Fauna Argentina. 1983.
Centro Editor de América Latina, Bs. As., Argentina.
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Fauna
argentina Dirección
editorial: Graciela Montes Secretaría de
redacción: Miguel Ángel Palermo Asesoramiento
científico: Beatriz Marchetti Diseño
gráfico: Oscar Díaz Diagramación:
Gustavo Valdés, Alberto Oneto, Diego Oviedo Coordinación
y producción: Natalio Lukawecki, Juan Carlos Giraudo, Fermín Eusebio Márquez Dibujo
cartográfico: Jorge Silvestri |
El yacaré
ñato Relevamiento
de información: Julieta M. Muñiz Saavedra Revisión
técnica: Marcos A. Freiberg Redacción:
Graciela Montes Ficha
antropológica: Miguel Ángel Palermo Ficha
ecológica: Beatriz Marchetti Fotografía:
Fiora Bemporad, Marcelo Canevari, Pablo Canevari, Roberto Reiner Cinti. Photohunters:
Ignacio Corbalán, Claudio
Chehébar/ Fundación Vida Silvestre, Ricardo Figueira, Enrique Linibrunner,
Héctor Rivarola Ilustraciones:
Alicia Charré, Marta Tolosa Información
cartográfica: Marcos A. Freiberg |
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Los límites internacionales
e interprovinciales de la parte argentina de los mapas insertos en la
presente publicación han sido aprobados por el Instituto Geográfico
Militar, en cumplimiento del Decreto Nº 8.944/46, por Exptes. Nº GG3 4020/140
de fecha 3 de junio de 1983 y GG3
4020/145 de fecha 9 de junio de 1983. |
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El
yacaré ñato fue, hasta no hace mucho tiempo, una presencia habitual en el
Nordeste argentino, una vieja presencia multiplicada en decenas de miles de
ejemplares que se tendían en las orillas para asolearse o que se deslizaban
como flotillas de troncos en los esteros y en los ríos de Misiones, de
Corrientes, del Chaco, de Formosa; que llegaban por el oeste hasta Salta y
Jujuy y por el sur hasta el bajo Paraná y el bajo Uruguay, en Santa Fe y Entre
Ríos.
Hoy
la especie está a punto de extinguirse debido a la despiadada caza de que es
objeto. Salvo en los esteros del Iberá y en el río Iguazú ‑donde su
número, aunque muy escaso, tiene todavía cierta importancia‑, en el resto
de lo que fue antes su vasto territorio no quedan sino unos pocos
sobrevivientes.
El
hábitat natural de los yacarés son los ríos, los riachos, los pantanos y los
esteros de las selvas subtropicales ‑donde predominan el clima cálido y
húmedo, sin grandes oscilaciones térmicas, y las abundantes lluvias‑ y
también las zonas de transición entre la selva subtropical y el bosque
templado, con áreas más abiertas y arboledas más dispersas. Son regiones de
suelos ricos en materiales orgánicos, a veces fangosos y siempre protegidos de
la erosión por una vegetación profusa.

La disposición de los ojos,
oídos y narinas del yacaré en la parte superior de la cabeza le permite nadar
sumergido casi por completo
y desapercibido para sus posibles presas y depredadores (Foto: M.
Canevari).
Es
frecuente en esos sistemas que la abundante vegetación acuática de los ríos
termine por cohesionarse cuando crecen sobre ella plantas arraigadas, y se
formen así especies de islas vegetales flotantes, que se conocen vulgarmente
como embalsados. En esos embalsados, que a veces las crecientes arrastran rumbo
al sur, suelen viajar yacarés.
Los
yacarés son reptiles de hábitos anfibios, que acuden con frecuencia a las
costas para asolearse, para anidar y, ocasionalmente, para buscar alimento,
pero que cazan, comen, se aparean y pasan la mayor parte del tiempo en el agua.
Todo
su cuerpo está adaptado a la vida en el medio acuático. Los oídos, los ojos y
las fosas nasales están ubicados de tal modo en lo alto de la cabeza que el
animal puede nadar sumergido casi por completo en el agua, ocultando la gran
mole de su cuerpo sin dejar de respirar y manteniendo activos todos sus
sentidos.
También
está equipado para el buceo. Tanto los oídos como las fosas nasales están
provistos de pabellones móviles que se abren y cierran a voluntad y que pueden
ocluir por completo esos orificios cuando llega el momento de sumergirse. Los
ojos tienen, además de los dos párpados normales, una membrana nictitante,
transparente, que facilita la visión debajo del agua. Los amplios pulmones
almacenan una cantidad de aire suficiente para oxigenar el cuerpo durante
prolongadas permanencias en el fondo de los ríos y los pantanos.
El
yacaré, como otros aligatores y cocodrilos, suele señalar su presencia mediante
frecuentes y violentas dentelladas en el agua, como un modo de marcar su
territorio, que en riachos y esteros puede extenderse tanto como se lo permitan
otros miembros de su misma especie.
Los
ríos, en cambio, ponen ciertos límites a su expansión: los estrechos, los
rápidos y las cascadas del Iguazú, por ejemplo, son barreras naturales que
frenan su avance. En épocas de crecidas, sin embargo, cuando la selva se inunda,
los yacarés logran sortear los obstáculos y colonizar así nuevas áreas.
Con
su gruesa piel acorazada con escudos y crestas, sus grandes mandíbulas y su
temible cola, el yacaré no es presa fácil para nadie. Sin embargo, tiene en su
hábitat dos grandes depredadores: el yaguareté, que lo asalta en las orillas, y
la poderosa boa, capaz de estrangularlo en el agua.

