercándose
uno de los cazadores a distancia poco respetuosa, la liebre indignada saca una
pistola, le descerraja el tiro a boca de jarro, y acaso por la emoción tampoco
le acierta, lo que evitó felizmente efusión de sangre de una y otra parte; y
hubiéranse dado las manos y quedados tan amigos como de antes, si la liebre por
razones que no se dignó exponer, no hubiese preferido tomar el portante.
El hecho es
auténtico e histórico; y siendo como es de suponer el asunto del día en el
teatro de tan singular suceso, dióse al fin con la explicación del fenómeno.
Una compañía de prestidigitadores pasaba a la sazón, y el Hermann que la
dirigía había adiestrado una liebre, entre otros animales "savants",
a disparar en las tablas, un tiro, probablemente vestido de militar (él o
ella), y el mozo del hotel se la había procurado para hacerles aquella mala
pasada a los jóvenes "nemrods" cuidando de sacar a la carga de las
carabinas todo misil mortífero.
Así poco más
o menos es por cierto la caza del zorro manso de Inglaterra, desprovista de la
gracia de la del avestruz, con sus gambetas, sus tendidas de alas, cambios de
rumbos, y astucias. Porque aun en esto viene errada la tradición que siguió M.
Buffon, acreditando el estúpido cuento árabe de que viéndose perdido el
avestruz, en la persecución, entierra el pico en la arena, creyendo con no ver
él, que no lo ven a él los otros. Esto lo hacemos nosotros, en política sobre
todo, de donde viene el decir, "¡esconde la pata que se te ve!", que
le están diciendo los diarios todos los días al gobierno, en materia de
elecciones y otros enredos.
Por el
contrario el ñandú si encuentra delante de sí un médano y logra distanciar a
sus adversarios, lo sube, y por poco que encuentre pajonales altos del lado
opuesto, se desvía, siguiéndolos de soslayo para esconderse; de tal manera que
si ofrece bajada el médano hacia el mismo lado de donde viene la corrida, lo
rodea y va a salir en dirección opuesta al lado a donde van, dejando burlados y
sin rumbos a los perseguidores.
De la gracia
infinita de los movimientos circunflejos a que ayuda el uso de las largas alas
como velamen o timón, he presenciado escenas de que Muñíz no pudo tener idea,
por no haber "ñandúes" en grande escala domesticados en su tiempo. En
la comisión recibida de la Sociedad "Protectora de los Animales" para
gestionar en Santa Fe, el cumplimiento de nuestras antiguas leyes prohibitivas
de corridas de toros, llenado satisfactoriamente el objeto, y teniendo algunos
días por delante hube de aceptar gustosísimo la amistosa invitación de los
señores Casado y Leguizamón para visitar sus respectivas colonias. El señor
Leguizamón tenía en su estancia cría de avestruces, y como en las cabras de
Córdoba, la experiencia aconseja tener reunidos los polluelos en rededor de las
casas, a fin, sin duda, de precaverlos de accidentes. Había reunidos más de
sesenta polluelos grandulones, listos, y bien emplumados ya, y sea que les causase
novedad la presencia de un extranjero, o que estuviesen de buen humor, noté que
principió de un lado y se comunicó alrededor mío a todo el "chiquero"
(de chico) un furor de correr y de hacer gambetas y tendidas de alas para girar
en círculo, que mostraba una especie de locos o de histericados, de tenerme
absorto, alucinado con espectáculo tan bello. Duró casi media hora, y creo que
animal ninguno, ni los cabritillos, ni las bailarinas de la Opera, sean capaces
de desplegar tanta gracia de movimientos; tendiendo los cuellos y sentando de
golpe la carrera, mediante una ala tendida para equilibrarse y saliendo a
escape en dirección opuesta. Sus plumas alborotadas y desparpajadas parecían
espuma de agua que hierve a borbotones, o velas que extiende la maniobra, o
pañuelos en los "bailecitos" americanos para recogerse de nuevo cual
mariposas que suprimen o dilatan sus brillantes alas.
Esta
zalamería me trajo a la memoria la "fantasía" árabe, lengua que nos
ha dejado la palabra, aunque la cosa ha desaparecido. La fantasía es la
recepción que los jinetes de un aduar o de una tienda árabe hacen en el
desierto a la persona a quien quieren dar la bienvenida. Salen a recibirla a
caballo los varones a cierta distancia, y la saludan con disparos de sus largas
escopetas, rayando los caballos, saliendo a escape mientras cargan de nuevo,
para volver corriendo a disparar nuevos tiros casi a las orejas del caballo que
monta el favorecido. Cuando los jinetes son numerosos se deja comprender la
novedad y el brillo del espectáculo, pues a cada revuelta y durante la carrera,
los albornoces blancos se extienden al aire, inflados como velas latinas o
juanetes de goletas, mientras que el humo, las detonaciones, el polvo y los
aleluyas o "ayuyu" de bienvenida hacen escenas, que con el peligro de
las caídas, llega a ser impresiva.
¿No habrán
tomado de los avestruces los árabes la fantasía, pues yo la he visto original
como la describo? La imitación de la naturaleza es nuestra dote a veces
civilizadora, testigo los vestidos de cola de nuestras damas, que son imitación
del magnífico aditamento del pavo real, lo que nada quita a su majestad y a la
elegancia de los movimientos verdaderamente regios que el llevarla provoca en
nuestras pavitas.
Perdimos con
los árabes la "fantasía" como gimnástica, pero quedó por estos
pasados siglos en América, su tradición con el juego de "tirar al
pato", que también ha desaparecido, o va camino de extinguirse en la
molicie de nuestras modernas costumbres. Dábanse cita los más bien cabalgados
caballeros y mejores jinetes para ostentar su destreza y elegancia en el manejo
del caballo, y llevando uno un pato tomado de las patas, corriendo en círculo,
seguíanle otros diez o doce a un tiempo para arrebatárselo. Fórmese idea el que
pueda sin haberlo visto, del peligro de las volcadas, del terror de los
encuentros, de rodar unos sobre otros jinetes, con caballo y todo, y de la
destreza y coraje para dejarlos a todos burlados el campeón, rayando
bruscamente el caballo para dejar pasar a los perseguidores, y "rebrousser
chemin", si ese era el giro indicado.
¡Oh!
restablezcamos las corridas de avestruces en las estancias como las de Unzué,
Cano, Luro, Pereira, Muñíz, en campos como los vecinos de Mar del Plata, o las
Lagunas de Gómez, y otros lugares pintorescos, y nuestras costumbres
recuperarán su antigua bizarría. No la echemos de civilizados, nada más que por
ser "gomosos" (léase poltrones), pues hasta las naciones sucumben,
cuando las facultades físicas no se desarrollan a la par de las intelectuales.
Tiene un
particular interés la conservación del uso de las bolas, como misíl entre
nosotros, y mayormente aplicado a la caza del avestruz o ñandú, que quiero
hacer notar aquí.
Las
boleadoras, el avestruz y la Pampa, tienen entre sí tan íntima relación, que
suprimido uno de estos factores quedan suprimidos los otros dos.
Si la Pampa
estuviese cubierta de bosques, aun matorral, el ejercicio franco del tiro sería
perdido. Esta invención del hombre prehistórico es exclusiva de la Pampa, como
el "womerang" lo es de la Australia. La primitiva embarcación es un
tronco que flota y desciende los ríos, sobre el cual se asientan pájaros. Cada
región o raza humana tiene su embarcación especial, lo que prueba que es local
la invención. Sin embargo, en las costas del Pacífico la piragua se compone de
dos bolsas de lobo sopladas y pareadas. El arco y la flecha son armas
universales en América, Asia, Africa y Europa; la pagalla, o el dardo
arrojadizo es de todos los países; pero aun así no son armas primitivas, ni aun
las piedras como armas arrojadizas, pues cuesta mucho estudio a los niños
aprender a dirigirlas. Desgraciada aquella de nuestras damiselas que contase
salvar de una agresión con arrojarle una piedra al agresor, le saldría el tiro
hacia un lado, infaliblemente.
Y bien, las
boleadoras o los libes son invención de nuestros antecesores prehistóricos,
impuesta por la necesidad, cuando ya el hombre se habría adiestrado a arrojar
piedras a los animales o a sus enemigos.
Los
querandíes, indiada de estas pampas, usaban las bolas en los días de la
conquista, descriptas por Ramírez como "globos de piedra redonda y del
tamaño de un puño, atados a una cuerda que los guía, los lanza con tanta
seguridad que jamás erran". (Citado por Ameghino). El padre Lozano extiende
su uso a la Banda Oriental, y cosa rara y significativa, Azara niega el hecho.
"Ni les hacían ventaja los avestruces, dice Lozano, para cuya caza usaban
las bolas de piedra, no sólo para enredarlos y detenerlos, sino para herirlos
en la cabeza, en que son tan certeros, que poniéndoseles a competente distancia
no erraban tiro". Confunde instrumentos distintos.
Pero es el
caso que no hay piedras en la Pampa; y sólo pudo el habitante de esta dilatada
planicie procurárselas, por el comercio, o de las sierras de Córdoba o de la
Ventana, y debió ingeniarse para recoger la piedra misma que tiró, desmintiendo
el adagio "piedra suelta no tiene vuelta". En este país todo tiene
vuelta, hasta las palabras. La bola solitaria que el indio maneja para quebrar
el cráneo, conservándola en su poder por medio de una cuerda, pertenece a la
misma familia. Los instrumentos que de piedras se labraron los hombres
primitivos, los proveía el silex o pedernal, y otras piedras duras como la
obsidiana. El señor Ameghino que posee el más rico arsenal de armas y de
instrumentos de pedernal de nuestros indios, nos hacía notar la pequeñez de los
instrumentos, cuchillos, raspadores, agujereadores, etc., debido, decía, a la
escasez de la materia prima, pues han tenido que procurarse de Montevideo o
Entre Ríos los fragmentos de pedernal en que las han tallado. Los señores
Zavalla, afincados a la orilla de la Mar Chiquita, debiendo procurarse arena
para proveer a las obras de ferrocarriles, tuvieron la excelente idea de
encargar a los trabajadores apartasen los fragmentos de roca que encontrasen, u
otros objetos del arte humano. Pobrísima y poco variada es la cosecha de
pedernales obtenidos de las orillas del lago. Una libra de los que nos cedieron
como muestra la componen pequeños fragmentos de cuarzo blanco sin excepción, la
mayor parte tallados en forma de dardo de flecha, alcanzando poquísimos a una
pulgada y el resto sin formas, y como desechos del mismo pedernal, pero que
parecen conservados como cosa preciosa. Supongo que sea muy reciente la mansión
de indios, por ser como se cree, moderna la aglomeración de aguas que ha
formado aquella gran laguna; pero en todo caso es de lamentar la escasez de
instrumentos de aquellas indiadas, pues no se descubren otros utensilios que
aquellas diminutas puntas de pedernal.
