Director: Guillermo
Alejandro Bavera, Méd. Vet., Profesor Titular Efectivo de Producción Bovina de
Carne, Depto. Producción Animal,
Facultad de Agronomía y Veterinaria, Universidad Nacional de Río Cuarto,
Río Cuarto, provincia de Córdoba, República Argentina
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Santiago
Lorenzatti. Periodístico. Clarín Campo, Bs. As., 19.02.05.
El
especialista Joao Carlos de Moraes Sa demostró que la siembra directa ofrece un
balance de carbono positivo.
Recientes
investigaciones avalan lo que muchos que practican una "siembra directa en
serio" podían intuir a partir de sus experiencias productivas. La
realización continua de un sistema de siembra directa en planteos productivos
puede dar como resultado el aumento de
los tenores de materia orgánica en los suelos; o dicho en otros
términos, puede secuestrar carbono.
Y es bueno resaltar, una vez más, que sólo la directa concebida como sistema es
la que permite acceder a estos beneficios para el productor y el ambiente.
Vicia sobre maíz.
Esto
es una nueva oportunidad, la cual tiene que ver con la reciente ratificación
del Protocolo de Kyoto. El
protocolo establece la necesidad de reducir, a nivel global, el nivel de
emisiones de gases causantes del efecto invernadero. Ocurre que bajo
determinadas situaciones de manejo la siembra directa tiene un balance de carbono positivo. En
términos simples, ingresa —y se acumula en el suelo como materia orgánica— más
carbono que el que es liberado al ambiente en forma de dióxido de carbono.
Quiere decir, que la directa puede posicionarse como actividad secuestrante, lo cual abre la oportunidad de entrar en
el negocio de los "bonos de carbono". Sucede que hay actividades que
liberan gases "efecto invernadero" y otras que lo secuestran. Si se
establece —vía protocolo de Kyoto— que el balance debe tener como resultado una
disminución del tenor de estos gases en la atmósfera aparece la chance para la
actividades secuestrantes; que incluso podría
comercializar estas toneladas de carbono secuestradas.
Sin
embargo, no todas son rosas. Para acceder a estos potenciales beneficios,
cualquier actividad que quiera llevar el galardón de ser "secuestrante de
carbono" debe ser formalmente reconocida
como tal por los mecanismos establecidos en el protocolo. A la fecha la
siembra directa no lo está. Sin embargo, hay trabajos en la literatura
científica que avalan esta posibilidad; lo cual deja la ventana abierta.
Pero
volvamos a los resultados de las investigaciones. Joao Carlos de Moraes Sá,
destacado estudioso de la dinámica de
la materia orgánica, viene realizando estudios comparativos entre la
performance de la siembra directa —vista como sistema— y la labranza
convencional en cuanto al balance de carbono. El especialista encontró que las
labranzas provocan "importantes pérdidas de carbono debido a la oxidación de la materia orgánica del suelo,
lo cual se acentúa en esquemas con monocultivo". Asimismo, destacó que
"la severidad de las pérdida será mayor en ambientes con clima tropical, pudiendo ser
Por
ejemplo, un grupo de investigadores en la región de las sierras brasileñas
midió una elevada tasa de secuestro de
carbono (2,18 Mg/ha/año), lo cual sólo fue posible con un alto aporte de
residuos de cultivo (Corazza et al., 1999). La diferencia significativa ocurrió
en la capa superior del suelo; aquella que va de
Por
ejemplo, las leguminosas normalmente usadas en la zona como cultivos de
cobertura (mucunas y crotalarias) liberan altas cantidades de polisacáridos; mientras que las
gramíneas (maíz, sorgo y trigo) son ricas en polifenoles. En consecuencia, "la combinación de los cultivos
en rotación como base del sistema de siembra directa parece proporcionar un
efecto estimulante para la formación de macroagregados en la capa superficial
del suelo, resultando en la protección física de la materia orgánica",
concluye el especialista.
La
explicación a este proceso radica en que la descomposición lenta y gradual de
los rastrojos depositados en superficie va
liberando compuestos orgánicos que —en ausencia de labranzas— estimulan
la formación y la estabilidad de agregados. Por lo tanto, la materia orgánica
del suelo queda menos expuesta a los procesos microbianos, reduciendo la tasa
de mineralización y resultando en un menor
flujo de dióxido de carbono hacia la atmósfera . Así, al actuar como
agente de unión entre partículas del suelo, la materia orgánica queda protegida del ataque microbiano
dentro de los agregados.
Finalmente,
vale recordar que la ganancia de carbono que la siembra directa puede lograr se
da en un volumen de suelo que rara vez supera los
También
es necesario tener presente que el secuestro de carbono es una realidad sólo
cuando el balance —entradas menos salidas— es positivo; y ello se logra no sólo
no removiendo el suelo, sino haciendo un importante aporte de rastrojos vía rotación y fertilización
estratégica. Sólo la siembra directa, concebida como sistema es la que cumple
con los requisitos.
Para
Moráes Sá, investigador y profesor del Departamento de suelos de la Universidad
de Ponta Grossa (Brasil), los efectos de ganancia o pérdida de materia orgánica
en suelos bajo distintos esquemas de producción se dan en los primeros
Además,
considera que "la ausencia de remoción del suelo permite la formación de
una arquitectura con poros continuos,
induciendo a la ocurrencia de un flujo dirigido de los gases, que a su vez
influencian la actividad de los microorganismos". En ausencia de
labranzas, la fractura de los agregados no sucede, reduciéndose la entrada repentina de oxígeno. Así, la exposición
de la materia orgánica al ataque microbiano es minimizada, permitiendo su
aumento.
Por
su parte la realización ocasional de labranzas, incluso con escarificador, en
lotes que vienen en siembra directa "resultó en la reducción de carbono en
las fracciones hábiles de la materia orgánica", destacó Moraés Sa. Esto
indica que la remoción vertical del
suelo aún en proporciones menores que en los tratamientos con labranza
"afecta la concentración de carbono en las fracciones e interfiere en su
acumulación", concluyó.
La superficie bajo siembra directa se ha
incrementado en los últimos años superando actualmente los 70 millones de
hectáreas en todo el mundo. Aproximadamente la mitad corresponde a países de
América Latina; y de ellas el 50% están en Argentina.
Sin embargo, muchas veces se ha cometido el error de entenderla como una
tecnología que "cambia el arado por una máquina más reforzada de siembra,
que consigue sembrar en suelos sin labrar y donde las malezas se controlan con
herbicidas", destacó Rolf Derpsch en el último congreso de AAPRESID.
El fracaso resultante de este enfoque simplista se ha hecho sentir en diferentes regiones del mundo. Y Argentina no es la excepción. De los 16 millones de hectáreas contabilizadas como "siembra directa", un porcentaje corresponde a hectáreas cultivadas bajo una visión simplista, que solo la toma como una herramienta tecnológica puntual. Es fundamental comprender que recién se accede a sus principales beneficios cuando se la entiende como un sistema integral.
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