a)El yacaré avanza en el
agua impulsado por la cola, con las patas plegadas contra el cuerpo. b)En tierra, el yacaré
suele arrastrarse con el
vientre apenas separado de] suelo. Sin embargo, puede erguirse sobre sus
miembros
y desplazarse a notable
velocidad. (Foto: R.R. Cintil Photohunters)
El
yacaré es, como la mayor parte de los reptiles, carnívoro, ocasionalmente carroñero,
pero por lo general cazador.
Sus
presas habituales son los caracoles, los sapos, las víboras y los peces que
forman parte de esa rica y diversificada fauna acuática de las selvas
subtropicales y los montes templados, aunque también consume otras menores,
como los escarabajos y las chinches de agua.
Para
capturar esos tipos de organismos el yacaré no tiene más que abrir la boca en
el agua, atrapar la presa, apretarla hasta inmovilizarla entre sus dientes y
tragarla.
Esta
dieta habitual de moluscos, anfibios, ofidios y peces se enriquece en ocasiones
con algún mamífero pequeño de los que vienen a abrevar o se introducen en el
agua.

El
yacaré está al acecho en las aguadas. Cuando divisa a la víctima se acerca
sumergido, casi invisible, hasta ella, la apresa entre sus dientes y la
arrastra al agua, donde la ahoga y la traga, a veces de un solo bocado.
Alguna
que otra vez ataca y mata fuera del agua, a dentelladas y coletazos, y cuando
el medio regatea otras posibilidades recurre también a la carroña. Muchos
observadores han descripto el espectáculo de yacarés que se sacian con los
cadáveres de animales que arrastran las grandes crecidas.
Dentro
o fuera del agua el yacaré cuenta con una herramienta estupenda: su boca
descomunal, con mandíbulas poderosas y dos hileras de afilados dientes de los
que difícilmente pueda escaparse una presa. El yacaré, como todos los
cocodrilos, es incapaz de masticar: los dientes guillotinan o sujetan
implacablemente a la presa hasta inmovilizarla; luego, la gran lengua carnosa,
pegada al piso de la boca, envía el bocado hasta las fauces.
La
tarea no le entorpece la respiración. Su boca es una máquina muy eficaz para
comer en el agua. El paladar es tan largo que la separa casi por completo de la
nariz, y la entrada de la faringe se cierra herméticamente gracias a la válvula
que forman una prolongación del velo del paladar y una cresta que hay en el
borde superior de la lengua. El yacaré puede dejar que la boca se le inunde: el
agua no podrá entrar en los pulmones, y mientras la presa muere, al cazador le
basta con mantener la punta del hocico fuera del agua para seguir respirando
con facilidad.
En
el caso de que se pierda algún diente ‑en el curso de una lucha o en
algún otro accidente ‑ la especie está preparada para reparar el daño, y
muy pronto crece una nueva pieza dentaria para reemplazar a la que falta.

La gran lengua carnosa del
yacaré está, al igual que la de todos los
crocodilios, pegada al piso
de la boca (Foto I. Corbalán).
Pero
los yacarés no sólo tragan organismos vivos sino también piedras del río y de
las orillas.
No
se conoce a ciencia cierta la función que cumplen estas piedras estomacales o
gastrolitos. En un tiempo se pensó que podían ayudar a triturar el alimento,
como sucede en el caso de algunas aves, pero luego se desechó la explicación:
los poderosos jugos gástricos del yacaré bastan por sí solos para disolver
huesos de peces y caparazones de moluscos.
Lo
que se considera hoy más probable es que esos gastrolitos ayuden al yacaré a
mantener el equilibrio hidrostático, actuando a manera de lastre y favoreciendo
así la inmersión y una mejor navegabilidad en los cursos de los ríos.
Los yacarés suelen salir a cazar de noche; es entonces cuando se muestran más activos. De día se tienden al sol, a la orilla de los ríos y en los bordes de los pantanos, y dormitan mientras el calor va entibiándoles los cuerpos.
Los baños de sol son el modo que tienen los cocodrilos y caimanes de regular su temperatura corporal que ‑como la de todos los reptiles- es variable y fluctúa según la temperatura ambiente, elevándose si el medio es caluroso y descendiendo cuando éste se enfría.
Mediante su actividad de asoleamiento el yacaré regula en la medida de sus posibilidades esa variabilidad, contrarrestando el efecto del frío, que no es el medio natural de una especie que, si bien tolera los climas templados mejor que los cocodrilos tropicales, debe mantener en lo posible una temperatura vital óptima de treinta y uno o treinta y dos grados centígrados.

