Marcelo E. Palese*.
2007. La Nación, Secc. 5ª Campo, Bs. As., 30.06.07:11.
*Especialista en
pasturas de Nidera SA.
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La vorágine en el avance
de la producción con altos rindes ha alejado el conocimiento del comportamiento
del suelo
La estabilidad y permanencia del género humano están ligados no sólo al recurso agua, sino también a las reservas de nutrientes esenciales en el recurso suelo, que, por cierto, es limitado.
Si bien existen innumerables informes sobre las consecuencias negativas que se registran en las masas de agua, no es cercana la preocupación sobre lo que ocurre con la silenciosa pérdida de nutrientes de los suelos agrícolas productivos. Tampoco de los que fueron áreas marginales e ingresaron en la categoría de productivos con una mirada de corto plazo.
Sólo los esfuerzos de facultades, institutos de investigación, asociaciones con algunos convenios puntuales de alcance regional están analizando este tema con la responsabilidad que merece.
Sin embargo, la migración de nutrientes se va transformando progresivamente en una real preocupación financiera, ya que la necesidad de implementar procesos de rescate de los suelos se presenta cada vez con mayor frecuencia y se torna crónico cuando se recurre a las reservas. Claros ejemplos de esto son las subdosis de fósforo, la lejana reconstrucción de suelos como "implantes" de magnesio o la escasa difusión de reposición de algún nutriente metálico como el cinc.
Es que la vorágine en el avance de la producción con altos rindes inmediatos ha alejado el conocimiento del comportamiento que registran los suelos durante los últimos 40 años. Se hace oportuno, pues, delinear un registro de suelo contemporáneo con los actuales objetivos y control de gestión.
Aquí deberán interactuar varias disciplinas que cubran los segmentos de producción, laboratorio, fertilizantes cualitativos, interpretación independiente, provisión de implantes, estabilizadores y promotores del rendimiento, monitoreos georreferenciados en la progresión del cultivo, lectura de los contenidos del producto final recibido en la industria, su relación mineral y su traducción en alimento procesado o puro, con lo que se satisface de esta forma la cadena de información calificada y local.
En esta línea se hace oportuno referirnos a la nutrición trazable; a modo de ejemplo, se podría hablar de la cuna a la chimenea.
Pero para ello, se necesitará una auditoría e inventario de suelo que comprenda aspectos físicos, químicos, biológicos, envejecimiento, comportamiento de suelos con riego, variación calendario del acuífero, ingeniería hidráulica; información necesaria para anticiparse a situaciones de riesgo en el manejo del recurso agua y la interacción suelo, así como también hiperacumulación de componentes físicos subsuperficiales.
Una preocupación mundial
Un ejemplo
válido son los sensatos planes a largo plazo que establecieron ciertos países,
como Nueva Zelanda, que en 1950 aplicaba fosfato reactivo voleado desde aviones
para elevar la tasa de disponibilidad del elemento fósforo. Podemos observar
también el alentador plan de Brasil protector de lluvias, que en los 70
subsidió vastas zonas con diversidad de nutrientes y correctores.
También, lo
realizado por la India durante los 80, cuando aceptó la inclusión de programas
de la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación
(FAO, en su sigla en inglés), y distribuyó zonas de trabajo para la
identificación de la carencia de minerales y su posterior corrección, como un
verdadero paliativo de la crónica desnutrición. Otro caso es el llamativo
esquema de mantenimiento de fósforo en algunos Estados, desde la posguerra en
los Estados Unidos, lo que genera reservas "envidiables" para cualquier
país de carácter agrícola.
Más cercano
todavía, en los 90, Canadá se dedica a publicar datos oficiales de consumo de
micronutrientes en el país. Entretanto, los laboratorios británicos
recomendaban no "caer" de 30 partes por millón (ppm) de fósforo, y la
esquemática Francia enfatizaba sostener niveles de fósforo sorprendentes, más
allá del decapitado horizonte superficial.
Pero el
ejemplo más relevante en la historia de suelos quizá sea el de Holanda, que a
partir de la puesta en práctica de pólderes progresivamente minimizaron
concentraciones de cloruro de sodio, para habilitar superficies aptas para la
agricultura extensiva.
Precisamente,
si de "contarles las costillas al suelo" se trataba, hacia fines de
los 90, este país europeo realizaba 400.000 análisis de suelo, contra 250.000
de Francia, con una superficie 4 o 5 veces superior en producción.
Entonces,
habiéndose registrado estas prácticas en los últimos 60 años, ¿qué nos hace
pensar que nuestros suelos estén exentos de adoptar alguna de ellas? Con este
escenario, ¿estaremos a la altura de nuestros competidores?
Nuestra realidad
Tomando como
índice primario al fósforo, en una región emblemática de suelos como Rojas, se
pueden alcanzar las 18 ppm; sin embargo, un sector del campo en estado de relito
marcó 138 ppm de fósforo.
Sin duda, el
escenario actual es precario, comparado con aquel "santuario", y uno
se pregunta cuántos kilos de fósforo fueron provistos por ese suelo sin haberle
hecho aporte alguno de mantenimiento. Definitivamente, la generación espontánea
no existe. Al actual ritmo cansino de provisión de nutrientes, no hace falta
"futurología apocalíptica" para presagiar la involución de nuestros
suelos, en nuestra pretensión de superar las 100 millones de toneladas de granos.
Si logramos
entender que nuestros suelos son finitos y desmitificamos la eterna bondad de
los mismos, podremos ejecutar programas extensivos para una efectiva política
de rescate de nuestro principal recurso productivo. Porque generar reservas de
nutrientes a través de una fertilización juiciosa es, en definitiva, sustentar
al sistema. Es una oportunidad indiscutible y un compromiso ineludible.
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