Director: Guillermo Alejandro Bavera, Méd. Vet.,
Profesor Titular Efectivo de Producción Bovina de Carne, Depto. Producción
Animal,
Facultad
de Agronomía y Veterinaria, Universidad Nacional de Río Cuarto, Río Cuarto,
provincia de Córdoba, República Argentina
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Julián Marías. 1981. La
Nación, Buenos Aires, Domingo 20 de diciembre de 1981, pág. 9.
He escrito hace poco tiempo un largo ensayo sobre "El destino de la Universidad" (incluido en Cinco años de España), y esto me permite no tratar aquí de los problemas generales de la Universidad de nuestro tiempo -en particular de los países hispánicos- y concentrar mi atención en una cuestión muy precisa, tocada solamente de soslayo en ese trabajo, pero que me parece esencial y en cierto sentido el punto de partida de todo intento serio de que la Universidad sea algo digno de ese nombre, de su gloriosa tradición de siete siglos, de una función que, en formas distintas, ha sabido cumplir en muchas épocas.
La Universidad había sido normalmente respetada desde las primeras fundaciones del siglo XIII. Pontífices y reyes se disputaban el honor de fundarlas y protegerlas; en ellas solían detenerse los intereses y las ambiciones. Hasta sus ceremonias rituales reforzaban su prestigio y presentaban una imagen venerable de ellas, no empañada por la alegría, el jolgorio, la irreverencia y aun la picardía que parecían propias de los estudiantes. En el siglo XIX las Universidades reciben un refuerzo de prestigio: el del Estado como tal. Por si faltaba poco, hay que añadir el casi mítico que entonces goza la Ciencia -por supuesto, con mayúscula-. La Universidad europea del 800 es tan respetada que roza la beatería y empieza a perder por dentro un poco de respetabilidad, a ser menos creadora, menos abierta, más hierática. Pero la vigencia de la institución universitaria, la conciencia de su importancia, la estimación de sus enseñanzas, sus grados, sus docentes, todo eso permanece intacto hasta bien entrado nuestro siglo.
Se podría pensar que fuimos los españoles los
primeros en perderle el respeto, pero no fue así: fueron los alemanes, los que
habían llevado hasta el extremo el culto a la Universidad y la pompa del Herr
Professor. Desde 1933, el triunfante nacionalsocialismo hizo lo que quiso
con la espléndida Universidad alemana, y ésta se dejó hacer o salió al encuentro
del Poder abusivo, revelando con ello que en el fondo no era tan espléndida
como había parecido, como efectivamente lo había sido mucho tiempo.
Hitler y, lo que es más, los “intelectuales” de su partido, muchos de ellos profesores universitarios, emprendieron la operación de manipular la Universidad, de convertirla en un instrumento de dominio y servidumbre, de difusión de “teorías” grotescas, envueltas en el difuso prestigio de la "ciencia". La eliminación de los profesores judíos (es decir, con algún antepasado judío), o casados con judías, o liberales activos, o cristianos en ejercicio, o simplemente universitarios enteros, fue el primer paso. De ahí el desmantelamiento intelectual de la Universidad alemana, del cual se enriquecieron tanto las de algunos países, sobre todo los Estados Unidos. El segundo paso fue la imposición en la Universidad restante de las doctrinas del Tercer Reich, y con ello la liquidación de su justificación y lo que le quedaba de prestigio.
Todo lo demás vino en cadena. La Universidad
alemana era en 1933 la más prestigiosa y eficaz del mundo. El advenimiento del pleno
totalitarismo se produjo en esa fecha. El primero, el soviético, era una
generación anterior, pero Rusia era un país excéntrico, marginal, muy aislado
hasta entonces, cuya influencia era estrictamente política o ideológica, pero
no universitaria. El segundo totalitarismo, el fascismo italiano, la verdad es
que no llegaba a serlo: era un ensayo, frenado por muchos reparos y respetos;
si se quiere, un totalitarismo parcial, un poco avergonzado de serlo. Pero
desde el triunfo de Hitler todos se quitan la careta: su presión sobre Austria
e Italia fue enorme; en los adversarios, engendra respuestas no enteramente
disonantes, como el espíritu de lo que se llamó “Frente Popular” o, de un modo
más general, “antifascismo” (reacción mimética y negativa, que llevaba a
reproducir, como en un espejo, los mismos gestos, de los cuales Hitler tenía la
iniciativa).
La primera consecuencia real de esta situación fue, ahora sí, España. La guerra civil, desde su comienzo, impuso en ambas zonas el espíritu -o la falta de espíritu- del totalitarismo. En la Universidad de Madrid -la extraordinaria Universidad hasta aquel momento-, se reveló en los pocos meses en que funcionó. Don Julián Besteiro no quiso aceptar el rectorado, solamente el decanato de Filosofía y Letras, con la condición -aceptada por el ministro- de que no hubiese depuraciones, ni de profesores, ni de estudiantes, ni de personal administrativo. Como esa promesa no fue cumplida, Besteiro dejó el decanato. José Gaos, que era rector, tuvo que aceptar que fuese destituido, entre otros, su maestro más próximo y querido, el que había sido decano hasta la guerra, Don Manuel García Morente. "Ha sido inevitable" -me dijo, contristado- Pensé, y se lo dije, que lo que no era inevitable era ser rector.