El señor
Ameghino, oriundo de las poblaciones del país clásico de los fósiles, cuya
fauna ha empezado a clasificar, ha coleccionado un grande arsenal de
instrumentos de los indios primitivos, con lo que tendremos la historia de sus
artes y de sus progresos. Suya es la explicación del por qué de las boleadoras,
como misil, como es nuestra su adaptación especial a las condiciones de la
Pampa, equivocándose a nuestro juicio en querer generalizarlas a otros pueblos,
pues ni en Chile se usaron ni se usan boleadoras a causa del bosque y la
abundancia de piedras.
El uso de las
boleadoras requiere, como las armas más civilizadas, prolongado ejercicio, para
hacer certero el misil. La esgrima robustece la musculatura y da rapidez a la
mirada, y el ejercicio de bolear produce el mismo resultado a mayores
distancias, y sin peligro de efusión de sangre. Los niños en las campañas se
adiestran diariamente en el manejo de esta arma verdaderamente nacional, y aun
en las ciudades era practicado su ejercicio, sirviéndose de un palenque para
blanco, pues no es así no más que el poco ejercitado ha de lograr desde
distancia adecuada envolverlo con las bolas.
En el
interior se hacía la caza de guanacos y vicuñas con libes más pequeños, y los
niños de las ciudades, llegado el invierno, construyen en moldes de greda que
ellos mismos saben construir lo que llaman bolitas, y es un cono de plomo a
guisa de campánula, perforado por el centro, para asirlo a las torcidas de crin
que las unen entre sí, con una tira de paño lacre en el centro para descubrir
su paradero cuando han sido lanzadas a la distancia. Prestábanse al ejercicio
del arte, bandadas de cuervos que dejaban acercarse a los que los espantaban y
era alarde de los rapaces cortarles al vuelo una ala con la cuerda de las bolas
y ver caer ala y cuervo a sus pies, amén de teruteros, loros, íbiñas y otros
pájaros aunque en ocasiones más raras. Dábanse cita los jueves por la tarde los
niños de escuela en un potrero para "revolear", justa en que alguno
lanzaba las bolas al aire, y los demás debían "cazarlas" con las
suyas, sucediendo no pocas veces que cuatro pares se cruzaban con las
mantenedoras y caían hechas el nudo gordiano, tan enredadas entre sí, que era
mejor sacrificar las bellas torcidas de crin, antes que desenmarañar el enredo.
La Pampa no
se cubrirá de árboles en siglos y los avestruces abundarán siempre, porque se
les cuida y conserva. Faltará sólo el jinete que revolée las boleadoras y
persiga a través de los campos, la esquiva y artera "tropiya" de
ñanduces, gambeteando y tendiendo las alas para escapar al tiro.
En los
Hipódromos queda el ancho espacio que guarda por el interior la cancha ovalada.
La del Parque de Palermo es espaciosa, y siquiera por verlo una vez para
mostrarles a los "misteques" una corrida de avestruces, podrían
obtenerse cincuenta, y lanzarlos en aquella magnífica plaza.
Todavía me
temo que las corridas de toros se introduzcan entre nosotros por los poltrones
que se divierten a bragas enjutas.
Las de
avestruces por lo menos son nobles, y mantendrán la destreza y gallardía del
jinete, sin sangre ni brutalidad.
¡Veremos qué
ventajas obtiene la España en la guerra con Alemania de poseer valientes y
diestros chulos y toreros! ¿Van a ponerle dos buenas a un prusiano?
¡Cosa singular!
las boleadoras manejadas por hábiles tiradores han figurado en la historia
argentina, retardando tres veces los progresos de la ocupación cristiana, o
haciendo prevalecer las resistencias indígenas contra un mayor grado de
cultura, como todo lo que es "¡criollito!" El fundador de la ciudad
de Buenos Aires, el General Mendoza fue capturado, según lo trae el doctor
Muñíz, por los indios salvajes, maniatándole el caballo durante el combate y
dándole muerte.
La tradición
no olvida la memoria del célebre coronel Rauch, alemán, que al mando de sus
húsares, no contento con rechazar a los indios del territorio cristiano, se
trasladaba a sus tolderías a imponerles terrible castigo por sus depredaciones,
rescatando los cautivos. Rauch, el temible y movible guardián de la frontera,
fue boleado por montoneras de gauchos e indios, y murió asesinado después de
caído, y liarlo con los libes, los que no se habrían atrevido a mirarlo cara a
cara en sus tiempos gloriosos.
Pero el hecho
más extraordinario producido por este misil pampeano, ocurrió en Córdoba en
1831, dejando estériles tres victorias anteriores del General Paz, en el acto
de emprender con excelentes tropas, su campaña final contra el gobierno de
caudillos que sólo quedaba en Santa Fe y Buenos Aires, estando toda la
República organizada ya y pronta a reconstituir el gobierno nacional, bajo
instituciones regulares, de conformidad con los principios y prácticas de las
naciones civilizadas.
Causa tan
noble estaba confiada al General más hábil y científico que las guerras de la
Independencia y del Brasil nos habían legado; y los que estuvieron más tarde en
su intimidad, como el que esto escribe, oyeron de sus propios labios que tenía
la más completa confianza en el éxito final de la campaña, dados los elementos de
guerra que había reunido y el valor moral de sus soldados. Un tiro de bolas
bastó empero para prolongar veinte años más la guerra civil, dando tiempo a que
se desenvolviese el sistema de sangre y de crímenes que desoló al país, hasta
que en Caseros vino a remediarse el estrago causado por aquel singular
accidente de la vida argentina.
Hecho tan
notable, y tan contra las buenas reglas que preservan al general en jefe de
percances fortuitos, debe recordarse, y aquí tiene su lugar el relato, ya que
hablamos del instrumento mismo.
Avanzaba el
ejército del General Paz en orden regular, cuando se tuvo noticia de la
proximidad de montoneras de Santa Fe, hacia el frente, y pudieran ser emanadas
de centros que quedarían al Este, y por tanto incomodando por el flanco al
ejército en marcha hacia Buenos Aires. Las montoneras de Santa Fe acaudilladas
por López desde los primeros tiempos de la revolución, eran un factor muy
principal en la campaña, y el General en Jefe se propuso examinar a fondo su
número y carácter. Al efecto, y esto explica todo el misterio, había hecho
disfrazar de gauchos una partida de soldados de línea que debían con jefe
entendido ir a la descubierta, sin alarmar desde lejos a los montoneros, que
disciernen de a leguas el porte especial del soldado de línea, sucediéndonos en
las calles de Santiago de Chile en 1842 reconocer en jinetes, desde la
distancia, antiguos oficiales retirados del ejército de los Andes, y
señalarlos.
El General
Paz se había trasladado a la vanguardia a esperar el regreso de sus emisarios,
cuando se vio venir una partida de montoneros en la dirección que él ocupaba.
Su ayudante que no estaba en el secreto, le dijo, señor, son enemigos, de lo
que el General se desentendió, creyéndose mejor informado; repitióle la misma
admonición el ayudante, cuando estuviera cerca, y el General no volvió de su
error, sino cuando los tenía encima. El ejército estaba empero a algunos
cientos de pasos a retaguardia y podía oírse el rumor de los soldados. Otro
incidente del terreno produjo nuevo error irreparable, origen de la catástrofe.
Un montecillo de chañares o algarrobos acababa en punta en el lugar de la
escena, lo que los paisanos llaman una ceja de monte. El General tratando de
huir tomó el lado de afuera de dicha ceja, sin reparar que era en forma de
cuña, de manera que cuanto más avanzaba más se separaba del campamento, sin
poder atravesar el bosque, una vez conocido el error.
El mismo
orden de plantación, diremos así, estorbó que un vapor de doble quilla que
trasportaba un escuadrón de caballería con sus caballos, y medio batallón de
infantería tomase a López Jordán en el puerto de Hernandarias, adonde había
venido con una escolta, en procura de un prometido armamento. La expedición
desembarcó a la cabecera de un monte, del lado opuesto a la entrada, por
precaución y cautela; pero como el bosque asumía la forma de cuña, perdieron la
noche en andar y desandar, y el golpe se malogró.
¿Qué son pues
las boleadoras que tan singulares efectos han producido? ¿Sabémoslo nosotros
mismos ni el público en general? No encontraría el escritor europeo, un autor
que le describa este instrumento único en su género, pues como lo hemos
demostrado es invención pampeana, sugerida por la escasez de piedras. El
Coronel Muñíz en las notas con que ha aclarado el texto de su estudio sobre la
"vaca ñata" les consagra un capítulo, y no he de ser yo quien lo
suprima, admirando por el contrario esta prolijidad de conservar por lo
escrito, la descripción de las cosas vulgares hoy de la Pampa; pero que pueden
tener un valor histórico o tradicional, como sucede en efecto con las bolas.
"Bolas
de potro" dice, son tres piedras gruesas como el puño, forradas en cuero,
y atadas a un centro común con fuertes cuerdas de lo mismo, de más de una vara.
Las usan tomando la más pequeña, que llaman "manija"; y haciendo
girar sobre la cabeza las otras dos voladoras las despiden a las patas del
caballo o vaca que quieren enredar. Debe existir cierta relación entre el peso
de la manija, y el mayor de las voladoras que deben ser iguales entre sí, sin
esta circunstancia al arrojar las bolas, las voladoras arrastrarían sin
contrapeso a la manija, lo que perjudicaría a la seguridad y buen efecto del
tiro ... El lado de la manija es un poco más corto que las voladoras; peso de
éstas, seis a ocho onzas, según la fuerza del brazo.