Durante el día los yacarés
desarrollan escasa actividad. Suelen pasar largas horas asoleándose
para regular las
temperaturas de sus cuerpos (Foto: H. Rivarola).
Es
por eso que los baños de sol no son iguales en los distintos momentos del año.
Fitch
y Nadeau, que se ocuparon de estudiar estos hábitos en un grupo de yacarés del
Iguazú, lograron establecer que en invierno sólo se asolean en los días en que
el sol brilla con especial intensidad. El resto del tiempo permanecen
sumergidos ‑dado que la temperatura del agua es superior a la media
ambiente‑ y salen sólo para respirar; cuando las condiciones son
especialmente rigurosas suelen caer en un largo letargo para reanimarse al
llegar la primavera. Este modo de protegerse del frío es semejante al que
aplica otra especie, también resistente a climas no tropicales, la del aligator
del Mississippi, que inverna en profundas madrigueras excavadas en el barro de
la orilla.
En
cambio, en primavera y otoño el período de asoleamiento se prolonga por varias
horas, y los ejemplares más jóvenes suelen tomar larguísimos baños de sol de
hasta trece horas. Si el día es frío, el horario preferido es el de la tarde,
cuando el ambiente está más tibio.
En
verano la situación se modifica radicalmente. Los veranos del Iguazú son extremadamente
calurosos, al punto que la temperatura del agua suele oscilar en los treinta
grados centígrados. Los baños de sol demasiado prolongados resultarían entonces
peligrosos para los yacarés, como para todos los reptiles, de modo que por lo
general, quedan limitados a una breve exposición en las primeras horas de la
mañana. Al igual que en invierno, el resto del tiempo permanecen sumergidos,
asomando sólo la parte superior de la cabeza.
Los
baños de sol son una de las pocas razones de peso para abandonar el agua. Fuera
de la misma el yacaré pierde gran parte de su destreza, a pesar de que cuando
se aventura por las costas ‑a veces en excursiones de hasta doscientos
metros hacia el interior de la selva o del monte‑ se pone de manifiesto
que no es tan torpe su locomoción terrestre y que, si bien suele arrastrarse
como un lagarto, en ocasiones, cuando algo lo apura, es capaz de erguirse sobre
sus miembros, sostener en alto la gran mole de su cuerpo y avanzar a paso
vivo.

Huella de yacaré impresa en el
fango costero durante los desplazamientos entre tierra firme y el agua.
Sobre el barro quedan
marcadas las señales de los osteodermos de la pata (Foto: P. Canevari).

El hábitat del yacaré ñato
en nuestro país son los ríos, riachos, esteros y pantanos de áreas
subtropicales, aunque ocasionalmente llega hasta la frontera con la zona
templada. Pero, dado que el retroceso numérico es muy grande,
ocupa en la actualidad
fundamentalmente los esteros del Iberá y el río Iguazú, ambiente que comparte
con roedores, aves
acuáticas, peces, moluscos, crustáceos, etc. (Foto: E. Limbrunner)

Los esteros frecuentados por
los yacarés suelen albergar una rica vegetación acuática,
tan densa que en ocasiones
se convierte en islas flotantes. (Foto: R.R.
Cinti/Photohunters)
En
primavera se inicia para el yacaré ‑como para tantas otras especies de la
selva y el monte‑ la época del celo y el apareamiento. Pueden
presenciarse entonces violentas y sangrientas peleas entre machos, en las que
los adversarios se entrelazan en el agua y se atacan con dentelladas y
coletazos, y que a menudo culminan en la mutilación o la muerte para alguno de
ellos. A veces se trata de enfrentar una invasión territorial, muchas otras se
trata de dirimir quién de los dos servirá a una hembra. No se conoce con
precisión el proceso de cortejo y apareamiento del yacaré, pero puede suponerse
semejante en sus rasgos fundamentales al de otros aligator idos: rituales de
exhibición en el agua por parte del macho y un acoplamiento también acuático,
con los cuerpos sumergidos.

Por lo que se conoce de la
especie, la territorialidad de la misma se manifiesta en el medio acuático,
donde se producen señalamientos
por medio de dentelladas en
el agua y suelen entablarse combates por invasiones de territorio. También las
hembras con huevos
en incubación o con crías
pequeñas suelen defender celosamente la zona de nidificacíón. Fuera de
esas circunstancias, es
frecuente hallar varios ejemplares juntos en la tierra. (Foto I.
Corbalán)
Después
de la cópula el macho se desinteresa del proceso de gestación, y la
construcción del nido queda exclusivamente a cargo de la hembra.
El
sitio elegido para anidar varía según la situación de las aguas. En años de
grandes precipitaciones los nidos se construyen en la selva, al lado de
bañados, charcas y esteros. En cambio, cuando el agua se mantiene en su nivel
normal ‑y sobre todo en años de sequía- la nidada se ubica en islas
dentro de los cauces de los ríos o en los pantanos.
En
cualquier caso es fundamental que el macho ignore la localización del nido, ya
que no dudaría en saciar su apetito a costa de su propia cría.
Haciendo
uso de sus patas, su cuerpo y su cola, la hembra acumula en el sitio elegido
restos vegetales de los que abundan en las orillas y forma así un cúmulo de un
metro y medio de diámetro en cuyo centro hace luego un hueco.
Cuando
llega el momento de la postura coloca en ese hueco entre cincuenta y sesenta huevos
ovalados, de alrededor de seis centímetros de altura, de cáscara dura,
blanquecina y rugosa. Los acomoda prolijamente en capas sucesivas y luego los
cubre con un techo de tierra y ramas consistentes. De ese modo quedan
protegidos de la intemperie y ocultos a la mirada de los posibles depredadores
:

