Ing. Agr. Jorge Adámoli, Lic. Sebastián
Torrella y Lic. Rubén Ginzburg*. 2006. AACREA,
Congreso Ganadero del Norte Argentino, Termas
de Río Hondo, Sgo. del Estero.
*Laboratorio de Ecología Regional; Facultad de
Ciencias Exactas y Naturales, UBA.
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Introducción
Las relaciones entre los sectores de la producción y las organizaciones
conservacionistas son en general inexistentes, cuando no abiertamente
conflictivas. La ganadería, por ser la actividad rural de menor impacto,
debería ser un puente para este diálogo.
En los
últimos tiempos se están multiplicando iniciativas que buscan acercar las
posiciones entre los sectores productivos y ambientales. Una de ellas ha sido
el Taller “Desafíos y oportunidades para la expansión agropecuaria en la
Argentina y sus implicancias para el medioambiente”, organizado en forma
conjunta por el INTA y la Fundación Vida Silvestre Argentina.
Hacia las
primeras décadas del siglo XX se produjo un ingreso masivo de ganaderos en la
región del Chaco Salteño. Aunque los campos no estaban divididos, cada uno
disponía de una superficie del orden de 5000 hectáreas –cuyo regulador eran las
aguadas–, en las cuales los puesteros manejaban rodeos de alrededor de unas
1000 cabezas, con una tasa de extracción en torno al 12%. Una parte importante
del Chaco estaba ocupado por grandes “pampas” o “abras”, formadas por sucesivos
incendios forestales. Estas áreas fueron colonizadas por las gramíneas del
sotobosque.
La
multiplicación de los puestos ganaderos y la recarga animal provocaron un
severo colapso en el estrato forrajero, cuyas razones vale la pena analizar. En
primer lugar, los pastos de la región chaqueña, de los géneros Trichloris,
Gouinia, y Setaria, si bien son de excelente calidad, tienen un sistema radical
muy poco profundo.
Las especies
forrajeras chaqueñas no crecieron con una fuerte presión de pastoreo, ya que
los mayores herbívoros son, por ejemplo, los guasunchos (venaditos cuyo hábito
de forrajeo consiste en morder la punta de las hojas). A diferencia de las
chaqueñas, las forrajeras de la sabana africana coevolucionaron con una fuerte
presión de pastoreo de grandes herbívoros. Esto explica los poderosos sistemas
de anclaje de estas especies clave para su éxito como forrajeras cultivadas en
zonas tropicales.
En los
pastizales, la arquitectura de las gramíneas favorece la conducción de las
lluvias de baja intensidad directamente a las raíces de los pastos, quedando el
espacio entre matas seco, lo cual dificulta la instalación de los renovales de
leñosas. Cuando algunos de esos renovales emergía por sobre el canopeo herbáceo,
los fuegos recurrentes restablecían el equilibrio favorable a los pastos. La
entrada de un herbívoro de gran porte como el vacuno redujo la disponibilidad
global de biomasa; además, el hábito de forrajeo basado en envolver con la
lengua a la mata de pasto, hizo que muchas plantas fueran arrancadas de raíz,
dejando claros.
Durante el
invierno, ante la ausencia de pastos tiernos y verdes, el vacuno busca fuentes
nitrogenadas en las hojas y en los frutos de los árboles (en especial
leguminosas). Las semillas de estas especies son escarificadas en el tracto
digestivo de los animales, lo que favorece la siembra de propágulos y, con las
primeras lluvias, la germinación masiva, que es especialmente exitosa en los
claros que se fueron formando. La combinación entre menor volumen de pastos y
de crecientes claros, rompe la continuidad de los eventuales fuegos, lo que
corta el ciclo de incendios, que juega a favor de los pastos.
La estructura
resultante, combinación de arbustales y bosques bajos, cambia las reglas de
juego a favor de las leñosas, dificultando el acceso de luz y de agua para las
gramíneas.
Una de las
variantes de este sistema de leñosas invasoras son los vinalares, extensas
áreas ocupadas por el vinal, un pariente del algarrobo. Al caer drásticamente
la cobertura herbácea, las condiciones de sobrepastoreo se agudizaron, hasta
que poco a poco fue reduciéndose el stock de animales. Hoy en las mismas
superficies del orden de 5000 hectáreas, los puesteros sobreviven mal con menos
de 100 animales, que tienen índices de extracción bajísimos. Estos sistemas
productivos no son buenos ni para la producción ni para la conservación del
ambiente.