"Los
tiros de bolas se distinguen en tiro de tres vueltas que es el más largo que
puede hacer un hombre, probablemente a la distancia de veinte varas. Un tiro
más largo es un tiro de azar. El de dos vueltas es el regular, de quince varas
más o menos. El de una vuelta que comprende la mitad de este tiro, y todavía se
puede llamar tiro de media vuelta aquel en que se pilla tan cerca el animal que
poco hay que revolear para enredarlo con las bolas. Esto se llama tomar el
animal bajo el freno. (Las bolas que han de usarse para avestruces, ciervos,
guanacos, pueden ser de menos peso, si se quiere evitar fracturas con el golpe
de la bola. En este caso pueden ser de plomo)."
Ultimamente,
y para completar las notables observaciones de Muñíz, debe tenerse presente que
es difícil salvar al caballo de la acción de las bolas, cuando vienen lanzadas
por mano hábil. Hemos visto maniatar a un sargento, tomándolo del costado de su
mitad, ligando en un terrible nudo la tercerola que tenía en la mano, el
cuerpo, los brazos y la rienda del caballo, de manera que quedándose éste
parado, el cazador de hombre pudo desmontándose, bajarlo del caballo como a un
manequí, quitarle de la cintura el sable, y desprenderle la carabina antes de
desenvolverlo del lío. Los más afamados gauchos al decir de Muñíz tienden el
poncho extendido hacia atrás del caballo, tomándole de una punta, tendiéndose
ellos en la fuga a todo escape, sobre el anca del caballo, de espaldas, a fin
de alejar más y más el poncho para que las bolas se enreden en él, antes de
tocar al animal. En la retirada de la dispersa caballería después de Cepeda,
los mayordomos que acompañaban al rico estanciero Cascallares, venían en pos,
revoleando los lazos, con el mismo fin de detener las bolas al paso, pero no
llegaron los enemigos a ponerse a tiro de lanzarlas.
La
domesticación del avestruz es ya un hecho conquistado, y sería gloria argentina
exclusiva el haber añadido un animal más puesto al servicio del hombre, si al
mismo tiempo y con más producto no hubiese sometido el avestruz de Africa, que
ya se propaga entre nosotros con el uso de la incubadora artificial.
Hay ya
propietarios que poseen dos mil cabezas de avestruz nuestro, y en menos
cantidad siempre creciente se les ve en los terrenos alambrados regocijando a
los pasajeros al pasar los trenes.
Al pasar el
que viene de la ciudad de La Plata por la estancia de Pereira, una tropilla de
veinte avestruces acertó a estar al paso. Gustóles la gracia y echaron a correr
con el tren, levantadas las cuarenta alas al aire, gambeteando hasta darse por
vencidos, con el aplauso de los pasajeros, asomados por las ventanillas.
Cuando la producción de huevos
exceda a la demanda para aumentar las crías, se venderán por millares en
nuestro mercado para proveer a fritangas y tortillas monstruos.
Sin eso ya
hemos enriquecido con un nuevo animal doméstico al mundo, para proveer de un
nuevo comestible al hombre.
Llámase
Cabiay en el "Anuario Científico Industrial" de 1864, al que nosotros
llamamos Carpincho, pues dice que se le encuentra en Buenos Aires.
"La
domesticación, dice, sería, a lo que parece, una excelente adquisición para las
estancias y casas de campo, pues no demanda más cuidados que un conejo, y puede
suministrar tanta carne como un cordero.
"Su forma es la del cerdo:
piel rosada, cubierta de pelos gruesos color canela. Y aunque no tenga los pies
palmeados nada bastante bien, manteniendo el hocico fuera del agua. No es
acuático sin embargo, y sólo se echa al agua para defenderse de sus enemigos."
Don Marcos Sastre crió uno en su casa de San Fernando, que se daba mucho con
los niños y jugaba con ellos. Una vez robado, se escapó y volvió a su casa. La
carne es excelente, y en una fiesta veneciana tenida en el Carapachay, todo el
high-life gustó en general de un enorme carpincho asado, chupándose los dedos
las damas que no sabían que era carpincho, y relamiéndose los bigotes los
machos que lo sabían.
El Parque 3
de Febrero tiene actualmente un casal de hermosos carpinchos enteramente
domesticados, y tanto, que tienen tres cachorros, o lechones, en estado y edad
de ir al horno, si no fuera que va a ensayarse la cría regular y propagación de
tan útil y sabroso producto. Acaso sean las islas del Paraná su patria,
excelente terreno acuático para establecer estancias de carpinchos, y que el
chasco y sorpresa de la no olvidada fiesta veneciana de las Islas, a que
asistió el presidente, haya llevado la fama de su sabor a jardines de
aclimatación de Europa, con la noticia dada por el Anuario citado. La ménagerie
de Buenos Aires lo ha ensayado con el mayor éxito, como lo ven los millares
que visitan el Parque 3 de Febrero, donde ya ha empezado la cría.
Otras
adquisiciones podemos hacer como hemos ya hecho la del ñandú y la del
carpincho. La pampa se puebla de árboles con dificultad a causa de la
abundancia de las hormigas que los persiguen y destruyen.
Dios creó el
mundo, y las hormigas el humus, que cubre de una tercia la superficie de la
tierra. Sin hormigas no hay agricultura ni civilización. Tiene este reino
animal moderadores, leones y tigres que contienen a los herbívoros de
apoderarse del suelo. ¡No hay enemigo chico!
El oso
hormiguero encargado de la policía de las hormigas, su boca contiene una espada
flexible, elástica, cubierta de un pavón viscoso que mete en los hormigueros, y
recogiendo el instrumento se trae consigo un hormiguero entero. Hoy está
relegado a los bosques del Chaco, tanto lo han perseguido los conquistadores
del suelo. Cada estancia debe llamar a estos proscriptos al seno de la patria
común.
Todavía queda
otro animal utilísimo y mandado hacer exprofeso para mantener la
mecánica animal. Deshonra y envilece nuestra horticultura, la multiplicación
del gusano de canasto, bicho indecente que hace el invierno en la canícula,
despojando la vegetación de su más bello ornato, las hojas. El caatí u
oso lavandero tiene la vocación especial de almorzarse, yendo de rama en rama,
en un santiamén, todos los gusanos que contienen los cestos de uno o dos
naranjos infestados; y así de suite con todos los árboles de una finca.
Abunda en Corrientes y le llaman los naturalistas "lavandero" por su
innata propensión de lavarse la cola. Lo hemos visto hacer esta operación con
jabón; la mano de oso de su familia, aunque pequeña, se presta para manejarlo.
Otro animal
doméstico tiene anunciado la fauna de la Pampa al mundo gastrónomo para el
siglo XX. No ha ensayado la naturaleza forma tan gigantesca como la de
clyptodones, que pudieron llevar el peso de seis hombres sobre sus lórigas, ni
reducídolas al pichiciego superviviente que cabe en el hueco de la mano,
mediando armadillo, peludo, quirquincho y mataco, nada más que para que se
admire con la boca abierta su inventiva de formas extrañas, sin comérnoslos.
Si aún
hubiere reyes, en el siglo venidero comerán mulitas en sus mesas fastuosas,
criadas en vivares como los conejos. Es una experiencia que está por hacerse.
Don Augusto
Belin Sarmiento llevó un casal al jardín de plantas de París para su
propagación; y los que dan de almorzar a extranjeros transeúntes deben
propinarle una mulita asada en la cáscara y pedirles que nos den des
nouvelles . La gente culterana de Buenos Aires, porque eso de culto no es
de prodigarlo, no come mulita por refinamiento, pues que M. Charpienter no las
ha reconocido cultas, él, que sirve rana a los franceses, y no diremos que gato
por liebre a sus parroquianos.
El pavo es
contingente con que la América del Norte contribuyó al regalo de la mesa del
hombre. ¿Por qué la del Sud no proveería el más delicado manjar que la raza de
los edentados produce, ya que, descendida de las colosales dimensiones del
clyptodón, se reproduce sin limitación en nuestros campos?
El Parque
Tres de Febrero, o la menagerie , de Palermo, podrían ensayar su
domesticación.
D. F. Sarmiento
El ñandú, churí o
avestruz americano
(Struthio Americanus de
Linneo. Rhæa Tuyuyú de Brison)
Hemos
inquirido con el más vivo interés la historia completa de esta ave singular,
sin que nuestro empeño fuese hasta hoy gratificado con el deseado suceso. El
mismo señor de Azara, fiel y juicioso historiador de nuestros animales y de los
del Paraguay, no trae sino nociones muy sucintas sobre ella. El artículo que
consagra a esta especie la "Biblioteca Americana" (tomo l°, página
162) es una compilación, como dicen sus sabios autores, en cuanto a los
caracteres del orden, familia y género, de lo que han escrito sobre ella Cuvier
( Règne animal), Sannini ( Nouveau diction. d'hist. nat.), Hammer
( Ann. dumus, de hist. nat.), Azara ( Hist. de las aves del
Paraguay). Los redactores de la "Biblioteca Americana" hicieron
también uso de noticias comunicadas por personas inteligentes.
A pesar de
tanta información, la historia que hacen del Ñandú es compendiosa y en
muchas partes inexacta. La estampa que insertan copiada de la de Hammer, con
una leve alteración en el pico, es incorrecta, a pesar de los defectos que
advirtieron en la de Azara, en la del nuevo diccionario, en la de la edición de
Buffon por Lacépède, en la de Shaw. La de la "Biblioteca Americana",
que en lo demás es natural, tiene de imperfecto una especie de mechón de plumas
demasiado abultado y largo en el sitio donde la rabadilla apenas cubierta de
plumas cortas sobresale muy poco a las extremidades alares, que superiormente
la ocultan; el pico, menos convexo y más prolongado; las escamas de los tarsos
de su mitad abajo, siendo así que los cubren casi completamente en su parte
anterior en número de cincuenta o más, y posteriormente en sus dos tercios
superiores y no el inferior como representa la lámina. Por esta causa nos hemos
resuelto a hacer la presente descripción, si más detallada de lo que debiera
serlo en una obra de historia natural, no por eso redundante ni tan difusa,
cuando su objeto es privado y su destino pudiera decirse informativo también de
ciertos usos, que no es impropio denominarlos nacionales.
