Director: Guillermo
Alejandro Bavera, Méd. Vet., Profesor Titular Efectivo de Producción Bovina de
Carne, Depto. Producción Animal,
Facultad de Agronomía y Veterinaria, Universidad Nacional de Río Cuarto,
Río Cuarto, provincia de Córdoba, República Argentina
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*Veneciano, J. H. y Lartigue, E. del C. 2001.
Revista de la Sociedad Rural de Jesús María, 128:9-14.
Espec. en Gestión ambiental - FICES, UNSL.
Desde sus inicios la agricultura adoptó la concepción
tradicional de uso del ambiente natural como donante y fuente inagotable de
insumos esenciales, movilizados a través de procesos tecnológicos altamente
dependientes de energía fósil (Ghersa et al., 1997 - citados por Pordomingo,
1998-), concepción que ha conducido en nuestro país a la conformación de
agrosistemas que, junto con el producto (grano, carne, leche, etc.), exportan
la fertilidad de los suelos y comprometen con ello la sostenibilidad del
sistema en su conjunto.
El proceso de globalización, apertura e integración económica consolidado durante los años noventa ha traído aparejado para nuestro país una intensificación de los sistemas productivos, generando nuevas presiones sobre los recursos naturales renovables y no renovables; este modelo genera el 40 % de las exportaciones, pero a costa de la fertilidad natural de los suelos, lo que pone en riesgo la sostenibilidad de todo el sistema: la pampa húmeda -en cuyos 48 millones de hectáreas se concentra más del 80 % de la actividad agropecuaria nacional- padece hoy los síntomas de degradación más severos de su historia, de los cuales -si bien en distinto grado- son responsables tanto la producción intensiva de granos como la ganadería (Curti, 1999).
En las regiones semiáridas el componente más
vulnerable y crítico del ecosistema es el suelo: su degradación (erosión y pérdida
de fertilidad) puede ser rápida, y su recuperación extremadamente lenta
(Viglizzo y Roberto, 1991). Estos mismos autores anticiparon una nueva fase
degradativa de los suelos de la pampa semiárida, a la que contribuirían
factores tales como la mejora en los precios de los granos, el acceso a
germoplasma de alto rendimiento, condiciones climáticas favorables para los
cultivos de cosecha, el desarrollo de maquinaria rural más eficiente,
decrecimiento de la superficie praderizada, y el surgimiento de agroquímicos de
elevada eficacia, entre otros.
Este proceso, carente de síntomas claramente
visibles, conduce a una descompensación en el presupuesto mineral del
agroecosistema, dada por una extracción de nutrientes que supera con holgura la
capacidad natural que el ecosistema tiene para reponerlos. Con excepción del
nitrógeno (N), que puede ser incorporado eficientemente desde la atmósfera a
través de la fijación simbiótica que tiene lugar en plantas leguminosas, los
restantes elementos nutritivos - entre ellos el fósforo (P)- son provistos por
las reservas del suelo. Cuando no se efectúa reposición mediante fertilización,
la continua extracción por los cultivos, junto con las pérdidas de suelo por
erosión, reducen significativamente su disponibilidad edáfica: Hall et al.,
1992 (citados por Díaz-Zorita, 1998) destacan la mayor frecuencia de aparición
de suelos deficientes en N y en P en la región pampeana, en tanto que Montoya et
al. (1999) informan de una situación análoga respecto a P en el E de La
Pampa. Ratto y Conti (1996) señalan que, además de los elementos limitantes por
excelencia (N y P), existen en el país indicios de que otras carencias (azufre
-S-, potasio -K-, cinc ~Zn- y boro -B-) comienzan a detectarse.
En la provincia de San Luis se estimó para 1993 una "pérdida" en el año de 4.511 tn N, 821 tn P y 819 tn K como exportación conjunta de nutrientes correspondiente al grano cosechado de maíz, sorgo granífero, y girasol (Veneciano, 1995). En la misma comunicación se señala que apenas una de cada dieciséis hectáreas implantadas con cultivos anuales extractivos estaría en teoría integrada a un planteo de rotaciones con especies leguminosas. No abunda, sin embargo, información referida a la exportación de minerales con los productos de la ganadería (actividad extendida a la totalidad del territorio provincial), como así tampoco relacionada con la disponibilidad de nutrientes en el suelo. No obstante esas carencias, se consideró en este trabajo la hipótesis de que la falta de restitución de P a los sistemas de producción de carne de San Luis pone en riesgo su estabilidad en el tiempo. Los objetivos propuestos fueron:
1. Estimar la exportación de P por parte de la actividad ganadera de la provincia de San Luis para dos niveles de productividad (actual y mejorado).