La expansión agrícola y
el ambiente
El actual
proceso de agriculturización se manifiesta en el Norte Argentino por un fuerte
avance de la frontera agropecuaria. En otras fases de los procesos de expansión
de fronteras, los protagonistas principales fueron los colonos, pequeños
agricultores dedicados en gran parte al algodón y con muy poca superficie
utilizada con pasturas cultivadas. Los protagonistas del actual proceso son
empresas medianas, grandes y muy grandes, mientras que los colonos
prácticamente no forman parte de la presente expansión.
Las áreas
sobre las que se da con mayor intensidad la actual expansión, se localizan en
la transición entre el Chaco semiárido y las dos porciones subhúmedas de la
región: el Chaco subhúmedo central (oeste del Chaco, este de Santiago del
Estero y noroeste de Santa Fe) y el Chaco subhúmedo occidental, que son las
áreas de transición entre el Chaco y las Yungas, básicamente en el este de
Salta, Tucumán y Catamarca, y en el oeste de Santiago del Estero.
En las
actuales áreas de expansión agropecuaria virtualmente no hay áreas protegidas
(salvo un pequeño sector de la Reserva de Pizarro en Salta). Esto genera
preocupación por la sobrevivencia de dos tipos únicos de bosques que crecen en
esos ambientes: la transición Chaco Yungas en el subhúmedo occidental y el
quebrachal de tres quebrachos en el subhúmedo central; este último es una comunidad
única, con alto valor de conservación, ubicada en un área de transición
climática, donde coexisten el quebracho colorado chaqueño (Schinopsis
balansae), el quebracho colorado santiagueño (Schinopsis lorentzii) y el
quebracho blanco (Aspidosperma quebracho blanco), especies emblemáticas de la
región chaqueña. No existen tierras fiscales ni áreas protegidas de ningún tipo
en este ambiente, lo que aumenta su vulnerabilidad.
Es frecuente
leer declaraciones de política ambiental empresaria, en las que se manifiesta
un compromiso para el cumplimiento estricto de las normativas legales para
asegurar la integridad ambiental, la conservación de la biodiversidad, la
calidad de las aguas, evitar la contaminación, respetar los derechos laborales,
etcétera. Esto es realmente importante y de hecho existen numerosas empresas
que cumplen rigurosamente con estas declaraciones, lo que se encuadra en el
principio fundamental de la responsabilidad social empresaria. Pero también hay
otras empresas que, más allá de las declaraciones, no hacen nada para
implementarlas.
Muchas veces
desde los sectores de la producción se cuestiona severamente a los grupos
ambientalistas que defienden posiciones fundamentalistas. Comparto estas
críticas, porque estos grupos fundamentalistas le restan mucha credibilidad a
los esfuerzos de quienes buscan conciliar los intereses de la producción con la
defensa de las condiciones ambientales, ya que no son posiciones opuestas, sino
complementarias.
El mejor
ejemplo al respecto es el de un campo en el cual se evita el sobrepastoreo y
toda forma de erosión, además de las quemas indiscriminadas, entre otros
aspectos. Estas medidas son imprescindibles para un exitoso proyecto productivo
y, al mismo tiempo, son esenciales como elementos de política ambiental.
Comparto esas
críticas al fundamentalismo ambientalista, pero creo que al mismo tiempo
debería cuestionarse a las empresas que tienen actitudes de desprecio por las
cuestiones ambientales y por los criterios de equidad social, así como a las
que obtienen ventajas competitivas evadiendo impuestos, actuando al margen de
la responsabilidad social empresaria.
Con respecto
al movimiento ambientalista, es posible hacer una división básica entre quienes
trabajan en forma:
a) seria y documentada;
b) honesta, pero emocional y poco fundamentada, y
c) oportunista o inescrupulosa.
No nos
corresponde hacer la clasificación de las empresas, pero es posible que se
encuentren categorías equivalentes.
El armado de una política de acercamiento entre los sectores productivos
y ambientales, debería excluir necesariamente a las últimas categorías.
La mejor
forma de verificar si las declaraciones sobre buenas prácticas ambientales se
ajustan a la realidad, pasa por saber quiénes están asignados a implementar
esas políticas. El planteo resulta más comprensible si se piensa a la inversa:
un establecimiento que se proponga implementar un proyecto ganadero con
tecnologías de punta, pero pone al frente a un equipo de personas sin ninguna
trayectoria reconocida en implantación de pasturas, procesos de ensilado,
manejo de rebaños o política comercial. Sólo un milagro haría que, con
semejante improvisación, los resultados fueran aceptables. En materia de
política ambiental sucede lo mismo: quién quede al frente debería tener una
capacitación, una trayectoria y una cuota de poder en la estructura
empresarial, para que le permitan llevar adelante la política enunciada por la
empresa.