Si el ilustre
M. Buffon da minuciosos detalles del Avestruz Africano, de cuanto
concierne a su caza, propensidades, etc., ¿omitiremos nosotros, aunque
desprovistos de la aventajada elocuencia y del inmenso saber de aquel grande
hombre, aquellas explicaciones tendientes a ilustrar con regular variedad y
extensión el conocimiento de esta interesante especie americana?
M. Cuvier ( Elem.
de la hist. nat. de los animales) adopta el nombre de Tuyu con el
cual M. Buffon distingue a esta especie; tanto por conocerla con él, dice este
sabio en la Guyana, cuanto por la analogía que le supone con la voz de esta
grande ave terrestre.
Pero Tuyu,
palabra compuesta, significa en guaraní, dice el señor Azara, barro
amarillo. Los guaraníes designan con ella la familia de las Cigüeñas, que
no tienen la menor relación con el Ñanduú o Churí, nombres que,
aunque distantes, representan en su idioma al Avestruz.
Los
brasileros le llaman Ema en sentir de M. Buffon, erradamente, porque este
nombre corresponde, dice, al Casoar.
En las
Repúblicas del Plata le apellidan indistintamente Ñandú o Avestruz. En
Chile, donde según este escritor, le denominan Surí, no sabemos exista
al presente. Algunos que se ven en la ciudad de Concepción y en otras partes,
son transportados del lado Oriental de los Andes, o de las quebradas o valles
sitos en las faldas de esas montañas.
De los varios
cognómenes que los naturalistas impusieron a esta especie, como: Avestruz bastardo,
Grulla ferrívovora, Casoar gris con pico de Avestruz, Avestruz de Magallanes
, etc., ninguno parece más impropio que el latino Rhæa (nombre de Cibeles
con su torre en la cabeza) con relación sin duda a un casco como el del Casoar
que el Ñandú no tiene; ni otro tan racionalmente aplicado como el de
Avestruz de Occidente.
El célebre
Barón Cuvier adapta, con impropiedad, en la obra predicha, al Casoar los
nombres de Mandú-Churí, que aun cuando alterado el primero, sólo se
refieren al Ñandú o Avestruz Americano.
Este no
debería enumerarse entre los brevipennes o alicortos de Cuvier;
primera familia del orden gralatorias o porta zancas ( grullæ
Linnei; échassiers de los franceses). Ese nombre se impuso a aquellas aves,
porque la brevedad de sus alas las inutiliza para el vuelo. Las del Ñandú, de
cerca de tres pies, no deben reputarse tan pequeñas aun para el cuerpo poderoso
de esta ave. Ellas no le favorecen, en verdad, para elevarse en los aires; pero
es la naturaleza de las plumas, su particular colocación, la deficiencia de
ciertas partes y la inadecuada disposición de otras lo que influye, más que su
brevedad, en aquel resultado. Lo mismo observaríamos, si subsistentes los
mismos inconvenientes naturales, concediéramos a las alas, o ellas tuvieran,
una dimensión dúplice o cuádruple.
Por otra
parte, los brevipennes tienen sumamente débiles los músculos que mueven
las alas. Su esternón chato y de corta extensión, no presenta superficie
bastante a la inserción de los músculos que agitan las alas; pero los humerales
y sus tendones en el Ñandú son en extremo vigorosos y robustos, y están
dotados proporcionalmente de la misma fortaleza casi que los de los miembros
inferiores. Su esternón, siendo tan amplio, no necesita de la quilla o cresta
indispensable a las aves de vuelo para proporcionar puntos de implantación a
las fibras de sus poderosos músculos escápulo-braquiales y braquio-esternales.
A no
formarse, pues, del Avestruz americano un carácter único, una
especie sui generis, creemos que la colocación que le asignó Linneo
entre los gallináceos por su pesantez, por su régimen y por la
configuración de su pico, es la que convendría conservar como más natural
individualizante.
Exterioridad de la
especie
Sus individuos interesan a cuantos les ven, por su peculiar hermosura, por su índole inocente, apacible y cándida. Su cuerpo ovoide, cónico posteriormente, es esbelto. Su marcha, cuando tranquilos, llevando el cuello enhiesto, es grave y mesurada. Son graciosísimos cuando corren; y hay que admirar en ellos la soltura y agilidad de sus movimientos tan varios como vivos. No es fácil distinguir a primera vista el macho de la hembra, a no verlos juntos. Sin embargo, el mayor volumen del cuerpo, el del grosor de las extremidades, el negro si no más subido mucho más extenso en las plumas del escapulario en el macho, la mayor prolongación de su anca [ 1 ] comparada con la de la hembra que la tiene redondeada, hacen reconocer el sexo a aquellos que han visto muchas de estas grandes aves.
Su cabeza,
lejos de ser pequeña, es muy proporcionada al tamaño del cuerpo. Si tal aparece
a la distancia, es en virtud de la gran mole de éste y por estar montada sobre
un cuello tan prolongado. No es por tanto verdadera la pequeñez en que inculca
M. Buffon y otros que le siguen. A ser mayor aquel miembro, se asemejaría más
que al natural de las aves, al de algunos reptiles; y entonces, perdiendo su
hermosa apariencia, tomaría el aspecto extraordinario de un animal hórrido y
dañoso. De cualquier modo, su peso de más de ocho onzas, cuando fresca, no
obstante la gravedad del pico y de la lengua, se oponen al concepto de una
exigüidad desfigurativa.
Ella no es
aguda como la de las demás aves, ni necesita esa disposición, pues privada la
especie del vuelo, sin tener, por consiguiente, sus individuos que hender los
aires, se concilia perfectamente con su destinación pedestre la organización
obtusa de aquella parte. La pluma que la reviste es espesa, áspera y cerdosa:
la negra que cubre su parte superior forma una especie de medallón, en cuyo
promedio se observa en los machos adultos y aun en las hembras, en la misma
edad, un filoncito plumoso a manera de cresta inclinado hacia atrás.
Como
continuación, desciende desde allí por detrás una faja negruzca, que
ensanchándose y haciéndose más rara sobre el dorso, se extiende hasta la última
vértebra. La parte inferior y las laterales están pobladas de plumas
blanquizco-cenicientas. Circuye su base y baja hasta el pecho una golilla de
pluma negra más ancha en el macho que en la hembra. Dos porciones triangulares
de pluma mora, que caen por ambos lados hasta tocarse inferiormente por un
ángulo, sirven de opérculo o sobrevesta al corbatín negro, el cual queda más
visible sobre la pechuga que por todo otro lugar.
La de la
grupa que cuelga ligeramente por los lados y por detrás, y la del vientre, son
absolutamente blancas. La de los muslos y piernas es mora y tupida como la de
la cabeza y cuello; alcanza anteriormente hasta una pulgada más arriba del
talón o vulgarmente rodilla, llegando por los lados y por detrás algo más
abajo.
De las
plumas largas de las alas, que son de ciento treinta a ciento cuarenta en cada
una, las mayores tienen dos pies de largo, y son blancas de la raíz hasta su
mitad y en el resto grises o cenizo-plúmbeas. Su distribución es en rangos
paralelos de cinco plumas uno, interceptados de espacios de una pulgada
enteramente limpios. Las del húmero o primer hueso son más cortas que las de
los segundos (el cúbito y el radio) y aun también que las del cuerpo. Su
dirección es hacia arriba y atrás.
Las del
carpo, que son como veinte en línea, fuera de ocho muy hermosas absolutamente
blancas que orillan su primer hueso, sirven de movible apertura al ano. El
pulgar tiene diez plumas de color común; éstas, como las del carpo, inclinadas
atrás. El espolón o cornezuelo curvo y deprimido, de una pulgada de largo y aun
mayor en el Ñandú viejo, tiene su articulación en las extremidades de aquel
dedo. En el nuevo es plumoso, pasa después a córneo y adquiere finalmente el
aspecto y la consistencia, o sea en la edad provecta.
Todas estas
plumas son filamentosas, secas, blandas, desprendidas unas de otras, y sus
barbillas sin la menor adherencia entre sí. Se asemejan a las del pavo real en
estas condiciones, aunque sus astiles sean mucho más endebles. Todas ellas son
inútiles, ya para dirigir, ya para sostener el vuelo.
Las alas del
Ñandú en flexión tienen una apariencia singular comparada con las de las otras
aves en igual situación. Estas, incluso el Avestruz Africano cuando las plegan,
dejan el dorso descubierto; aquel le cubre enteramente, alcanzando a envolver
con ellas, como con un manto, todo su cuerpo. Cuando las levanta por cualquier
motivo en bóveda (lo que hace frecuentemente) o las extiende, entonces queda
patente el ano, manifestándose él y la grupa sólo resguardados por las cortas
plumas blancas y no grises, como dice M. Buffon, de que naturalmente está
vestido.
Este insigne
naturalista informa que el Tuyú tiene sobre el dorso y en contorno de la rabadilla
largas plumas, que cayendo hacia atrás, ocultan el ano. Pero estas partes están
apenas cubiertas por plumas que no pasan, en un Ñandú adulto, de cuatro
pulgadas. Una sola propia de aquellos lugares no desciende en limbo o cenefa
aun para servir de diáfano tegumento al ano, que dista dos pulgadas del
uropigio o rabadilla cónico convexa, pelada y callosa además en una pulgada de
circunferencia. Son las alas cruzando sus plumas extremas, cuando recogidas,
las que celan con ellas al mismo tiempo que el dorso, aquel conducto excretorio
de las heces intestinales.
En la
especie del Ñandú no hay individuos enteramente negros, como dice Molina
haberlos visto, aunque los haya blancos, pues originalmente son de un mismo
color.