Los ejemplares juveniles
tienen los ojos saltones y la piel aún lisa, manchada de negro. (Foto: H.
Rivarola)

a)-El yacaré, al igual que
todos los aligatóridos, presenta una particularidad no compartida por gaviales
y cocodrilos:
el cuarto diente del maxilar
inferior penetra en una foseta del maxilar superior. Los dientes del yacaré no
sirven para triturar el alimento
sino para retener y a veces cortar a la presa, que en general se traga entera.
(Foto: F. Bemporad). B)-foseta. Vista inferior del paladar.
La
madre no interviene en el proceso de incubación, que se extiende aproximadamente
de enero a marzo. El gran calor del verano, sumado al que genera el proceso de
descomposición de los restos vegetales que forman el piso y las paredes del
nido, son suficientes para que maduren los embriones.
La
hembra se limita a mantenerse cerca para defender al nido de las incursiones de
los ladrones de huevos, como el hurón mayor, el caranchillo y el lagarto. Es
entonces cuando resulta más peligrosa y agresiva.
Esta
actitud de vigilancia constante es la que lleva a la gente del lugar a asegurar
que la hembra del yacaré "incuba con la mirada".
Alrededor
de dos meses después de la postura nacen las crías. El cascarón de los huevos
es muy grueso y para abrirse paso a través de él los recién nacidos poseen un
diente de huevo en la punta del hocico, que es la herramienta con la que lo
quiebran y que se cae pocos días después de haber cumplido con su función
específica.
Desde
el momento de nacer ‑y a veces incluso desde antes de salir del huevo‑
los pichones emiten gruñidos roncos. La, madre, que se mantiene siempre cerca
del nido, acude a este llamado y quita el techo de tierra y ramas que cubre a
la nidada para que los recién nacidos puedan abrirse paso hacia la superficie.
Los
pichones son muy pequeños ‑miden menos de cinco centímetros de largo‑,
tienen grandes ojos saltones, hocico corto y la piel aún suave, de color verde
claro con barras y manchas negras.

Las crías de los yacarés son
pequeñas al nacer (miden menos de cinco centímetros) y necesitan del permanente
amparo materno par aponerse
a resguardo de las aves zancudas que los depredan y de los miembros de la
propia especie que no vacilarían en comérselos
(foto:
H. Rivarola).
Durante
los primeros días de vida encuentran entre la materia orgánica en
descomposición del nido suficientes larvas e insectos para satisfacer su
apetito.
La
madre se encargará luego de conducirlos hasta el agua y continuará
protegiéndolos de las cigüeñas y también de los adultos de la propia especie.
Las
crías. dé los yacarés se mantienen más de un año, en los alrededores del nido,
bajo la vigilancia de una madre activa con la que se comunican por medio de
ronquidos. Crecen lentamente: tardan cerca de dos años en alcanzar una longitud
de treinta centímetros y varios años más en llegar a la madurez completa.
El
número de yacarés ha disminuido notablemente a partir del momento en que el
hombre inició la caza sistemática de la especie en busca del atractivo y pulido
cuero de su vientre.
Según
las estimaciones de Fitch y Nadeau, en los esteros del lberá no hay más de
cinco o siete mil ejemplares de yacarés ñatos y en el río Iguazú
aproximadamente doscientos. En la zona de coincidencia entre el Parque Nacional
de Iguazú en la Argentina y el Parque Nacional do Iguaçu en el Brasil el número
de caimanes sobrevivientes no supera el de trescientos ochenta. Y sí bien es
verdad que la distribución de la especie no se limita exclusivamente a esas
áreas, fuera de ellas las poblaciones son relictuales y la caza intensiva, ya
que no hay restricciones de ningún tipo.
No
es una exageración afirmar, pues, que la del yacaré ñato es una especie en
franco retroceso y condenada a una próxima extinción. En realidad, su población
sufrió con más intensidad que la de otros aligatores el rigor de la presencia
del hombre. El cuero de su vientre, de osteodermos más pequeños que los de
otras especies, con menos imperfecciones, resulta más codiciable para la
industria talabartera y alcanza un precio muy alto en el mercado.
La
preferencia de los cazadores por el yacaré ñato ha determinado que el yacaré
negro ‑otra especie de caimanes asociada con la del ñato y de
distribución originariamente menor en nuestro país‑ esté habitando hoy
zonas antes ocupadas por el ñato. Más grande, más agresivo y de piel más
imperfecta, el yacaré negro fue menos cazado y pudo mantener su población y aun
extender su territorio.
La
suerte del yacaré ñato fue muy distinta. La caza no sólo devastó lo que en una
época fue una gran población sino que además trastornó su estructura y rompió
el equilibrio natural entre los sexos. Los machos son más cazados que las
hembras, en primer lugar porque suelen ser de mayor tamaño y también porque
están por lo general más expuestos que aquéllas, que pasan largos períodos
ocultas junto con la nidada.
Por
otra parte, como los ejemplares depredados son sistemáticamente los de mayor
talla, se ha producido una especie de selección inversa, en la que los
individuos más fuertes y más aptos mueren, y perduran los menos desarrollados.
Esta explotación desmedida acarreó, por supuesto, consecuencias generales para todo el medio. El yacaré, como todo organismo, tiene una función ecológica dentro de su sistema, el de esteros, pantanos y ríos. Sus excreciones, por ejemplo, derivadas de una alimentación que a veces no proviene del agua, contribuyen a enriquecer la productividad primaria del medio acuático.

a)-No en vano es llamado yacaré ñato. En efecto, su
cabeza tiene hocico ancho y corto, que lo distingue
a simple vista de otras especies. b)-Al igual que en otros reptiles, las patas
de los yacarés están implantadas
lateralmente y
le sirven fundamentalmente para empujar el cuerpo al reptar (fotos: H. Rivarola).