2. Inferir, para dos
niveles de disponibilidad inicial en la capa arable del suelo, el tiempo de reducción
de dicho nutriente hasta umbrales considerados críticos.
La distribución geográfica del ganado bovino en San Luis se adaptó de Ávila (1997); los valores de productividad, discriminados por zona, correspondieron al año 1996 (Veneciano, 1998).
Para la estimación de la exportación anual de P por
parte de la actividad ganadera se consideró que 1 kg de carne bovina (peso
vivo) = 6,8 g P (Pearson e Ison, 1994). Los cálculos se efectuaron para dos
niveles de productividad de carne (kg peso vivo/ha/año): actual (1996) y
mejorado (+ 40 %), asumiéndose este último como un valor arbitrario aunque factible
de alcanzar en años próximos merced al desarrollo tecnológico de la actividad,
desarrollo supuesto del que únicamente se exceptuaría como práctica de manejo
la fertilización fosfatada.
En las estimaciones sólo se contempló la exportación
del nutriente con el producto animal (carne), y no otros componentes del ciclo
del P en un sistema de pasturas (ej. ingresos por lavado y arrastre) cuya
incidencia, menos significativa, se desconoce para los suelos de San Luis.
Se asumió razonablemente, además, que en los
sistemas pastoriles de nuestra provincia la restitución de P al suelo mediante
fertilización es inexistente, y de igual manera la derivada del uso de
suplementos alimentarios.
Como umbral de abastecimiento por debajo del cual la disponibilidad de P en la capa arable (0 - 20 cm de profundidad) es deficiente se consideró el valor de 10 ppm (Montoya et al., 1999), ya que valores más altos (umbrales de 15 - 20 ppm) son citados para otros ambientes y planteos de producción más intensivos (Berardo, 2000).
Finalmente, para dos niveles de disponibilidad
inicial de P en la capa arable: 15 ppm (disponibilidad media) y 25 ppm
(disponibilidad buena) se calcularon, por zona, los tiempos de reducción (en décadas)
del nivel de P hasta alcanzar el mencionado umbral de deficiencia.
Se consideró un peso específico del suelo de 1,3 tn/m
(Cortés, com. pers.), de donde resultaron disponibilidades de P en capa arable iguales
a: 26,0 kg/ha (umbral de deficiencia), 39,0 kg/ha (disponibilidad media) y 65,0
kg/ha (disponibilidad buena).
Conocido es que los nutrientes son constantemente exportados del sistema agrícola a través de las plantas cosechadas y los productos animales, así como importados a través de deposición atmosférica, praderas de leguminosas, abonos y fertilizantes. Según el caso, pueden ser extraídos del sistema por lixiviación, erosión y volatilización, o retenidos temporariamente por los organismos del suelo en la materia orgánica, sólo para ser posteriormente liberados y nuevamente reciclados (Roberts, 1996a).
La degradación del suelo resultante de las
actividades productivas crece a un ritmo alarmante en todo el mundo, y Argentina
no escapa a esta realidad. Sin embargo, por lo general el deterioro de los
recursos naturales no se incorpora al cálculo de costos de producción del
sistema: tanto la erosión como la degradación física y química de los suelos
derivan en un aumento de los costos de producción, por requerir la adopción de prácticas
correctivas, ejemplo de lo cual es el crecimiento de la demanda de fertilizantes
en el país, a consecuencia de la acelerada reducción de los niveles de
disponibilidad de N y P, entre otros nutrientes esenciales para el desarrollo
de los cultivos (Viglizzo y Roberto, 1991; Curti, 1999).
En la campaña agrícola 1992/93 la reposición de P
por fertilización en el país fue menor al 20 % del extraído por los cultivos (Díaz-Zorita,
1998). La no contabilización del costo ambiental origina una falla en el
mercado pues, al no contemplarlo, el precio del bien generado resulta
artificiosamente inferior al real. Esto a su vez conduce a un desarrollo
excesivo de la actividad que ocasiona el mencionado daño ambiental (esto es, a
un nivel de producción ineficientemente alto con relación a lo socialmente
deseable). A menudo el cambio tecnológico, a través del aumento transitorio de
la productividad, enmascara la degradación de los recursos. Y las herramientas
económicas que el productor agropecuario utiliza en la toma de decisiones (ej.
técnica del margen bruto) no contemplan el deterioro del capital natural ni la
pérdida de la capacidad productiva de los suelos (Cursack de Castignani et al.,
1997).