DESCRIPCION DE UN ÑANDU
ADULTO
Sus sentidos y principales órganos internos
Pies pulgadas líneas Longitud de la cabeza con el pico. 78
De éste hasta su ángulo o comisura................................. 53
De esta parte hasta las primeras plumas de la cabeza.................. 36
Mayor espesor del cráneo.............. 4
Longitud de la rama superior del pico.................................. 3
De la inferior......................... 66
De las de la mandíbula hasta el oído............................... 66
Del hueso inferior del pico hasta su porción ahorquillada............... 2
De la extremidad del pico a la de la lengua............................ 3
Término medio de la prolongación del cuello, siendo susceptible de una mayor al arbitrio del animal.. 23
Longitud del tronco................ 22
Total longitud del pico a la rabadilla............................. 58
Medida circular sobre la grupa..... 24
Sobre el arqueo del dorso.......... 28
Sobre lo más grueso del muslo...... 18
Sobre la rodilla.................... 10
Sobre el tarso cerca de la pata..... 7½
De la extremidad de la uña a la crucera............................ 36
El dedo de enmedio, inclusa la uña de una y dos tercios de pulgada, que tiene de largo........... 6
El exterior, con la uña de una pulgada y un cuarto................. 3½
El interno la misma dimensión........ 2
Ancho de la pata..................... 3½
Su grosor de arriba abajo............ 1
Longitud del muslo................... 9½
De la pierna......................... 11
Del tarso............................ 12½
Este tiene anteriormente como cincuenta escamas parduzcas, y cubren posteriormente sus dos tercios superiores. Todas están sobrepuestas.
La rama superior del pico tiene cinco puntitas; la inferior tres, que obran a modo de dientes.
Peso de un Ñandú adulto y bien portante, sesenta a setenta y cinco libras.
Bordean los párpados, por pestañas, plumitas finísimas, duras y rectas. Se asemejan a las cerdas, siendo del todo peladas, particularmente hacia la extremidad. Son más numerosas en el párpado superior que en el inferior. Un espacio limpio de pluma, cubierto de piel fina color plomo, rodea el ojo y se extiende hasta el pico. No tiene cejas, como dicen los autores de la "Biblioteca Americana" y otros.
El ojo está sólo resguardado superiormente por una membrana fuerte y tirante como el pergamino de un tambor, que es continuación del pericráneo. Ella está revestida de una piel gruesa cubierta de pluma bien tupida. Ambas cierran el espacio semilunar que dejan de aquel lado los huesos que componen la órbita.
[...]ojo le quita en parte la redondez, es absolutamente inmóvil, y no móvil como el del Avestruz Africano.
El párpado superior que cayendo algo sobre él según M. Buffón. Ese descenso del párpado si resguarda al ojo en la parte que le cubre, no le permite ver hacia arriba, si no es ladeando algo la cabeza. Por el contrario, la depresión posterior de la órbita permite descubrir los objetos situados detrás; disposición que favorece las miradas a retaguardia, tan necesarias al Ñandú cuando huye perseguido.
El no pestañea propiamente, sino que vela el ojo con la membrana transparente clignotante que le sirve de párpado interno, descorriéndola de arriba abajo y de delante atrás con celeridad suma. Un músculo elevador y otro depresor adheridos a cada extremo de la membrana movible, facilitan esa acción casi simultánea.
Aun cuando el ojo del Ñandú somero o a flor de la cabeza, exteriormente redondo, de una pulgada de diámetro, de un pardo despejado y transparente, con una pupila negra, y orbicular, de una inocente brillantez, se asemeja al del hombre, como dice M. Buffon, sin embargo, privada en sus actos esta especie, como todos los animales, de la expresión que reflectan las pasiones sobre las del jefe de la creación terrena, que son como el espejo fusivo de sus emociones internas, pierden los del Ñandú mucho en la comparación, apareciendo, después de hecho, siempre indiferentes y uniformes, jamás en una actitud crítica, embarazosa o conmovida.
La órbita ni es cónica ni tan profunda como en el racional. Sus dimensiones son casi iguales en todo sentido, siendo tan grande su capacidad, que si a una de estas cavidades se añadiese el cuarto de la otra, se tendría el equivalente del hueco del cráneo o del espacio que ocupa la masa cerebral entera.
Un tejido fibroso bastante tenaz y fuerte, músculos firmemente adheridos a la esclerótica, y un par que acompaña al nervio óptico desde su entrada en la órbita, afirman el ojo a las paredes de la cuenca y le inmovilizan absolutamente. Cierta porción de gordura amarillenta tapiza o llena su fondo.
Los conductos que dan paso al nervio predicho son
redondos, y los separa un septo membranoso muy fuerte.
Desprendido el ojo de la órbita en el Avestruz de Africa toma por sí mismo,
dice Ramby, citado por M. Buffon, la forma triangular. En el ojo del Americano
se observa esa misma figura, no porque la adquiera después de su extracción,
sino porque la tiene naturalmente, como nos lo mostraron repetidas pruebas. El
vértice de ese triángulo imperfecto corresponde al ángulo interno del ojo
debajo del origen o arranque del párpado interno. Esa salida obtusa es
ocasionada por el humor acuoso, que extiende de aquel lado las membranas,
haciendo perder al ojo su forma esférica.
El diámetro ántero-posterior del globo, de pulgada y media, es mayor que el vertical, a causa de la configuración expresada. Por consiguiente, el ojo de esa grande ave, que no es por poca cosa globular, no entra o no puede alojarse en la órbita humana. Cuando mucho, ésta le abarcaría en su diámetro transversal, y eso sólo en su entrada. Imposible sería hacerle penetrar más allá, en virtud del estrechamiento gradual o conoide que asume de adelante atrás la órbita de la especie racional.
Aunque los humores del ojo proyectan la pupila hacia adelante, dándole no poca prominencia, sin embargo, no se forma idea por ella del volumen del órgano encerrado en la cavidad visual, que es mucho más grande que lo que exteriormente se muestra.
La esclerótica es semi-opaca, dura, al parecer inorgánica. La cubre interiormente una membrana negra, lustrosa por ambas faces, floja en su textura, que se desprende y arrolla fácilmente. En el modo de separarse, en el color y lustre, se asemeja a la cutícula que cubre inferiormente a cierta variedad de hongos. Al extenderse sobre los anillos óseos que rodean la pupila (mucho más fuertes cuando le son más próximos) se esparce en tenuísimos filamentos paralelos, que remedan a un haz o manojo de partes simétricas o a los dientes de un peine fino, como es general en las aves.
La córnea es fibrosa y tenaz.
El cristalino, de dos granos de peso, de una diafanidad tan pura como lúcida, a pesar de la adhesibilidad de sus partículas, es esférico, y parece más convexo anterior que posteriormente, al contrario que en el hombre. Su cápsula, aunque de una perfecta transparencia, es más densa anteriormente que en el resto de su extensión.
El humor vítreo, de cuatro granos de peso, es de forma esférica. El ocupa el cuarto anterior del globo del ojo, al contrario que en el hombre. El es semejante, como el de éste, al vidrio fundido o a una goma transparente y pegajosa. La tenacidad intestina de sus moléculas no le permite refringirse o perder su cohesión, cuando se le suspende. Está, como el humano, dividido en celdillas de igual tamaño por una membrana tan fina como la hyaloides. Se le nota una depresión para alojar al cristalino.
El humor acuoso claro y transparente existe en tanta o mayor copia que en el hombre, pues no baja su peso de ocho a diez granos. El surge con ímpetu cuando se penetran las membranas del ojo. La que particularmente le contiene es de textura sumamente delicada.
El nervio óptico se introduce en el globo ocular, envuelto en una fuerte membrana, por el promedio de su porción lateral interna. El resto del ojo está conformado como en las demás aves.
Si los de los mayores cuadrúpedos son pequeños en proporción de su tamaño, los de la mayor ave de nuestro continente son grandes en el sentido de su tamaño. Aunque según el eminente M. Cuvier los ojos mayores son en los animales los mejor adaptados para ver en las tinieblas, el Ñandú, así como la familia entera de los gallináceos, y aun otras aves de ojos no pequeños, ve poco en la noche. De día, por el contrario, descubre los objetos a gran distancia, y los registra, siendo la dirección de sus ojos hacia adelante, con entrambos a un tiempo.
Pesa el ojo, recién extraído, siete dracmas o
quinientos cuatro granos. El cerebro cuatro dracmas o media onza.
El conducto auricular, de una pulgada de diámetro, se abre detrás del ojo y del
ángulo de unión de las dos mandíbulas. Corresponde a la parte posterior y menos
ancha de la bóveda del cráneo, y se muestra dentro de un espacio de pluma
ceniza, rodeado de otro que la tiene negra.
Aunque la finísima, que con apariencia de cerdas duras rodea la apertura del oído, esté dispuesta en perfecto círculo, su entrada, sin embargo, es oblonga y algo más ancha adelante y abajo que en lo demás. Contribuye a darle esta forma en la parte posterior un repliegue de la membrana externa de color de plomo, y superiormente un borde de los huesos de la bóveda del cráneo.
La estructura interna del oído, tanto en las piezas óseas como en el todo de su conformación, se confunde con la de las otras aves.
El sentido del tacto es obtuso y mucho más que en otras aves, por la grosura callosa de la piel de sus dedos y patas, por las fuertes escamas de los tarsos, la consistencia córnea del pico y el plumón abundante y espeso que cubre muchas partes de su cuerpo. La piel es gruesa en proporción de la magnitud del ave, principalmente sobre ciertas partes, lo que contribuirá a embotar más el sentimiento. Pero nunca podrá ella ser útil para corazas o cotas de malla como la del Avestruz africano, según escribe, con verdad o sin ella, M. Buffon.
Una tapita carnosa cubre las ventanas de la nariz y un repliegue longitudinal de su membrana interna, que es continuación de la del pico y de la de las fauces, forma una especie de ternilla blanda, que parece debiera producir cierta modificación en el aire que se respira. Ella es incompleta, no constituye tabique y es probable que vibre en las grandes inspiraciones y en el canto. Mirando por la parte superior de los conductos se descubren las ternillas en forma de membranas tirantes. Los conductos nasales tienen unas grandes aberturas de comunicación al paladar, lo que proporciona la entrada y salida de una considerable porción de aire, en un tiempo dado, lo que es ventajosísimo y más necesario en esta especie que en otras.
