Antonio Elio Brailovsky*.
1994. Mundo Orgánico, Bs. As., 1(3):40-43.
*Escritor, Prof. Titular en
la U.B.A. y en U.B.
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ganaderos
¿Por
qué mueren las ciudades? ¿,Qué extraño encadenamiento de causas económicas,
políticas y ecológicas lleva a la decadencia de calles y plazas, de palacios y
murallas? Quizás las ruinas de Babilonia puedan decirnos algo, un sordo drama
que podemos entrever en la voz y la mirada de algunos de sus protagonistas.
Veamos de qué manera nos cuentan la patética historia de la desertificación
provocada por un sistema de regadío que agotó el suelo.
La
historia transcurre en lo que hoy se llama Irak, en la gran llanura mesopotámica,
situada entre los ríos Tigris y Eufrates. Allí aprendieron los hombres a desviar
las aguas de los ríos hacia campos de cultivo, lo que les permitió obtener
abundantes cosechas en tierras que antes habían sido desiertos.
Los
imperios de regadío son uno de los fenómenos más característicos de la
antigüedad. Millones de personas se agrupan en torno de acueductos, canales y
acequias. En su momento culminante, la Mesopotamia albergó unos 20 millones de
personas, el doble de su población actual. Una civilización basada en el riego
es muy vulnerable frente a los ataques de sus vecinos.
Esto
obliga a crear un ejército estable que cada vez se profesionaliza más, y cada
vez tiene una política más y más expansiva. La lógica interna del sistema lleva
a militarizarlo en forma creciente. Finalmente, con el correr de los siglos,
los pacíficos cultivadores se lanzan a conquistar a sus vecinos, y la casta
sacerdotal es reemplazada por una casta militar.
Pero, antes de ambicionar las riquezas ajenas, esta sociedad ha producido las propias, apoyándose en la enorme capacidad de producción del riego. Y es el asombro grande de Herodoto, quien visitó la región en ese momento:
"Las tierras se riegan con el agua del río, pero no con inundaciones periódicas como en Egipto, sino a fuerza de brazos y norias. En los frutos de Ceres es tan abundante y feraz, que da siempre doscientos por uno; y en las cosechas extraordinarias suele llegar a trescientos. Allí las hojas de trigo y de cebada tienen de ancho, sin disputa alguna, hasta cuatro dedos. Estoy persuadido de que parecerá increíble a los que no hayan visitado la comarca de Babilonia cuanto dijera tocante a los frutos de aquel país ".
La fertilidad de estas tierras tiene que ver con los muy altos rendimientos de las tierras áridas cuando se las riega, y que contrastan de un modo impresionante con el desierto que las rodea. Por la misma ausencia de lluvias, el suelo conserva sus minerales originarios, que no han sido disueltos o arrastrados por el agua.
Las rodea el desierto arábigo, uno de los ecosistemas más inhabitables del planeta. El suelo es de arena y piedra, con sedimentos salinos de texturas muy finas, que se extienden en las planicies de la baja Mesopotamia y en las del centro de Arabia Saudita. Esos sedimentos salinos son el resultado de que alguna vez el desierto estuvo debajo del mar. Esa sal volverá a aflorar con el riego.
Salidos de las arenas, los hombres del desierto describieron un amplio círculo hasta volver a ellas. El primer paso fueron las obras grandes. El poder entiende la grandiosidad de los monumentos como una metáfora de sí mismo. El descuido en la conservación de los recursos naturales parece tener una de sus causas en la soberbia de los grandes monarcas antiguos.
Esta
cabeza imperial fue maldecida por los profetas bíblicos, quienes, además,
detectaron que su punto débil no estaba en el ancho de sus murallas sino en su
forma de relacionarse con la naturaleza. Pero ¿qué monarca sería capaz de
imaginar que sus ejércitos serían derrotados por un puñado de sal?
La
sal es antiguo enemigo de lo verde: la sal seca los tallos, hace quebradizas
las hojas, esteriliza las semillas. Desde la antigüedad, la más trágica de las
condenas ha sido sembrar un campo de sal, con la certeza de que jamás volverá a
crecer la hierba. La sal está cruzada con la historia de la primera civilización
conocida, la sumeria, que se desarrolló en la zona mesopotámica hace unos 6 mil
años. En el transcurso de 2 mil años, los sumerios usaron prácticas de
irrigación que salinizaron el suelo de tal manera que ya no volvió a regarse y
permanece inutilizado.
Todas
las aguas, aún las que no parecen saladas, tienen una cantidad de sales
disueltas. Esas pequeñísimas cantidades no se evaporan nunca, pero el agua sí
lo hace, o desaparece absorbida por las plantas. Así aumenta el contenido
salino de las aguas que quedan (es decir, de las que no se evaporaron o las plantas
no absorbieron). Esas aguas se filtran lentamente hasta alcanzar las napas subterráneas,
las que, con el correr del tiempo, se van volviendo cada vez más salinas.
Las
propias características del terreno agravan este proceso, ya que, como dijimos,
en la zona hay demasiados sedimentos salinos por haber estado una vez bajo el mar.
Mientras la tierra está seca la sal queda allí, en su lugar, sin afectar el
resto del ecosistema. Pero el exceso de riego la disuelve y, además, se va
creando una napa subterránea artificial, cada vez más cerca de la superficie. Y
en la Mesopotamia no había sistemas naturales o artificiales para retirar el
exceso de agua.
¿Por
que no pudieron verlo a tiempo? Esto tiene que ver con la relación de los
habitantes del desierto con el agua. Porque
si el agua era la explosión de la vida, la lujuria del verde, ¿a quién se le
iba a ocurrir sacarla? Al principio, el ritmo es lento, la tierra sigue siendo
negra y sólo pareciera que la fatalidad ha traído una mala cosecha. Después,
las cosechas buenas son solo un recuerdo lejanísimo y finalmente se olvidan. La
tierra cambia de aspecto, toma un color gris: ahora parece vieja y agotada.
Las
plantas crecen de otra manera: el trigo se seca con la sal, la cebada es capaz
de resistirla mejor. Hacia el
Finalmente,
se llega a una situación extrema: la región queda cubierta por una espesa
costra blanca, el suelo es inútil para la agricultura y las cabras terminan de
arrancar los pocos pastos que aún crecen. Enormes extensiones quedan desoladas
y brillan como campos nevados. Si algún lugar del mundo ofrece hoy la
apariencia de haber sufrido una maldición bíblica, ese lugar son las ruinas de
Babilonia.
"Nunca
más será habitada, ni se morará en ella de generación en generación; ni
hincará allí la tienda el árabe, ni pastores tendrán allí majada, sino que dormirán
allí bestias fieras, y sus casas se
llenarán de hurones, allí habitarán hijas del búho, y allí saltarán peludos. Y
en sus palacios gritarán gatos cervales y chacales en sus casas de
deleite", dice Isaías, quien sabía observar los fenómenos de la naturaleza.
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