Una
derivación directa de lo anterior pasa por conocer cuántos recursos son
asignados a implementar las políticas ambientales. Volviendo al caso del
ejemplo inverso: se puede tomar el caso de un campo en el que se practicaba una
ganadería de monte con una receptividad de 20 ha/cabeza y con pésimos
indicadores de preñez, de parición, de marcado y de extracción. Una empresa que
compra este campo declarando la intención de implementar una ganadería de
avanzada, no tendría la mínima credibilidad si no asigna recursos para la
formación de potreros, implantación de pasturas, aguadas, genética, sanidad,
infraestructura y comercialización. Lo mismo ocurre con la política ambiental.
Es necesario
contar con alguien que tenga a su cargo la responsabilidad de implementar la
política ambiental de la empresa y que disponga de los recursos necesarios para
ello. El monto necesario dependerá de los objetivos buscados, pero siempre será
una pequeña fracción de los costos operativos de la empresa. Con montos del
orden de 1 a 5 dólares/ha se puede llevar adelante una política seria y
creíble, al menos para cumplir con las disposiciones legales.
Estos montos
son ínfimos en relación con los necesarios para el proceso productivo, y mucho
más si se tiene en cuenta, lo que muchas veces se omite, la capitalización
resultante de los desmontes. Un caso típico para la provincia del Chaco es el
de un establecimiento que fue comprado con monte en pie:
♦
Costo de
la tierra con monte 240 u$s/ha
♦
Costo del
rolado 90
u$s/ha
♦
Costo de
limpieza, despalado, etc.
150 u$s/ha
♦
Rastra
pesada 40
u$s/ha
♦
Precio de
la tierra + desmonte + limpieza 520 u$s/ha
♦
Precio de
la tierra lista para cultivar 1300 u$s/ha
♦
Capitalización
780
u$s/ha
Diversas
provincias tienen algún proceso de zonificación, a partir del cual se
establecen los porcentajes máximos de desmonte admisibles. El objetivo de estas
medidas es asegurar que queden en pie muestras representativas de la diversidad
biológica original. Pero lo que en general no queda tan claramente establecido
es:
a) Qué unidades de vegetación deben quedar en pie. En general los desmontes
se hacen basados en la “aptitud productiva” de las tierras. En ese sentido, se
considera que es válido desmontar totalmente un tipo de bosque si éste crece
sobre suelos de potencial productivo. No se tiene en cuenta la importancia de
conservar muestras representativas de las diversas unidades ambientales.
b) Qué es lo que se puede hacer y qué no se puede hacer en las tierras que
deben quedar con vegetación natural. Muchas veces se interpreta que para
mantener las áreas con vegetación nativa es suficiente con dejar algunos
árboles en pie y sembrar pasturas entre los árboles; esto es a los fines
prácticos una forma de ir eliminando lentamente a la vegetación nativa, ya que
virtualmente se impide el reclutamiento de juveniles, y porque los sucesivos
incendios van destruyendo poco a poco a lo que quedaba de los bosques
originales.
Como
consecuencia de lo anterior es frecuente que en los mapas de los
establecimientos se destinen como áreas para la conservación de la diversidad
biológica solamente a los sitios que no tienen interés para los procesos
productivos. El objetivo de la conservación no puede limitarse solamente a
cierto tipo de ambientes (salinas, áreas inundables), sino asegurar que queden
muestras representativas de los diversos ambientes naturales, inclusive los que
crecen sobre suelos de buena aptitud productiva, ya que las especies que allí
se desarrollan pueden no estar representadas en los otros ambientes.
Varias
provincias tienen establecidas normas para la implantación de cortinas
forestales. Los objetivos básicos de las cortinas son dos: proteger a los
suelos de la erosión y asegurar refugios para las especies silvestres.
Lamentablemente, existen demasiados ejemplos en los que, al cabo de pocos años,
las cortinas quedan reducidas a una lánguida fila de árboles o arbustos sin
ninguna utilidad, cuando no son directamente desmontadas y quemadas.
Concentrándonos
en los temas vinculados con la conservación de las especies, cabe destacar que
en el diseño de las áreas protegidas se privilegia a las formas compactas (como
cuadrados o círculos), ya que son las que minimizan la relación
perímetro/superficie. Para los objetivos de la conservación, esto es esencial.