A pesar de una estructura algo complicada, el olfato debe ser quizá obtuso cuando la especie traga de todo y aun substancias de olor ingrato y algunas nocivas a la existencia del hombre. Esto es acomodando ese sentido en la especie del Ñandú a la impresionabilidad del nuestro; manía que no basta a destruir la presencia de seres distintos en propiedades y en formas, y que siendo de diferente naturaleza a la nuestra ejercen funciones primitivas que, en relación con sus atributos, discordan extrañamente de las cualidades inherentes al hombre.
Tal vez la especie carezca de nervios olfatorios o al menos no encontramos los cuerpos acanalados de donde ellos proceden, ni las eminencias piramidales de donde toman origen aquellos cuerpos; defecto que se observa, por una rara coincidencia, en varios cetáceos.
Puede también influir en la disminución de ese sentido como en la del siguiente, la brevedad del pico y el aplanamiento de la cabeza, circunstancias que minorando la extensión de los conductos nasales y de la lengua, deprimen en proporción la energía de sus funciones propias.
Respecto al sentido del gusto, él parece igualmente entorpecido. La lengua semi-cartilaginosa y cubierta de una piel aunque apretada y densa, muy húmeda, como lo es todo el interior de la boca y fauces, no presenta ni vestigios de papilas nerviosas. Ella representa una elipse de base semilunar montada sobre un hyoides cuyas alas o ramas, de dos pulgadas, delgadas y agudas, depasan inferiormente la abertura de la glotis. Tiene de diez líneas a una pulgada de largo y otro tanto de ancho en su base. El replegue membranoso que forma el frenillo, le deja libre desde la mitad de su longitud. Igualmente lo están hasta su base los bordes laterales y aun parte del posterior. En lo demás está este órgano adherido a los tejidos subyacentes, no obstante que puede elevarse, deprimirse, y aún ejercer ciertos movimientos laterales aunque obscuros.
La entrada del esófago es grande y sumamente dilatable. Tiene regularmente dos pies y cinco o más pulgadas de longitud hasta una sobre el ventrículo. Allí se encuentra, en rededor de aquel conducto, una glándula conglomerada de tres pulgadas de largo y una y media de espesor. La forman numerosos cuerpecillos lobulares o sea simples glándulas sin comunicación entre sí. Compónese su substancia de la reunión de granos carnosos semejantes a los que constituyen en el hombre el thymus, los cuales resultan del lacis o red de vasos o de nervios. De cada folículo o cripta nace un conducto, el cual reunido a otros de la misma procedencia, llegan a originar conductos mayores, los cuales se abren al esófago rodeados de un esfínter.
El ventrículo, largo de ocho a nueve pulgadas, pesa aproximadamente, en su plenitud, algo más de tres libras. Una epidermis áspera y coriácea, perforada en varias partes, arrugada e inorgánica, le cubre interiormente. Se le sobrepone una membrana tendinosa, casi cartilaginosa, blanca, gruesa y dura, cuya faz interna está sembrada de mamelones, que insinuándose por los foránimes o agujeros de la túnica interna, pudieran desempeñar el rol de instrumentos de la sensibilidad y de despertadores de la acción muscular del ventrículo.
Al exterior de esa membrana se adhieren espesos manojos o digitaciones carnosas, que al converger sobre el cardias o boca del estómago, dejan libre (como el centro frénico o aponeurótico del diafragma en el hombre) el espacio de una pulgada por donde aquella se descubre en su genuina textura. Tanto ella como la epidermis coriácea están hondamente surcadas en el sentido longitudinal del ventrículo que es el que guardan los haces musculares. Estos obran sobre estas partes en las fuertes y continuas contracciones que necesariamente ejecutan durante el trabajo digestivo.
Siendo improbable que para su cumplimiento segreguen las membranas propias del ventrículo los jugos indispensables, es presumible que ellos se elaboren en el parénquima o cuerpo de la gran glándula esofágica, que arriba mencionamos. En efecto, el interior de las glandulillas, cuya conglobación forma aquel gran cuerpo, está impregnado de una linfa o humor viscoso, insípido, coagulable por el alcohol. Excitada su secreción por el contacto de las substancias alimenticias con sus orificios esofágicos, y aún simpáticamente después de residir en el estómago, es de creer se derrame en la copia necesaria al perfecto acabamiento de aquella función eminentemente reparadora.
La estructura de esta entraña en el ñandú ofrece caracteres de notable singularidad, mucho más si se compara con la del Avestruz Africano. Ella se distingue de la de las aves en que carece de la molleja o del ventrículo succenturiado de éstas, de los rumiantes y de otros cuadrúpedos en no tener aquella víscera múltiple o de cuatro cavidades. El Africano tiene, dice M. Buffon, molleja y muchos estómagos e intestinos que por su capacidad y composición corresponden, parte a los rumiantes y parte a los otros cuadrúpedos.
Sin duda, que un mecanismo tan complicado y esa extraordinaria organización, que parece destinada en la especie a fines opuestos, al ejercicio de funciones contradictorias, es supremamente distinto del simple aunque vigoroso aparato del Avestruz americano.
La válvula del píloro, o intestinal, es robusta y redondeada.
Los intestinos delgados, carnosos, blanquizcos, uniformes en grosor, sembrados de válvulas connivientes tienen de longitud seis pies cinco pulgadas a corta diferencia. Los ciegos un pie tres pulgadas. Estos son dos que situados uno a cada lado de los intestinos delgados se unen a ellos, así como los apéndices vermiformes, que son su continuación, con un tejido celular flojo con algunos vasos y gordura. La válvula íleocecal es redonda, firme y carnosa. El colon, de la misma estructura y de mayor amplitud que los delgados, tiene un pie dos pulgadas de longitud. El recto, que no se ha podido observar libre de excrementos, forma cuando ocupado por ellos, un recipiente casi oricular de cinco a seis pulgadas de diámetro, es una verdadera cloaca continente de las substancias excrementicias sólidas y líquidas. Este intestino y los ciegos siempre llenos y distensos por uno o ambos de estos materiales, tienen sus paredes delgadas y transparentes. Apenas se ven serpentear por ellas algunos diminutísimos vasos sanguíneos.
Como se observa en los herbívoros, la división de los intestinos delgados con los gruesos es muy sensible, e inmensa la diferencia entre aquéllos, los ciegos y el recto. Por otra parte, la naturaleza ha suplido en esta especie el defecto de longitud intestinal por una liberal concesión en amplitud y grosor. Pudiera ser, que nos le ofreciera así dispuesta, por tener ella propensidades omnívoras, y por colocarle más o menos a igual distancia de los herbívoros que de los carnívoros.
Los apéndices vermiformes son excesivamente largos, pues no teniendo los del hombre más de tres o cuatro traveses de dedo, los del ñandú miden la enormidad de un pie dos pulgadas. En el sitio de unión con los ciegos forman cintura, y siguen decreciendo en diámetro hasta terminar en punta aguda. Su textura es igual a la de los intestinos delgados, y su interior está cubierto de válvulas piramidales. Están distribuidas en dos líneas, de manera que al intermedio de dos en una línea, corresponde otra de la lateral; su distribución es cruzada y hay una pulgada de una a la otra.
El destino de estas válvulas parece ser el oponerse al pasaje de las materias fecales de los ciegos a la cavidad de los apéndices y el de sus criptas o folículos mucosos el segregar un fluido que vertido en los ciegos sirva a humedecer y lubrificar sus paredes, y a impedir el resecamiento de las heces ventrales, mezclándose con ellas.
El hígado, de dos lóbulos, pesa quince onzas. La vesícula félea tiene dos pulgadas de largo. Los conductos biliarios, casi capilares, son dos de nueve pulgadas cada uno, y entran en el duodeno a cinco del píloro.
La laringe de figura oblonga, más abierta anterior que posteriormente, tiene una pulgada de largo. La glotis óseocartilaginosa se estrecha, se cierra y se ensancha considerablemente. Sus bordes están posteriormente sueltos. Cuando el ave está agitada, o se le comprime el cuello, la abertura laríngea toma una expansión circular de más de una pulgada y media de diámetro. Carece de epiglotis.
La tráquea del diámetro de una pulgada y como de dos pies de longitud, tiene sus anillos cartilaginosos y enteros. El inmediato a su bifurcación comprende media pulgada de ancho, y los bronquios, que se dividen detrás del borde superior del corazón, tres de largo. Sus anillos membrano-cartilaginosos están diversamente configurados.
Los pulmones, divididos en cinco lóbulos, tienen de longitud seis pulgadas y media, y dieciséis onzas de peso. Están como en las demás aves firmemente adheridos a las costillas y a la columna vertebral. Su substancia está del todo penetrada de conductos, los primeros o más próximos a los canales brónquicos son cuatro en línea, del grosor del cañón de una pluma de ganso; nueve más, casi tan grandes, se descubren alineados hacia las costillas; y así en sucesión decreciente, se presentan hasta el infinito microscópico subdivisiones de subdivisiones de aquellos conductos aéreos. Los pulmones están envueltos por una membrana particular tenuísima, producción de la pleura.
El corazón que es la primer entraña que se ofrece debajo del esternón, está cubierto por una membrana propia, y pesa doce onzas. Su base se aloja entre los lóbulos del hígado, y tiene las mismas cavidades, y el mismo sistema de vasos sanguíneos de las demás aves, a excepción de su calibre que es mucho mayor que en ninguna otra especie.
El páncreas, como en toda la clase alada, es larguísimo, no mide menos de diez y ocho pulgadas, y está penetrado de varios conductos.
El bazo, muy pequeño, se halla como al centro del mesenterio.
Del riñón, que tiene de cuatro a cinco pulgadas de longitud, salen los ureteres, que como en las demás aves, van al recto.
El oviductus tiene de largo, desde el racimo u
ovario hasta su terminación en el ano, doce pulgadas.
Los testículos colocados, en uniformidad con las demás aves, sobre el riñón así
como el ovario, miden tres pulgadas de longitud.
El pene carnoso, blanquizco, de forma espiral o de caracol como el del pato, tiene como ocho o nueve pulgadas y termina en punta lisa.