En la zona "nacional", donde las Universidades funcionaron en alguna medida, las depuraciones fueron implacables. Pero lo grave fue el final de la guerra, la reanudación de la "normalidad" universitaria en toda España. En 1939 se consumó la más absoluta falta de respeto a la Universidad: destituciones, depuraciones que dejaban en condiciones de precariedad a los supervivientes, nombramientos políticos, supresión de toda libertad de cátedra, eliminación de todo lo que había sido creador en el pensamiento español desde comienzos de siglo. Prefiero no ejemplificar, pero conste que se podría llenar páginas de ejemplos.
Todo esto -con mínimas excepciones individuales- fue aceptado, tolerado o ensalzado por los propios universitarios. Esto quiere decir que la Universidad dejó de respetarse a sí misma. Los intentos de recuperación fueron sumamente tímidos y con notorias excepciones; y se vinieron abajo al primer soplo de viento hostil, en 1956. Fecha en la cual se había iniciado, precisamente, otra forma de falta de respeto: el intento de utilizar políticamente la Universidad con fines de oposición, sin salvaguardar los derechos estrictos de la comunidad universitaria.
He hablado casi exclusivamente de España, primero
porque es lo que conozco mejor, y en segundo lugar porque el reconocimiento
palmario de nuestros males es lo único que puede autorizar las referencias a
otros países. Pero ¿hay que insistir en la politización de la Universidad hispánica
sin apenas restricciones y de casi toda la europea, en varías etapas? La
primera coincide con el final de la Guerra Mundial, en 1945, especialmente en
Francia y en Italia; la segunda, más importante, hacia 1960, con una culminación
en 1968, fecha en que se inicia una esporádica y más tenue politización de la
Universidad de los Estados Unidos. Aquí estuvo templada por varios factores: el
altísimo número de Universidades y colleges; su dispersión en un enorme país,
el carácter privado de grandísimo número de instituciones; la ausencia de
partidos dedicados a fomentarla y administrarla; el grado de libertad y la
normalidad de su ejercicio en todos los campos.
Para citar un ejemplo hispánico, recuérdese el
infinito respeto con que fue tratada la Universidad de Puerto Rico durante los
largos años de rectorado de Jaime Benítez, y el prestigio que alcanzó (tan
desproporcionado a la magnitud del país) y compárese con la evolución
posterior.
Pero no es sólo la politización la que reduce el respeto a la Universidad. Es también la excesiva profesionalización, el utilitarismo -en forma extrema, la conversión en una expendeduría de títulos y diplomas-. Cuando la Universidad se estima únicamente por su enseñanza inmediatamente utilizable con fines económicos, cuando los estudiantes no se interesan por cursos “innecesarios” o difíciles, la Universidad deja de ser lo que es.
Porque la Universidad se nutre de vocaciones
intelectuales, y el síntoma más claro de ellas es la fruición, la curiosidad,
el goce en el tratamiento de los problemas, la complacencia de maestros y discípulos
en su convivencia.
Cada vez que veo un poco de cerca a profesores
universitarios, aparte de su competencia científica, que puede ser
considerable, me sorprende la frecuencia con que pertenecen a un tipo humano
que no se parece nada a lo que solía entenderse por un "intelectual".
Son más semejantes a esos que se llaman "ejecutivos", o a técnicos o
administradores. Tienen prisa -lo cual no significa forzosamente que hagan
mucho-; no parecen interesarse por nada que no tenga muy directa relación con
sus trabajos; no se lanzan ávidamente en persecución de cualquier idea
atractiva; no dan impresión de placer -aunque sea un placer tenso y doloroso-
al escribir (probablemente al enseñar).
¿Es posible en estas condiciones contagiar a los estudiantes el entusiasmo por las disciplinas intelectuales? ¿Es fácil que se despierte su vocación? El ejercicio del pensamiento -esa operación humana que consiste en preguntarse por las cosas y tratar de entenderlas ¿florecerá con esos supuestos, en instituciones estrechamente utilitarias, sin lujo vital, en suma, prosaicas?
Se discute interminablemente sobre la reorganización
de las Universidades. Se habla de dinero -sobre todo-, de recursos necesarios,
de intervención en su gestión de tales o cuales estamentos de los que se espera
una dosis mayor de poder; se favorecen -o se condenan- las Universidades privadas,
y a veces se llama así a las que no lo son. No veo que se formulen preguntas
que tengan alguna analogía con las que acabo de hacerme a mí mismo.
La crisis de la Universidad es un elemento más de lo que se llama en ocasiones la desacralización de la realidad. Si esta palabra parece excesiva, evitémosla; por eso he hablado sencillamente de respeto, palabra tan fuerte en la pluma, por ejemplo, de Kant. El día que la Universidad vuelva a estar inspirada por el entusiasmo y el respeto -o, si se prefiere, por el entusiasmo respetuoso- volveré a creer en ella y a mirar con esperanza el porvenir de los pueblos occidentales (y con un poco menos de temor el de los demás).
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