Si bien la ganadería pastoril es una actividad cuya
extracción es muy inferior a la de la agricultura de cosecha (Pordomingo,
1998), "minar" las reservas de nutrientes del suelo no es una práctica
sostenible a largo plazo: si se permite que los niveles de nutrientes declinen
de forma tal que se limite el potencial de rendimiento (descapitalización), pueden
esperarse sustanciales pérdidas, tanto económicas como de fertilidad edáfica
(Roberts, 1996b). Como puede inferirse a partir de los datos del Cuadro 1, en
el caso de San Luis la exportación anual de P debida a la ganadería vacuna es
relativamente baja con relación a la de la agricultura de cosecha: de 7.123.613
ha con uso ganadero se exportan anualmente del sistema 755,8 tn, mientras que
la extracción derivada de los tres principales cultivos de la provincia (maíz,
sorgo granífero, girasol), para una superficie de sólo 113.145,0 ha, fue en
1993 igual a 821,0 tn (Veneciano, 1995). Un eventual mejoramiento del 40 % en
la productividad ganadera elevaría la exportación de P por encima de las 1.000 tn/
año.
No obstante, es importante resaltar que, aunque la retención de P dietario en bovinos es baja (en vacas lecheras el 75 % es excretado con las heces), la restitución del nutriente se efectúa de manera no uniforme en el lote: Díaz-Zorita (1998) señala que las áreas de deposición son muy pequeñas, aún en sistemas intensivos (en el O bonaerense, trabajando con pastoreos de altas cargas instantáneas y bajos tiempos de permanencia en las parcelas, se determinó que apenas un 13 % de la superficie pastoreada era cubierta por el bosteo, valor que se reduce notablemente con sistemas menos intensivos, como los imperantes en San Luis).
Naturalmente, la extracción de P es más alta en la zona oriental de la provincia, en concordancia con su mayor productividad ganadera. En este trabajo sólo se tuvo en cuenta la exportación de P debida a la ganadería, pero es válido destacar que este sector centraliza la casi totalidad de los cultivos agrícolas de San Luis, lo cual potencia la exportación de P proveniente de estos suelos. Recordemos que la franja oriental es asimismo la más húmeda y, aunque es cierto que los fosfatos no se lixivian tan fácilmente como los nitratos y sulfatos, existe una asociación directa entre las pérdidas de P por lavado y el nivel de lluvias (Darwich, 1989).
En el país no se han actualizado los mapas de
carencia de nutrientes por zonas y, si bien existe mucha bibliografía referida
a trigo y maíz, es escasa la información disponible sobre otros cultivos agrícolas
y pasturas (Dir. de agricultura-SAGPyA, 1998). Pero, para una provincia vecina
Montoya et al. (1999) han
informado del desplazamiento entre los años 1980 - 1993 de las deficiencias de
P hacia el O, atribuyéndolo a la expansión de la frontera agrícola y al
consecuente traslado de la ganadería hacia zonas marginales, con extracción
creciente de nutrientes (sin reposición), junto con pérdidas de suelo debidas
al empleo de sistemas no conservacionistas de manejo.
Cuadro 1. Niveles (actual y mejorado) de productividad anual de carne por zona,
y fósforo exportado.

Cuadro 2. Tiempo de reducción del P disponible de la capa arable hasta el umbral de 10 ppm, partiendo de
2 valores de disponibilidad inicial (15 y 25 ppm), y en función del nivel actual de productividad ganadera.

Con los valores actuales de productividad ganadera
los suelos de San Luis que hoy cuentan con disponibilidades de P en capa arable
media (15 ppm) o buena (25 ppm) alcanzarían, en promedio, el umbral de
deficiencia (10 ppm) en 12,25 y 36,76 décadas, respectivamente. Sin embargo,
discriminados por centro ganadero, estos tiempos varían con mucha
amplitud, llegando en casos extremos a 2,24 (Justo Daract) y 178,9
(Capital Oeste) décadas, según el nivel de disponibilidad inicial (Cuadro 2).