La hembra, a diferencia de la africana, que dice Buffon tenerlo, carece de clítoris.
1.
Forma diferencial en la estructura del Ñandú que ha dado motivo a
que los campesinos llamen anca de avestruz a la del caballo, cuando ella
es comprimida y más proyectada que de ordinario.
Paralelo entre el ñandú y el avestruz africano
Excelencia de aquél en velocidad y fortaleza
Pretende M.
Buffon que ambas especies se asemejan en la pequeñez de la cabeza, en lo
aplanado del pico y en el largo del cuello; pero que en las demás partes el ñandú
se parece al Casoar. M. Cuvier, en la obra citada, dice exactamente
lo mismo, y hasta usa de las mismas palabras de Buffon.
Semejantes,
en verdad, por esos signos las dos especies, presentan todavía algunas
relaciones más de uniformidad exterior ya en la forma de los ojos, y en el
corte del cuerpo en forma de huevo superiormente y horizontal por debajo, ya en
la colocación y texturas de las plumas, en varios de sus hábitos, etc.
Los
caracteres externos que, entre otros, los diversifican consisten, en ser pénita
o con cola la Africana, cuando la de la América carece absolutamente de ella;
en la desnudez del cuello y de los muslos de aquélla, siendo en la última de
estas partes, aunque diga M. Buffon lo contrario, perfectamente emplumada. A
más, la placa que resguarda el cráneo del Avestruz de Africa, no tiene el otro.
Pero el signo
diferencial más importante y sobresaliente entre ellas resulta, de la
desigualdad numérica de dedos. Esta circunstancia a más de ser distintiva,
ejerce una influencia trascendental sobre la más extraordinaria propiedad de
estas especies, la velocidad en la carrera. En efecto el Avestruz de las
tórridas arenas del Africa, bisulcado o con dos dedos, se muestra por esta sola
causa menos resistente, presto y seguro en el ejercicio de aquella facultad que
el ñandú trífido o parecido por la peculiaridad de sus tres dedos a las
aves no trepadoras, o a los gallináceos, si fuera permitido contar por uno de
más el tubérculo calloso de sus patas.
La
adaptabilidad o adherencia con la superficie es la misma en las dos especies
siendo plantígrados o que asientan toda la pata. La diferencia proviene del
distinto apoyo que prestan en la carrera tres dedos contra dos. En efecto, una
especie esencialmente corredora y velocísima, que modifica de mil modos sus
peligrosas evoluciones, principalmente en la carrera de costado, en la cual
efectúa cambios los más rápidos y excéntricos, es indudable, que encuentre una
más firme sustentación, si proporciona en lo que es dable, esa indefinida
volubilidad de pies con el mayor diámetro transversal que éstos tuvieran. Como
la abscripción de un dedo en el ñandú dilata la línea transversal de ese
miembro con notable ventaja sobre el de Africa, como es de suponer, por robusto
que él se suponga en ésta, resulta, siguiendo la ley que proporciona a los
cuerpos en movimiento un mayor apoyo en razón del crecimiento de la base de
sustentación, no sólo mayor seguridad en el aplomo del cuerpo cuando vertical,
sino también, y con necesidad absoluta, en las distintas inclinaciones que él
adoptara en sus indescriptibles movimientos.
Aquella base
representada en la carrera del ñandú por la pata entera, o sólo posada
sobre las últimas falanges, como en el hombre cuando corre, es en cualquier
caso más extensa y mucho más firme en él que en el otro, descansado el centro
de gravedad sobre un basamento más lato. Este mayor ensanche es de una alta
importancia para un bípedo, cuya disposición corpórea es horizontal y no
vertical como lo es en el hombre. Este, por esa razón, en su estación y aún
corriendo permanece naturalmente aplomado sobre sus pies, el ñandú, de
cuerpo horizontal como los cuadrúpedos, tiende por el contrario a
desequilibrarse en las multiplicadas evoluciones de su carrera. Y al considerar
la velocidad y tortuosidad con que la ejecuta, la pesantez y volumen de su
cuerpo, la prolongación, sin igual en la clase entera de su línea horizontal,
no puede desconocerse la sabia liberalidad de la naturaleza, en esa ampliación
de base con que la agració, sin mengua de la celeridad que le fue acordada como
primer dote, y como único medio de defensa.
Quizá sea
cierto que la pata del Avestruz bidígito puede en un riguroso cálculo mecánico,
ofrecer un momento de ligereza, suponiéndole una más pronta separación del
suelo, que la del tridígito o de tres dedos. Pero esta ventaja, si lo fuera,
sería casi efímera en sí misma, encontrándose disminuída por un menor diámetro
latitudinal que expone a vacilaciones en la carrera, o a perder el equilibrio
al menor vaivén de un cuerpo más pesado y voluminoso que el del Ñandú, y
empujado por potencias cuyo ejercicio es tan rápido.
Por otra
parte, la excelencia de un par de músculos en cada extremidad del Ñandú, le
proporciona un nuevo grado de agilidad y de resistencia en la carrera, y le
hace superior al de los eriales y tostados desiertos del Africa, deficiente de
ese poderoso resorte de progresión. La adición de un tercer dedo supone la
existencia de una otra polea en la extremidad inferior del tarso. El de Africa
sólo tiene dos para recibir igual número de dedos. Este aumento de poleas
influye en la extensión del tarso y en la robustez consiguiente al ensanche de
la pata. Así es como el Avestruz americano privilegiado con un nuevo
elemento de resistencia y de celeridad decursiva, debe sobrepujar en estas
cualidades al de Africa. En una palabra, dotadas ambas especies de un tórax o
pecho vigoroso (lo que conviene no a la presteza sino al aguante de la decursión)
no la están empero de igual modo en las potencias locomóviles.
Esto no es
decir que falte en la formación del último la proporción necesaria a sus fines
naturales. Eso no, porque una gran familia no puede haber sido creada
imperfecta. Pero la naturaleza misma dispuso, pues le concedió para ello medios
de conocida excelencia, que en igualdad de circunstancias, sobrepasara el uno
al otro en ligereza y resistencia, en firmeza también y seguridad en los
tortuosos giros de su célere carrera.
Respecto a las
diferencias osteológicas o de estructura ósea, existen varias (de las cuales
nos permitiremos enumerar algunas) a más de los dedos y del sobrecasco, citadas
como únicas en los naturalistas que hemos consultado.
Según Buffon,
el Avestruz Africano tiene diez y siete vértebras cervicales. El Ñandú
sólo trece, contando por una la que se articula en el primer par de falsas
costillas anteriores, a las que llamaremos cervicales por no estar precisamente
comprendidas en la cavidad del tórax o del pecho.
Las vértebras
dorsales del primero son siete; las del segundo seis.
A las del
Africano se articulan cinco pares de costillas verdaderas y dos de falsas. Un
tercer par de éstas sirve de clavículas.
A la primer
vértebra cervical de aquél se articula el segundo par de costillas falsas
anteriores. A las cuatro siguientes, igual número de pares verdaderas, y a la
sexta el primero posterior de falsas, el cual podría denominarse lumbar, como
los dos siguientes, que están sólidamente unidos entre sí, y que parecen mera
continuación del sacro.
En resumen,
el Avestruz Africano tiene en su totalidad ocho pares de costillas,
cinco verdaderas y tres falsas. El Ñandú nueve pares, cuatro de las primeras y
cinco de las segundas. Las ocho costillas verdaderas firmemente unidas al
esternón por largos apéndices óseo cartilaginosos.
Las costillas
verdaderas del Africano son dobles en su origen, en el de América lo son todas,
y todas están articuladas hacia su mitad, auxilio poderoso para aumentar la
capacidad del pecho.
El primer par
de apéndices costales o costillas falsas anteriores del Ñandú tiene dos
pulgadas de largo, y las clasificamos de cervicales por no entrar en la
estructura del pecho. Siendo éste tan abierto y sólido, y su fuerza de
dilatación y contracción tan grande en la carrera, necesitando del más fuerte
apoyo la base de una tan larga cerviz, esas adiciones óseas avanzadas a la
entrada de la cavidad sagrada como para resguardarla y fortificarla más, como
para protegerla ocultándola, comunican también un considerable aumento a los
puntos de enlace y de implantación de los tejidos musculares, tendinosos, etc.
El segundo
par falso costal se insinúa en el espacio torácico inmediatamente por debajo de
la articulación húmero escapular, y se dijera hacia la extremidad esternal de
la primera costilla verdadera, de la cual dista dos pulgadas escasas. Fuertes
ataduras membranosas ligan esos huesos a la escápula. Ellos están evidentemente
dispuestos y colocados así por la naturaleza, para dar a ella el más firme
apoyo, la elasticidad y fuerza competente en el desempeño del continuado
vigoroso movimiento a que está destinado aquel miembro en esta especie.
Los tres
pares de costillas falsas posteriores tienen la curvatura hacia adelante al
contrario de las verdaderas.
La columna vertebral de las aves
es inmóvil: pero la del Ñandú tiene cierto movimiento necesario a los fines de
su destino pedestre, como lo es la disposición contraria en las aves de vuelo
para poderlo dirigir con precisión y fijeza en rumbo determinado.
Como el sacro
se eleva en su articulación con la última vértebra más que en ninguna otra ave,
se forma en la línea sacro dorsal una eminencia la cual cubierta de gordura,
aumenta extrañamente su altura. De aquí la forma ovoide del dorso.
La cola del
Avestruz de Africa, consta de siete vértebras semejantes, según Buffon, a las
humanas. El coxis del Ñandú se compone sólo de seis, pero en
proporción menos anchas y planas que las de las demás aves.
Las
clavículas se forman en el Avestruz
de Africa, dice aquel naturalista, de un tercer par de costillas falsas;
pero las del Ñandú son en sí mismas clavículas verdaderas. Faltando el
tenedor, hueso ahorquillado que se encuentra en las demás aves, ellas ejercen
solas las funciones propias de estas partes, funciones que son en él
extensísimas.