El yacaré se desplaza con
facilidad en un medio acuático frecuentemente cubierto
por una profusa vegetación. (Foto: R. R. Cinti/Photohunters)
La
desaparición de los yacarés ha traído alteraciones en el equilibrio de otras
poblaciones del sistema. Según Freiberg ha determinado, por ejemplo, el aumento
de un parásito que ataca al ganado, la Fasciola hepatica, cuya vida larval
transcurre en el interior de ciertos caracoles de agua dulce que son presa
cotidiana de los yacarés. Se ha dicho también que el incremento en el número de
pirañas en Corrientes se debe a la disminución del número de yacarés, que las
depredaban.
No
sólo la caza ha contribuido a la vertiginosa reducción de la especie de los
yacarés. En menor medida, también la destrucción de sus hábitats naturales ha
tenido un efecto semejante. El avance de la agricultura y la ganadería sobre
áreas antes silvestres en Corrientes y la tala de árboles en Misiones han
modificado sensiblemente las condiciones para el desarrollo de la especie.
La
formación de algunas reservas naturales, custodiadas por un servicio de
guardaparques, y la instalación de criaderos que respondan a las demandas del
mercado de cueros podrían salvar al yacaré ñato de su aniquilación completa.

Originariamente, el área de
distribución del yacaré ñato comprendía en la Argentina el río Paraná y sus
afluentes, desde Misiones hasta las cercanías de Diamante (provincia de Entre
Ríos), y el bajo río Uruguay. Hasta hace pocos años se lo vio cerca de las
ciudades de Paraná y Santa Fe. Sin embargo, actualmente, debido a la gran
persecución de que fue objeto y a
la alteración del medio natural,
solo subsisten poblaciones relictuales, sobre todo en los esteros del Iberá y
el Parque
Nacional de Iguazú. El
yacaré negro (Caimán crocodylus yacare) habita el río Paraguay y llega por
Corrientes hasta el Iberá.

Los
componentes más importantes en la dieta del yacaré son el caracol (Ampullaria),
las chinches de agua y los cangrejos, la culebra (Liophis), el sapo (Bufo) y
los peces coraciformes. Sus principales depredadores son la boa o curíyú
(Eunectes notaeus) y el yaguareté (Felis onca). Sus crías son depredadas
principalmente por la cigüeña (Euxenura maguari) y sus huevos por el lagarto
(rupinambis teguixin), el hurón mayor (Eira barbara) y el caranchillo (Rupornis
magnirostris)


Los
crocodilios son grandes reptiles con una adaptación muy grande a la vida en el
medio acuático.
Los
ojos, las orejas y los orificios nasales están ubicados en la parte superior de
la cabeza, lo que les permite flotar con casi todo el cuerpo sumergido. La
cavidad bucal está aislada casi por completo de la nasal debido a que el
paladar óseo llega muy atrás y la entrada de la faringe puede cerrarse mediante
un repliegue, de modo tal que el animal puede comer dentro del agua sin
interrumpir la respiración. Orejas y narinas están provistas de pabellones
móviles que las ocluyen en el momento del buceo y los ojos tienen, además de
los párpados, una membrana nictitante que facilita la visión debajo del agua.
Durante
muchos años los crocodilios fueron agrupados junto con los saurios o lagartos,
debido a la forma alargada de sus cuerpos. Sin embargo hay importantes rasgos
anatómicos que los distinguen de ellos y los señalan como un grupo más
evolucionado: el hueso cuadrado está fijo en el cráneo, el corazón tiene dos
ventrículos bien separados por un tabique, las cinturas escapular y pelviana
están bien desarrolladas, tienen un exoesqueleto de fuertes huesos dérmicos,
los dientes están implantados en alvéolos, los machos tienen un solo pene y la
cloaca es longitudinal en ambos sexos.
Los
crocodilios tienen pupilas verticales, dientes afilados y cónicos, renovables,
cuyo número varía entre setenta y ciento diez, según las especies, y lengua
gruesa adherida al piso de la boca.
Los
miembros anteriores tienen cinco dedos y los posteriores cuatro.
Los
crocodilios anidan en tierra, en lugares húmedos, sobre la hojarasca o en medio
de vegetales descompuestos.
El
orden hizo su aparición en la Tierra en la era Mesozoica, en el período
Triásico, hace doscientos millones de años. Sus miembros ‑conocidos con
los nombres de cocodrilos, gaviales, caimanes, yacarés, aligatores‑ se
distribuyen en América del Norte, América del Sur, Asia, África y Australia.
El
crocodilio más grande es el de agua salada (Crocodylus porosus), que mide cerca
de siete metros, y el más pequeño es un caimán almizclado (Paleosuchus
trigonatus), de apenas un metro de largo.
El
orden de los crocodilios tiene tres familias vivientes: la de los gaviálidos,
la de los crocodilidos y la de los aligatóridos.