Sin embargo, como se señaló anteriormente, la muy irregular distribución de las
deyecciones acortaría considerablemente los plazos para la aparición de manifestaciones
de deficiencia de este nutriente; con más razón, en el caso de planteos mixtos
que incluyen la agricultura de cosecha, particularmente en la zona oriental,
aunque cada vez con mayor frecuencia expandiéndose hacia el O merced a los
favorables registros de lluvia de los últimos años.
Cuando las estimaciones se hacen para un nivel de productividad ganadera mejorado (+ 40 % respecto del actual), bastante razonable como expectativa para los próximos años, se aprecia (Cuadro 3) que los plazos se acortan considerablemente, en particular para la franja oriental de la provincia y para suelos con mediana provisión inicial de P.
Cuadro 3. Tiempo de reducción del P disponible de la capa arable hasta el umbral de 10 ppm, partiendo de 2 valores de disponibilidad inicial (15 y 25 ppm), y en función de un nivel de productividad ganadera mejorado + 40 % respecto del actual.

Con todo, aún cuando algunos valores puedan parecer no preocupantes, debe recordarse que cuando las reservas de fertilidad de este nutriente han decaído, resulta muy costoso restablecer la productividad óptima: Roberts (1996 b) destaca que se requieren 16 a 25 kg P205/ha (esto es 34,8 a 54,3 kg de superfosfato triple/ha) para incrementar el test de suelo Bray P 1 en apenas 1 ppm.
Con el convencimiento de que los suelos
empobrecidos comprometen la sostenibilidad de los sistemas, en general los
autores (Viglizzo y Roberto, 1991; Daswich, 1996; Díaz-Zorita, 1998;
Pordomingo, 1998; Montoya et al., 1999, entre otros) coinciden en proponer como
herramientas tecnológicas correctoras la restitución de nutrientes (esto es, la
adición proporcionada al nivel de extracción del mineral) y la aplicación de prácticas
de manejo conservacionistas. Berardo (1996) añade que la fertilización
fosfatada de pasturas mejora su productividad, reduce la pérdida de plantas,
restringe la invasión de malezas y acrecienta la calidad del forraje. Dicha
fertilización debe ser planeada en función de la cantidad de P extraída más un
incremento de 20 - 30 % para los procesos de inmovilización de este nutriente
en el suelo (Berardo, 2000).
De acuerdo con Roberts (1996 a) la restitución de
nutrientes adecuada a las necesidades del cultivo y a las condiciones del suelo
puede mejorar el uso eficiente de los mismos en forma compatible con la
protección ambiental. El mismo autor señala que el aporte apropiado de
nutrientes promueve un crecimiento saludable del cultivo, mejores sistemas
radiculares y mayor resistencia de las plantas al stress, una más rápida
cobertura del suelo y un mejoramiento de la eficiencia en el uso del agua,
factores todos que ayudan a prevenir la degradación del suelo. Pordomingo
(1998) advierte que en la región pampeana existe escasa información sobre la
dinámica de los nutrientes (requerimientos, pérdida, movilidad, interacciones),
y menos aún se ha investigado sobre los riesgos ambientales de la fertilización
(particularmente en lo atinente a pérdidas de nutrientes lábiles - N, S- y sus
efectos contaminantes del agua y del aire), y a menudo la eficiencia de uso de
los fertilizantes es visualizada estrictamente desde la relación con el
producto pero no por sus efectos ambientales. Sin embargo, que los
fertilizantes tengan un impacto ambiental positivo o negativo depende en alto
grado del manejo: los efectos de la fertilización son reducidos, y a menudo
eliminados, cuando los cultivos se conducen con las mejores prácticas, equilibrando
los consumos de producción en los niveles adecuados y utilizando técnicas de
conservación de suelo y agua específicas para cada lugar, lo que minimiza las pérdidas
hacia las napas freáticas (Roberts, 1996b).
En nuestra región, un planteo ganadero conformado
sobre la base de pasturas perennes (nativas e introducidas) puede constituir un
mecanismo de notable capacidad para asimilar los dos determinantes esenciales
de la producción primaria, que inevitablemente habrán de ingresar anualmente al
sistema: la energía en forma de radiación solar y el agua de lluvia. Los
nutrientes aportados por el suelo, en cambio, configuran un depósito que se
resiente con cada gramo de producto que sale del sistema. De manera que un
planteo ganadero que exporte anualmente energía y agua (en este caso en forma
de carne) y restituya los restantes nutrientes al suelo bien puede ser
considerado como un sistema altamente sostenible en el tiempo.
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