Está cada uno
de estos huesos como dividido en dos cuerpos, con alguna similitud a los de las
demás aves. El inferior se articula a la parte anterior del esternón por un
borde más o menos ancho de dos pulgadas de largo. Su figura es plana y bastante
extendida, y tiene la extremidad más ancha para abajo, la porción más estrecha
para arriba. El cuerpo superior es parecido a una costilla, su convexidad hacia
arriba se adhiere a las tres primeras verdaderas inmediatamente a su articulación
dorsal. En el sitio en que se estrecha la clavícula para adquirir la forma
costal, el hueso se hace más grueso y compacto, presentando allí la cavidad
articular que recibe la cabeza del húmero o primer hueso del ala. Son varias y
muy fuertes las ataduras que unen la clavícula al esternón, a las costillas y a
las vértebras. El espacio esternal que queda en medio de la articulación de
ambas clavículas es cóncavo semilunar.
En cuanto a
la semejanza del Ñandú con el Casoar o Emú de las Indias
Orientales, la suponemos dudosa aun en aquellas partes que dicen tenerlas más,
Buffon y Cuvier. Fundamos nuestra opinión en la descripción que hacen ellos
mismos de esa especie, y en el conocimiento que tenemos del Ñandú. Y en verdad,
que después de la igualdad numérica de dedos entre los dos, no descubrimos otra
identidad que las relaciones exteriores. Leyendo la historia que da M. Buffon
del Casoar se advertirá la inmensa diferencia que existe entre dos
especies, reunidas quizá con impropiedad en un mismo género.
La analogía
que han creído encontrar algunos naturalistas entre el Avestruz de
Africa y el Camello, exagerada hasta el punto de imponerle el nombre de Struthio
Camellus, analogía que en ese violento modo de ver podría comprender al Ñandú,
por su semejanza con el Africano en algunas de sus partes, nos parece ser
en su verdadero análisis otra cosa, que un juego de la imaginación, o llámese
la sustitución de un sentimiento especulativo al resultado matemático (como
debiera ser) de una operación comparativa e imparcial del juicio.
Esa especie
tiene, verdad es, dos dedos como el pesuño hendido de aquel cuadrúpedo y aún
como el de otros rumiantes: mas eso no es semejanza, sino igualdad de partición
en el pie; pero igualdad de partición de objetos desemejantes exterior e
interiormente. Son dedos en trabas, si se quiere, pero aún a mayor distancia
distintiva que lo están los cuernos del toro de los del Reno polar. Por otra
parte, ninguna de las especies aladas tiene dos jibas de grasa como el Camello.
El arqueo de la columna vertebral en ambas es gracioso y regular, y lejos
de afearles como la jiba a aquél, les imprime por el contrario un bombeo o
convexidad agradable. Ningún individuo de esas especies tiene el pico abierto
con correspondencia del labio superior del Camello; y lejos de ser ellos
desairadísimos como este animal, de tener tolondrones en las rodillas y en el
pecho, son bellos, majestuosos y llenos de donaire. Ni el de Africa ni el
Americano son susceptibles de carga, ni poseen la sobriedad proverbial de los Camellos.
Estos no corren, aunque son grandes andadores al trote, aquellos no comen
yerbas duras por elección, ni tienen depósitos para el agua-provisión o surtido
que basta a los Camellos para que no beban a menudo, como lo hace el Ñandú,
y no porque, como lo creen algunos, pueda pasarse sin agua muchos días
aquel utilísimo cuadrúpedo.
Alimentación del ñandú
Peculiaridades de su sistema digestivo
Según
Marcgrave él se sustenta de carne y de frutas. M. Buffon dice: que si se le
hubiera observado, se sabría cuál de estos alimentos prefiere. Conjetura este
autor, que la especie es frugívora, y le atribuye el instinto del Avestruz
de Africa que traga piedras, hierro y otros cuerpos duros.
Equivoca
Marcgrave al ñandú esclavo y sujeto a los preceptos del hombre, con el
que libre y entregado a su instinto recorre las vastas llanuras de las Pampas
y otros grandes espacios inhabitados de la América Meridional. El hombre
aunque incapaz de desnaturalizar las especies, ni de variar su tipo orgánico
aun por el cambio sucesivo de climas (como lo ha sentido tal vez algún
naturalista), obliga, sin embargo, a los animales sujetos a su tiránico
dominio, a modificaciones extraordinarias en su régimen y en las substancias
con que entretiene su dieta.
Esta especie,
como el caballo, el perro, el gato, el buey, el cerdo, etc., cuando domésticos
sus individuos, comen lo que les dan. Y así debe ser, no teniendo elección
entre perecer de hambre o tomar el sustento que el hombre les proporciona, o
que la casualidad les depara, para satisfacerla. Entonces traga en gran
copia piedras, monedas de cualquier metal, trapos, clavos, vidrio, etc.
Engullen también pollos pequeños de gallina y de otras aves de corral, duraznos
y otras frutas. Encontramos enclavadas en las paredes del ventrículo de una de
estas aves una horquilla de prenderse el pelo las señoras, todavía con el moño
de cinta punzó que ella atravesaba.
Pudiera
decirse, que no en virtud de una ley de la naturaleza para la especie, sino en
uso de la fuerza descomponente y de combinación propia de su estómago ingiere,
en defecto de alimentos asimilables, substancias nocivas para el hombre e
insuculentas para ella misma, extraídas de cualquiera de los tres reinos
naturales. Por esta razón debería considerársele no sólo herbívora sino granívora,
insectívora y aún carnívora a la vez; ¡raras dotes que constituyen a la especie
del Ñandú omnívora sobre cuantos lo son!
El sustento
del Ñandú de las Pampas hasta el Estrecho de Magallanes, el del
que habita en la Provincia del Paraguay, la República Oriental del Uruguay y
del Brasil, es esencialmente herbáceo. Pican con predilección los tallos y las
hojas de las gramíneas tiernas prefiriendo sobre todas a la verdolaga. Entre
las frutas silvestres de las Pampas toma el camambú, la del arazá, etc.,
y las semillas de muchas plantas de aquella familia, siendo estas y los frutos
las partes que agradan más a los herbívoros, por contener la fécula y el
mucílago, principios los más sabrosos y nutrientes de los vegetales.
Sobradamente
se opone a la opinión de ser frugívora la especie, el estar privada del vuelo.
Asida, por decirlo así, a la tierra, tiene por necesidad que conformarse con lo
que ella produce sobre su superficie. Sin facultades para guindarse como las
aves trepadoras y algunos cuadrúpedos, sin el poder de elevarse sobre las altas
ramas como las demás aves, la misma naturaleza le interdijo el uso de las
frutas arborescentes, como alimento de primera necesidad. Aun en las regiones
ecuatoriales de la América donde estas abundan al infinito, no le serían de
provecho cuando caen de maduras, pues el Ñandú no penetra en la espesura, ni
aun instigado por el hambre.
Podría
preguntarse: ¿obedece esta especie a su instinto, cuando traga en mayor
cantidad substancias inasimilables a su constitución, y algunas que al parecer
le son nocivas? Racional es suponer que ese principio sensiente y volente en
los seres que nos place llamar brutos, el instinto, es para ellos en cuanto a
su preservación y en el ejercicio de sus funciones animales, casi lo que la razón
con todos sus atributos para el hombre. Por tanto, nos permitiremos asignar
como causa de esa aberración apetitiva, la necesidad de volumen que llene, que
amplíe, en defecto de alimentos, el ventrículo, de lo contrario susceptible de
grandes sufrimientos. En esa especie, como en otras dotadas de gran poder
digestivo, la vacuidad del estómago parece originar una sensación altamente
penible, que a veces amenazara hasta con la desorganización. Calmar entonces la
impresión dolorosa, la excitación intolerable que produjo la acritud y
exuberancia de los jugos estomacales sobre las paredes casi en contacto de la
entraña, dilatarla ingiriendo, a no haber otras, materias inertes, aliviar el
famélico sentimiento por cualquier medio, es el grito una y otra vez repetido
de la misma naturaleza. El hombre en presa a los rigores del hambre, el
polífago, el homófago o crudíviro, el desgraciado náufrago, devoran cuanto
encuentran; y lo que espanta a la naturaleza, se convierte en furioso enemigo
de su especie, en antropófago sediento de su misma carne y sangre, de la
sustancia viva y palpitante que le da forma y existencia.
Conviene
distinguir el desgaste de los metales y de otros cuerpos duros en el estómago
del Ñandú, su supuesta disolubilidad también del elemento nutriente y
provechoso que cree Vallisnieri se extrae de ellas. Este autor escribe, que el
hierro disuelto por el jugo de las glándulas estomáquicas, entrando como
principio útil en la digestión acarrea entre otros bienes, un aumento de fuerza
en los sólidos. Supone que atenuado por ácidos convenientes se volatiliza y
tiende a vegetar, adquiriendo formas análogas a las plantas, etcétera.
Pero estas
suposiciones arbitrarias e inexactas son insostenibles. ¿Quién se atreverá a
garantir un resultado que exige ensayos repetidos, comparación de pruebas y
experimentos bien dirigidos y estudiados con sus más menudos detalles? De que
el hierro entre en la composición de los seres vivientes, no se sigue ni la
posibilidad de su dilución cuando sólido en el ventrículo del Avestruz, ni
mucho menos las pretensas ventajas de su absorción a la masa humoral. Es una
ley inmutable en los animales, que solo les nutre aquello que es susceptible de
transformarse en quilo. Los leños, las piedras y los metales, no son, por
cierto, poseedores de una calidad tan noble y privilegiada.
El desgaste de esas sustancias en el buche del Ñandú es innegable, como lo es en el de varios gallináceos el de monedas, tachuelas, etc. Tal resultado parece provenir menos de un menstruo acumulado con anticipación en el ventrículo o vertido de pronto en él, que del incesante y fuerte movimiento muscular de su paredes. Es de suponer, que cuanto ellas sean más refractarias y menos afines por su naturaleza con la organización del animal, excitando mayor estímulo, promoverán una abundante secreción de jugos. Hasta aquí puede conducirnos una racional conjetura, quedando inescrutables el modo y trámites, si otros existieran, de la dirrupción y gastamiento; como nos lo son en la economía humana la mutación ejercida por los humores gástricos sobre el quimo; o el rol que desempeñan en la quilificación la secreción pancreática y la biliar