Hay una amplia experiencia mundial en el sentido de favorecer a estas formas
compactas y desalentar las formas alargadas. La razón principal es que, en las
formas alargadas, como puede ser una cortina, se maximiza la relación
perímetro/superficie, ya que estas formas implican mayores riesgos de
destrucción por vientos, invasión de especies exóticas, mayor susceptibilidad a
incendios, afectación por aplicaciones de herbicidas o pesticidas, aumento de la
predación, además de dificultar el contacto entre ejemplares de una misma
especie, que pueden quedar separados por grandes distancias.
Tomando una
superficie de 10.000 hectáreas como ejemplo, en un formato cuadrado tendría 10
kilómetros de lado (100 km2). Si las cortinas tuvieran 100 metros de ancho (0,1
kilómetro) y una separación de 500 metros en sentido N-S y de 1000 metros en
sentido E-O, resultarían:
♦
Sentido
E-O: 20 cortinas de 10 km x 0,1 km = 200 km x 0,1 km = 20 km2
♦
Sentido
N-S: 10 cortinas de 10 km x 0,1 km = 100 km x 0,1 km = 10 km2
Es decir: en
total habría 300 kilómetros de cortinas, con una relación perímetro/superficie
de 600,2 km/30 km2. Manteniendo el espíritu de la normativa y las superficies
resultantes, podría pensarse en otro diseño, que sería más práctico para los
productores, y mucho mejor para la conservación: un bloque compacto de 30 km 2
(3000 ha), cuyos lados serían de 5,477 kilómetros, lo que daría una relación
perímetro/superficie de 21,9 km/30 km2.
Frecuentemente
se discute sobre los sistemas silvopastoriles y sobre las técnicas del
desbajerado, para la remoción del estrato arbustivo o arbóreo bajo, y la
posterior siembra de pastos cultivados. En mi opinión, si estas técnicas son
útiles para el sistema productivo, no tengo ninguna objeción, pero si se las
presenta como modelo de política ambiental, me parecen insuficientes, o
inclusive negativas, si son el único elemento ambiental que se propone.
La
conservación de un ambiente implica la existencia de condiciones que permitan
la sobrevivencia de las diversas especies vegetales y animales que lo integran,
así como de las funciones y servicios que esos ambientes prestan. Un quebrachal
del que sólo restan algunos árboles adultos y que tiene todo el estrato
herbáceo ocupado por un pasto cultivado, puede ser muy interesante para la
producción, pero está virtualmente perdido como comunidad natural, pues la
mayor parte de las especies que lo componían habrán desaparecido, e inclusive
los árboles que quedaron en pie difícilmente podrán regenerarse, porque sus
juveniles desaparecerán comidos por el ganado o quemados en los sucesivos
fuegos, los que finalmente terminarán por matar a los mismos árboles.
Conceptos básicos
El Ing. Agr.
Ernesto Viglizzo elaboró el documento base para la reunión promovida por INTA y
la Fundación Vida Silvestre Argentina (mencionada al comienzo). Algunos
conceptos básicos son los siguientes:
a) La expansión e intensificación de las actividades agropecuarias
benefician al hombre con más alimentos, fibras, ingresos y empleo, pero imponen
costos al ecosistema que, a la larga, comprometen la sustentabilidad de esos
beneficios. El dilema es que mientras los beneficios son económicos, de corto
plazo y conocidos, los costos son ecológicos, de largo plazo y en general impredecibles
b) Muchas catástrofes ecológicas han sido el resultado de una
sobreestimación del potencial de los recursos naturales y de una comprensión
incompleta del funcionamiento de los ecosistemas. Abundan las evidencias de
costos ecológicos que se han pagado a cambio de un beneficio económico
insignificante o nulo.
El Proyecto Tres
Quebrachos
Este proyecto
se propone trabajar en predios de productores agropecuarios de la zona de
Charata (Provincia del Chaco), caracterizados por su buen nivel técnico
en cuanto a las actividades productivas, y por un firme compromiso para la
conservación de los remanentes del Bosque de los Tres Quebrachos. Debe
destacarse que al no existir áreas protegidas que incluyan a este tipo de
bosque, ni tierras fiscales disponibles en el área de distribución del mismo,
la única alternativa de conservación de este ecosistema único pasa por la
actividad en los campos de los productores.
Para tal fin,
se formó una Alianza Estratégica entre los productores locales y entidades
representativas de los sectores productivo (AAPRESID), ambientalista (Fundación
Vida Silvestre Argentina) y académico (Facultad de Ciencias Exactas y Naturales
de la UBA), que se propone conciliar los intereses de la alta producción con
los de la conservación de la diversidad biológica, así como de los bienes y
servicios ambientales, lo que puede ser un modelo para otras áreas del norte
argentino.
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