Director: Guillermo Alejandro Bavera,
Méd. Vet., Profesor Titular Efectivo de Producción Bovina de
Carne, Depto. Producción Animal,
Facultad
de Agronomía y Veterinaria, Universidad Nacional de Río Cuarto,
Río Cuarto, provincia de Córdoba, República Argentina
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> Temas varios
Yves Rocard*. Rev. de la
Sociedad Rural de Jesús María, 82:54-55.
*Entrevista
Provisto de una varita de avellano en
forma de Y, que aprieta por sus extremos superiores, el rabdomante se estima
capaz de detectar la presencia de agua o de metales a varios metros de
profundidad. Según él, la varita se pone a girar o se le escapa
de las manos. ¿Ilusión, superchería o realidad? Un
eminente físico francés a estudiado el
extraño fenómeno y obtenido conclusiones sorprendentes.
La competencia
científica de Yves Rocard (1903-1992) era incontestable: físico
brillante que desempeñó un papel capital en la fabricación
de la primera bomba atómica francesa, autor de trabajos notables en las áreas
más diversas - electrónica, acústica, termodinámica,
radioastronomía - profesor en la Facultad de Ciencias de Paris (donde
tuvo como discípulo a Alfred Kastler, futuro Premio Nobel de Física).
Sin embargo, la
Academia de Ciencias rechazó dos veces su candidatura y Rocard fue un
tanto marginado por sus colegas desde 1962. ¿Por qué? Porque -se
dice-, al interesarse en un tema no convencional, se hizo culpable de herejía
contra un pretendido "racionalismo" que se vería en aprietos
para definir la "razón" que invoca, pero que hace las veces de
religión para muchos trabajadores científicos.
En 1962, en
efecto, publica su primer libro, “La señal del rabdomante” sobre
un fenómeno que lo ha intrigado y que seguirá estudiando durante
treinta años, hasta su muerte. Sus trabajos ulteriores confirmarán
y profundizarán sus hipótesis, resumidas en un pequeño volumen
reeditado poco antes de su muerte, que constituyen el primer enfoque científico
plausible de esta extraña práctica.
El
uso de la "varita" está documentado por primera vez en el siglo XV en Bohemia, donde los mineros la emplean para detectar
yacimientos metalíferos. En el siglo XVI el procedimiento llega a
Francia y es usado, además, para la búsqueda de aguas subterráneas.
En el siglo XVII, esta práctica
se difunde y da lugar a extravagancias: mediante una varita, ciertos bromistas
pretenden descubrir las puertas de las casas en las que viven mujeres culpables
de infidelidad. Estos usos abusivos suscitan debates e intentos de explicación,
como uno, muy notable, del sabio jesuita Vallemont, que no logra ver claro
debido a las limitaciones de la ciencia de su época.
En el XVIII, el estrecho
"racionalismo" imperante pone en duda la realidad misma del fenómeno.
Voltaire ironiza: "Se descubren las fuentes de agua o los tesoros mediante
una varita de avellano que no deja de forzar un poco la mano a un imbécil
que la aprieta demasiado fuerte y que gira fácilmente en la de un bribón".
A mediados del XIX, finalmente, un
ilustre químico y académico, E. Chevreul, mete en el mismo saco,
para condenarlos en bloque, el "péndulo explorador", las
"mesas giratorias" y la "varita adivinatoria " (que jamás
ha estudiado), y pontifica, después de haber observado rápidamente
el funcionamiento del péndulo: "Sólo la autosugestión
procura el simulacro de una detección". En adelante, el tema se
vuelve tabú para toda mente “seria”, y es abandonado a las
dudosas especulaciones de la “radiestesia”.
Con humildad y obstinación,
Yves Rocard ha interrogado los hechos. He aquí, sumariamente, sus
principales conclusiones:
1) En realidad, el rabdomante o zahorí
no detecta la presencia de agua ni de metales, sino la de una pequeña
anomalía del campo magnético terrestre. Tales anomalías
suelen corresponder a fallas, es decir, fracturas con yuxtaposición de
masas de rocas cuyo magnetismo es diferente (lo cual se da si una de ellas
contiene metales) o a huecos (como, por ejemplo, el del conducto por el que
pasa una corriente de agua subterránea). Por eso, la "señal"
que percibe puede indicar la presencia de fuentes o de yacimientos. (Por
razones debidas a la naturaleza del campo magnético terrestre, la señal
será más fuerte -y más fácil la detección-
cerca del Polo, y más débil al acercarse al Ecuador).
2) La varita no “gira”
por si misma. Lo que pasa es que el cuerpo del rabdomante reacciona a la anomalía
magnética con un reflejo de baja (inconsciente) del tono muscular, en virtud
del cual se debilita repentinamente la presión que ejerce en la varita: ésta
tiende entonces a anular la deformación elástica que le imponía
el rabdomante. Por eso, tanto él como los espectadores tienen la impresión
de que la varita desarrolla una fuerza irresistible. Contrariamente a las
creencias tradicionales, pues, la forma de la varita y su material no tienen
mayor importancia:
3) La capacidad
de reaccionar a las variaciones magnéticas no es un don excepcional,
sino un "sexto sentido" que todo hombre posee normalmente, aunque en
mayor o menor medida, y que la vida moderna, en un entorno magnéticamente
saturado (cables eléctricos, aparatos electrodomésticos, radio,
televisión, objetos metálicos), tiende a embotar. Esta sensibilidad
se localiza en ciertos lugares del cuerpo: arcos superciliares, zona posterior
del cráneo, partes internas de las articulaciones del codo y de la
rodilla (sangría, corval), etcétera.
Estas zonas contendrían cristales de magnetita (imán
natural): en 1983, un biólogo inglés, R. Baker, los ha observado
en los arcos superciliares.
4) Las mismas hipótesis darían
cuenta del funcionamiento del "péndulo explorador" en algunas
de sus aplicaciones. El péndulo puede hacer las veces de magnetómetro
rudimentario, indicando aproximadamente la intensidad de los gradientes magnéticos.
Señalemos que hasta ahora los
trabajos del profesor Rocard han sido mejor acogidos en el extranjero que en su
propio país, y especia].mente en la ex URSS y en Estados Unidos, donde
han sido empleados en diversos experimentos y en aplicaciones prácticas.
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