Cocodrilo del Nilo Gavial
del Ganges
Los
aligatóridos se diferencian de los gaviales y de los cocodrilos propiamente dichos
porque el cuarto diente del maxilar inferior se aloja en una foseta del maxilar
superior.
Los
aligatóridos son los crocodilios más antiguos y, con la excepción del aligator
chino (Alligator sinensís), son
naturales de América, especialmente de América del Sur.
Suelen
tener todos un hocico ancho y bastante plano.
Son
indolentes por lo general y poco peligrosos y ‑a diferencia de los
cocodrilos tropicales‑ pueden vivir en zonas subtropicales y casi
templadas.
El
aligator del Mississippi (Alligator
mississippiensís), hoy en retroceso, estuvo en un tiempo extendido por todo
el sudeste de los Estados Unidos.
Los
aligatóridos sudamericanos, que son los más numerosos, se conocen comúnmente
con el nombre de caimanes. El caimán común (Caimán
crocodylus), conocido también como caimán de anteojos debido a una cresta
ósea situada entre los ojos, es un aligator que mide alrededor de dos metros de
largo, por lo general inofensivo y de costumbres análogas a las del yacaré ñato
(Caimán latirostris). Se distribuye
por América Central y del Sur hasta Paraguay y el norte de nuestro país, donde
está presente una de sus subespecies, el yacaré negro (Caimán crocodylus yacare).
El
caimán negro o moreno (Melanosuchus
níger) es mucho más grande ‑puede llegar a medir cuatro metros y
medio‑ y ocasionalmente puede depredar a grandes mamíferos. Se distribuye
en las cuencas del Amazonas y el Orinoco, desde el Perú hasta las Guayanas.
Los
caimanes de frente lisa o almizclados (Paleosuchus
palpebrosus y Paleosuchus trigonatus) son los más pequeños, miden alrededor
de un metro y viven en aguas corrientes, a veces incluso en rápidos rocosos.

Caimán moreno

El yacaré negro (Caimán
crocodylus yacare), más agresivo y con cuero más irregular y menos codiciable
para
la industria talabartera,
sufrió con menor intensidad la depredación por parte del hombre. A pesar de
tener
inicialmente una
distribución muy inferior a la del yacaré ñato, ha comenzado en los últimos
años a
ocupar nichos ecológicos
cubiertos antes por la otra especie. (Foto: M. Canevari)

Aunque
la importancia de este inquietante reptil en la dieta de los indígenas del Nordeste
argentino ha sido variable ‑y nunca muy fundamental‑, de una manera
u otra han recibido especial atención por parte del hombre.
Tradicionalmente
fueron presa de los guaraníes y de al menos algunos pueblos cazadores de la
región chaqueña, que comían y comen su blanca carne. Se ataca al yacaré en las
costas o en el agua ‑en este caso desde canoas‑ con flechas, lanzas
o ‑más modernamente‑ fusiles. Como se trata de animales
"acorazados", para herirlos ha de buscarse su punto vulnerable: el
costado del cuello. Las lanzas usadas, generalmente arponadas, pueden tener
punta fija o móvil. En las del primer tipo ‑con punta de madera dura o
metal‑, una vez clavadas el astil ayuda a localizar al animal mientras
intenta huir bajo el agua. Los abipones (indígenas del norte de Santa Fe) se
arrojaban entonces al agua y tirando del palo arrastraban el yacaré a la
orilla. También solían aprovechar las frías mañanas de viento sur, cuando los
animales, que intentaban calentarse al sol, medio entumecidos, resultaban presa
fácil. En los arpones de cabeza removible ‑con punta de cuerno o metal‑
el astil se suelta, pero queda unido por un largo cordel a la punta que,
enganchada en su "barba", queda hincada en la carne del animal. Desde
tierra o desde un bote se sigue a la presa tirando del cordel e hiriéndola cada
vez que se pone a tiro hasta que puede llevársela a tierra.
Otro
método tradicional es pescarlos. Azara cuenta cómo se ensartaban cebos de bofe
de vaca en trozos de palo atados por el medio a una soga y se los dejaba arrastrar
por la corriente hasta que los yacarés los tragaban. Entonces se tiraba de la
soga trayendo al animal a la costa ya que el palo, atravesado en la garganta,
le impedía desembarazarse del traicionero bocado. Similar es el método más
difundido actualmente entre quienes
se dedican a la caza del yacaré para vender sus cueros: durante la noche se
tienden fuertes líneas con grandes anzuelos encarnados que se recogen a la
mañana dando muerte a los animales enganchados
Además
de la carne, las dos especies de yacarés aportaban con sus huevos otra fuente
de proteínas aprovechada por la población local.
Es
de destacar que algunos grupos indígenas no mostraban mucho recelo hacia estos
grandes reptiles. El cronista Dobrizhoffer relata, por ejemplo, cómo en el siglo
XVIII los abipones se bañaban tranquilamente en aguas frecuentadas por yacarés.
Los europeos de la zona no estaban entonces tan seguros acerca de los peligros
de las mordeduras de yacaré. Así, el jesuita Paucke creía que podían llegar a
inocular veneno, ya que en última instancia "todo animal iracundo, hasta
un ser humano, si muerde, deja un veneno en la herida".
Sin
tales temores, en cambio, la población autóctona del Litoral no dejó de
considerar poderosa esta notable hilera de dientes, aunque no ya como potencial
arma contra el hombre sino como protección contra venenos. Y durante la colonia
españoles y criollos adoptaron de abipones y mocovíes la creencia en las
virtudes medicinales de los dientes de yacaré, que colgados del cuello o un
brazo evitaban las picaduras de serpientes y, si no lo hacían, volvían
inofensivo el veneno. También la aplicación de un diente sobre la picadura,
presionando y raspando sobre la herida y succionándola, era eficaz remedio.
Asimismo, los abipones pulverizaban el diente y lo daban a beber, mezclado con
agua, como antídoto.
El
colgante de diente de yacaré se consideraba incluso capaz de hacer vomitar
cualquier tipo de venenos. Para mayor seguridad, en vez de utilizarla como
colgante, había quienes llevaban esta protección inserta bajo la piel para
inmunidad contra serpientes y envenenadores.
Otro
poder tenía el diente: contra el aire. En la medicina popular ‑tal vez
por convergencia de tradiciones americanas y europeas‑ se considera que
una corriente de aire puede penetrar en el cuerpo produciendo contracturas
musculares de diversa gravedad. El diente de yacaré tendría la virtud de atraer
el aire, sacándolo del enfermo, igual
que la contemporánea barrita de azufre. Así, Paucke afirma haber presenciado el
repentino estallido del diente que portaba un esclavo negro: de no haberlo
llevado, dice, el hombre hubiera enfermado. Si no se había hecho uso preventivo
podía intentarse la cura posterior, colgándolo a! cuello del paciente o
haciéndoselo beber en polvo.
Estas
propiedades medicinales convirtieron a los dientes del yacaré en un bien muy
requerido. Los españoles del tiempo colonial solían engarzarlos en oro o plata,
y tenían tanto valor que llegaron a figurar en algún testamento de la época.
Los proveedores usuales eran los indígenas. La extraordinaria demanda alteró
las costumbres tradicionales de los cazadores indígenas próximos a las misiones
‑cuya visión del mundo comenzaba a trastornarse por la situación colonial‑
y en el siglo XVIII los abipones empezaron a matar yacarés en especial por sus
dientes. Transformados en mercancía,
desperdiciando frecuentemente el resto de las presas,
Dicho
pueblo también usaba las vértebras de estos animales, debidamente aguzadas,
para provocarse sangrías en distintas partes del cuerpo, que creían eficaces
para infundir fuerza a los guerreros ‑tal vez por transmisión del vigor
del yacaré.

Los indígenas chiriguano-chané
del Chaco salteño confeccionan representaciones cerámicas de la fauna. Desde
hace tiempo, los
yacarés han sido muy raros
en dicha zona y seguramente el alfarero no ha tenido modelos a la vista. En la
pieza se
advierte cierto aspecto de
dragón que tal vez pueda atribuirse a la influencia de imaginería religiosa
cristiana. (Foto: R. Figueira)
Otras
partes del animal tienen también propiedades terapéuticas en la medicina folklórica.
Su grasa o unto, frotada sobre las partes afectadas, se utiliza para los
dolores reumáticos, y los gastrofitos hallados en su estómago sirven ‑molidos
y bebidos con agua‑ contra el "mal de piedra" o cólico renal.
También el estómago, seco y molido, se ha empleado tradicionalmente para
disolver cálculos renales o de vejiga y como diurético. En la mitología guaraní
el yacaré tiene doble origen. Uno se remonta al incendio de la tierra por
choque con el sol; los hombres que se hundieron en el río para no quemarse se
convirtieron en yacarés y carpinchos. El otro origen tiene que ver con el mito
de los gemelos cuya madre fue devorada por los antecesores de los jaguares.
Criados por los propios victimarios en la ignorancia de lo ocurrido, finalmente
se enteran de la verdad. En venganza, mediante engaños, uno de ellos hace
cruzar a los asesinos un puente sobre un gran río, aprovechando para arrojarlos
al agua. Tira entonces cortezas al río, que se transforman en yacarés, boas de
agua y lobitos de río que masacran a los caídos; según otras versiones fueron
éstos los que se convirtieron en tales animales, que conservan el carácter
carnívoro de los seres originarios.
Entre
los tobas, los yacarés están protegidos por un Padre y una Madre míticos que
castigan los daños innecesarios que se hagan a sus "hijos". Para este
pueblo el yacaré tiene una función religiosa considerable, ya que es el
encargado de hacer cruzar sobre su lomo a las almas atravesando el río que
separa la tierra del mundo de los muertos. Tras la muerte, el lekapal o
espectro se dirige hacia dicho río,
ubicado en algún lugar hacia el este, e invoca respetuosamente al yacaré,
tratándolo de "abuelo", pues no conviene malquistarse con él, único
acceso al otro mundo. Los tobas dividen el cosmos en tres partes: un mundo
superior ‑el cielo‑, otro terrestre y otro subterráneo‑acuático.
La morada de los muertos se ubica en este último; por eso es coherente que sea
el yacaré ‑animal anfibio‑ el intermediario con el más allá.
Actualmente,
más que por su carne ‑consumida por indígenas y algunos criollos‑,
los yacarés se cazan por sus cueros, de uso en marroquinería de lujo. Los
animales ‑muertos con armas de fuego, o fijas (lanzas arponadas) y
especialmente pescados con líneas y anzuelos‑ se abren por el lomo, ya
que la parte utilizable del cuero es la porción ventral.
Los
tobas y los pilagás de la región chaqueña cazan yacarés por encargo de
acopiadores de cueros. Los cazan de noche, con armas de fuego, y reservan para
su consumo la carne de la cola de los animales capturados.

La poderosa cola del yacaré,
ágil y de fuerte musculatura, resulta un auxilio muy eficaz tanto en el agua
como en tierra.
Es ella la que impulsa los
desplazamientos acuáticos, la que golpea a los posibles competidores y
depredadores y
a que en el caso de la
hembra‑ sirve de quinto miembro en la tarea de construcción del nido.
(Foto: H. Rivarola)
Los
reptiles han evolucionado a partir de un grupo de anfibios primitivos
(Estegocéfalos) que se independizaron del medio acuático hace 250 millones de
años gracias al desarrollo de huevos que se incuban en el suelo y a la
adquisición de respiración pulmonar.
Los
miembros actuales de esta clase, como sus antepasados, viven en general en regiones
cálidas, pues son animales heterotérmicos (poiquilotermos) cuya temperatura
corporal varía y depende en gran medida de factores externos como la exposición
al sol.
El
aspecto exterior no es muy homogéneo en los distintos grupos, y aunque son
fundamentalmente tetrápodos (provistos de cuatro patas) los hay carentes de
ellas. Las especies dotadas de patas las tienen implantadas lateralmente y
ellas les sirven más que nada para empujar el cuerpo y reptar, de donde deriva
el nombre de la clase.
La
piel es gruesa, seca, carente de glándulas, con escamas córneas o con placas
(osteodermos) ubicadas más profundamente en la piel, como ocurre en los
cocodrilos. En los reptiles con escamas y en la tuatara es típica la muda
periódica, ocasión en que la capa externa del estrato córneo se separa de la
interna, más joven.
El
esqueleto está casi por completo osificado. El cráneo es más o menos aplastado
y los huesos que adquieren mayor desarrollo en él son los faciales y de las
mandíbulas. La columna vertebral posee un número variable de vértebras, según
las especies, y lo mismo ocurre con la cantidad de costillas. El esternón es
rudimentario o ausente.
Con
excepción de las tortugas ‑que poseen una cubierta córnea en las
mandíbulas‑, todos los reptiles tienen dientes, en general abundantes y
de formas semejantes (homodoncia) aunque con diferentes tamaños. Carecen de una
verdadera función masticatoria y sirven para aferrar el alimento, que casi
todos los reptiles engullen entero. En su mayoría se trata de animales carnívoros,
aunque también hay otros con diversos hábitos alimenticios.
La
lengua tiene características muy variables: en algunos reptiles puede apenas
moverse (cocodrilos), mientras que en otros es bífida y notablemente móvil
(víboras). En la cavidad bucal pueden encontrarse distintos tipos de glándulas,
entre ellas las venenosas que poseen algunas especies y que se consideran
glándulas salivales modificadas.
El
estómago es amplio y el intestino breve. Después de comer, los reptiles reposan
inmóviles hasta completar la digestión y pueden resistir meses sin ingerir
alimento.
Los
reptiles respiran fundamentalmente por pulmones. Generalmente poseen dos, pero
en especies de forma alargada el pulmón izquierdo falta o está atrofiado, como
ocurre en algunos saurios y ofidios.
El
corazón presenta dos aurículas totalmente separadas entre sí y un ventrículo
usualmente semidividido, excepto en los cocodrilos, donde está totalmente
dividido.
Los
riñones son en general muy voluminosos y lobulados, tienen formas diversas y
desembocan junto con los intestinos y los conductos genitales en la cloaca. El
sistema nervioso es más desarrollado que en los peces y anfibios. Los ojos son
por lo común pequeños, con párpados superior e inferior que en algunos casos se
sueldan y hacen transparentes. En ciertas especies existe además una membrana
nictítante, transparente, que desde el ángulo interno se proyecta sobre el ojo
hacia adelante protegiéndolo sin entorpecer la visión.
El
oído conserva una estructura semejante a la de los anfibios, carece de pabellón
auditivo pero puede tener membrana timpánica. Las serpientes carecen de
orificios auditivos externos pero a través del esqueleto pueden percibir las
vibraciones transmitidas por el suelo.
La
piel está bien provista de órganos táctiles, y los gustativos se encuentran en
la boca. Algunos reptiles poseen un órgano quimiorreceptor (órgano de Jacobson)
que desempeña una función mixta olfatoria y gustativa, como ocurre, por
ejemplo, en los ofidios.
Los
reptiles nacen en su mayoría de huevos que ponen en cavidades naturales o
excavadas por las hembras y que usualmente son abandonados. La duración de la
incubación depende de la especie y la temperatura ambiente.
En
algunas especies los huevos permanecen en el útero de la madre hasta el término
de su desarrollo (ovoviviparismo). Los reptiles verdaderamente vivíparos son
poco frecuentes; en esos casos los embriones se desarrollan dentro de la madre
y obtienen sus alimentos por estrecho contacto con los tejidos maternos.
En
los machos existen órganos copuladores que dependen de la cloaca; en los
cocodrilos y las tortugas éstos son simples, mientras que en las serpientes,
los lagartos y la tuatara son dobles.
La
característica más importante que ha de considerarse para la clasificación de
los reptiles es la disposición en el cráneo de las aberturas entre los
temporales (huesos situados en la parte lateral de la cabeza, detrás del ojo).
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